INTRODUCCIÓN:
El
artista que realizó el monumento a la montería, plasmó en su obra cinco ciervos
y cinco perros, aquéllos como la “punta
de hato” que contuviese la supuesta mancha, y éstos como la cuarta parte de
una rehala que está a punto de “transmutar
un acoso en un agarre”, palabra ésta que en la montería significa “la
sujeción de la pieza que se intenta cazar”; pero si observamos detenidamente
la obra escultórica, se aprecia el hecho de que hay un igual número de ciervos
que de perros, lo que no interpretamos como un capricho del autor sino como la
certeza de que ambas especies son igual de importantes en el desarrollo de la
montería y de aquí el dicho de que: “ sin
rehala, no es posible la montería”.
Otra
observación que puede apreciarse en el monumento es la de representar una
rehala concebida a la antigua pues, sólo uno de los perros representados es de
cruce con podenco y los otros auténticos bastardos.
La rehala es una institución esencial
dentro de la montería, compuesta por distintos elementos que desempeñan una
función insustituible.
En la península Ibérica, desde tiempos
inmemoriales existieron las recovas o jaurías empleadas para cazar, eso sí,
sólo podían existir en las casas de gran poder adquisitivo y, en cierto modo,
eran un símbolo de ostentación ya que su manutención suponía un gasto
considerable, llevadero sólo para la nobleza y personas de gran riqueza.
Para lograr la caza de reses desde
antaño se ha necesitado buena cantidad de perros de acreditada fiereza,
resistencia y olfato, y como el mantenimiento de éstos siempre es caro, muchos
aficionados se decidían a sostener una collera de podencos, que en un momento
dado los reunían a varios de ellos bajo la dirección de un hábil podenquero, y
se formaban rehalas que aseguraban el éxito de las expediciones que se hacían
para montear y que podían llegar a durar hasta diez y doce días, monteando a
diario, salvo imponderables de la meteorología.
Generalmente, estas rehalas
improvisadas, se formaban bajo la base de otras que ya había organizadas en la
zona; así es que las colleras independientes, al reunirse a los núcleos ya
formados, no hacían más que reforzarlos; y como aquellos habían, en lo general,
hecho campañas con perros de las rehalas con quienes se unían, estaban
habituados al trato de los podenqueros, no siéndoles difícil entrar en
disciplina, y desde el mismo momento que se verificaba la unión, se establecía
la unidad más perfecta entre todos.
La referencia a este hecho
puede ser otro argumento para entender el concepto de rehala, tal y como lo
define el diccionario de la Real Academia Española.
Rehala
de la palabra árabe “rehal”, que quiere decir “juntar ganado de varios
dueños”.
De entre
las jaurías existentes, una de las más prestigiosas era siempre la jauría real
y posiblemente, de ahí, proceda el término reala, de la expresión, "jauría real" que acortándola
quedase en "la real" y
después en "reala".
ORIGEN DEL
PERRO DE CAZA:
Existen
diversas teorías para datar el origen y la procedencia del perro de caza.
Las
nuevas técnicas de datación de fósiles vienen a corroborar la tesis de que la
procedencia de todas las razas de perros de caza existentes en el mundo, tienen
un origen común.
Actualmente
la tesis más admitida es la de que todos los perros de caza provienen
exclusivamente de alguna de las 32 subespecies del lobo. Aunque varios autores
lo resumen a 4 subespecies, pero admitiendo los posibles cruces entre ellos.
Concretamente
La subespecie de lobo de la que proceden la mayor parte de los perros europeos
y del sur de Asia es el Canis Lupus arabs.
De este lobo aparecerá una estirpe de perros denominada Canis familiares leineri del que provienen nuestros valiosos
podencos. (Según Juan J. García Estévez- veterinario.)
La fecha
puede fijarse entre los 20.000 y los 25.000 años a. de C. ratificado esto por
un hallazgo arqueológico que lo sitúa con seguridad hace unos 12.000 años.
“Existe
una tumba en Israel que data de esta fecha y en la que yace una mujer abrazada
a un perro o mejor dicho a un lobo modificado”
Lo que indica que la domesticación del lobo y su transformación en perro debió
iniciarse antes.
12-01-05 | EFE. -Londres. - El hallazgo de los restos de
un mamífero parecido a un perro que vivió hace 130 millones de años ha puesto
en duda que los dinosaurios tuvieran el dominio absoluto sobre la Tierra, según publica esta
semana la revista "Nature".
Posiblemente lo más sensato sea afirmar que el origen
del perro debe estar muy próximo al origen del hombre.
Cada variedad cinegética ha
planteado la necesidad de unas características especializadas en el perro de
caza y ello ha dado lugar, a través de los años, a las diferentes razas que
conocemos hoy en día.
Cuando al hombre se le ocurre agrupar perros para que juntos le ayuden a
cazar, sin quererlo se vuelve a las más primitivas y originarias técnicas de
caza, que desde sus inicios empleaban los lobos para conseguir el alimento de
la manada.
Los romanos clasificaron a
los perros de caza como:
-
Rastreadores si seguían con
el olfato las huellas de las piezas de caza.
-
Rápidos si las seguían
con la vista.
-
Luchadores si las
atacaban.
Los griegos solían utilizar perros del tipo
lebrel.
Existen
pinturas rupestres que ponen que manifiesto que el hombre se ayudaba de perros
en sus faenas cinegéticas.
Después no sólo empleo al perro, sino también al caballo, sumando
cualidades e instintos de los que él como ser humano carecía. Siendo ciervos,
osos y puercos los objetivos de su caza de animales mayores.
Quizás el tratado de caza más
completo y antiguo sea la Cynegética
de Oppiano de Apamea (Siria), escrito para el emperador Caracalla (s. XI), y en
el que se describen minuciosamente los modos de caza, el equipo, las armas, las
horas del día más propicias para su
práctica; según la presa, los hábitats de los animales, así como
detalles muy concretos de las cualidades físicas de los cazadores y demás
particularidades de los dos animales que acompañaban al hombre en la caza: el
perro y el caballo.
De la montería los primeros
escritos conocidos en España se remontan al incompleto "Libro de la Caza" del Infante D. Juan Manuel
(1282-1349?), sobrino de Alfonso X el Sabio. Aunque esto no quiere decir que
esa fecha pueda considerarse como inicio para nuestra montería, porque existen
otros escritos que hacen referencia a su práctica en épocas anteriores.
LIBRO DE LA
MONTERÍA POR ALFONSO XI
El primer documento amplio que
versa sobre nuestra montería es el "Libro
de la Montería" escrito por Alfonso onceno, que reinó 38 años, desde
el 1312 (sucediendo a su padre Fernando IV) hasta el 1350 que murió en el cerco
de Gibraltar.
Este tratado tiene varias
ilustraciones y está compuesto de tres libros:
- En el primer
libro, entre otras normas, se explica:
Cómo debe ir equipado el montero, tanto de
a caballo como de a pie.
Cómo conocer los rastros de las diversas
especies animales.
La forma de montearlos a caballo y los
lances que suelen suceder.
El modo de formar buenos perros.
Y el fuero de los derechos de los monteros.
- En el segundo
libro se ocupa de:
Las heridas que, de los
animales fieros, pueden recibir los perros. (Indica como se protegen los perros
de agarre con una curiosa armadura)
Las enfermedades de los perros
y del modo de curarlas.
- El tercer libro
describe minuciosamente:
Los montes de
Castilla y León.
Algunos del reino
de Granada, explicando en qué comarca se hallan y cuáles son los buenos para la caza de invierno o de
verano.
Y es en el capítulo 32 del libro
primero, donde hace una clasificación de las monterías de caza mayor que
existen, señalando 3 tipos:
- Montería del ciervo, del puerco y del oso.
Además, indica que los perros
deben ir acostumbrándose por este orden a montear, cazando primero ciervo,
después puerco y por último el oso, para conseguir buenos canes para la
montería.
Después, cuando salían a cazar,
llevaban tres clases de perros:
Buscas o ventores, canes de levantar y
perros de correr y
acorralar, utilizando en cada caso lo
que la ocasión requería. Mientras tanto, los llevaban a unos con traílla y
otros bien sujetos. En cuanto a las razas habla de sabuesos, podencos y alanos.
A los perros que debían acosar
produciendo el agarre, los protegían con una especie de armadura que les protegía
parte del cuello y el tronco.
Pero si observamos como
practicaban la montería, vemos que lo hacían de la siguiente forma:
- Primero al amanecer, iban dos
monteros de a pie, los más conocedores del terreno, a catar o escatimar el
monte. Cuando encontraban un rastro fresco se paraban allí.
- Después, al ser de día, los
monteros de a caballo se colocaban en los lugares donde habían encontrado
rastros de huida (los actuales puestos), apoyando la armada con perros alanos y
situando a ésta siempre al borde del monte que se estaba cazando. Entonces
entraban los monteros de a pie con los perros que los llevarían sujetos. Cuando
ya todos estaban situados, empezaban a tañer sus bocinas, que serían el medio
por el que se comunicarían, empleando para ello, al principio, hasta trece
toques diferentes, que posteriormente se vieron reducidos a nueve.
Los trece primeros toques eran:
- Curar de andar al monte.
- Preguntar.
- Tañer de rastro.
- Tañer de poner canes.
- Tañer de corredura.
- Tañer de ladradura.
- Tañer de vista.
- Tañer de traspuesta.
- Tañer de tornado es.
- Tañer de asopie.
- Tañer de ocisa.
- Tañer de acogida.
- Tañer de sencilla, cuando no hallan venado.
- Una vez que se tañía a rastro,
dependiendo de cada caso, se procedía de la forma más adecuada, pero lo más
frecuente era soltar a uno o dos sabuesos y cuatro o seis perros de levantar.
Después orientados por la ladra continuarían planteando nuevamente la
estrategia.
Por lo general, procuraban
conseguir el agarre y después remataban con flechas, lanzas o cuchillos. Y los
demás perros, sólo los soltaban cuando la inminencia del agarre era evidente;
mientras tanto, dejaban trabajar sólo algunos perros de rastro apoyados por un
número variable de dos a seis para levantar la pieza y ello, se debía
fundamentalmente, porque el privilegio de dar muerte a los venados estaba
reservado al señor o caballero y porque se dedicaban a correr a los venados
pieza a pieza.
Otra particularidad, como hemos
podido ver anteriormente, es que donde situaban a los caballeros armados,
también situaban a los perros alanos conceptuados como perros de acorralar o
agarre y que entrarían en acción una vez que los perros de rastro habían dado
con la pieza y la habían levantado con ayuda de los perros levantadores y corredores.
La función de estos corredores era acosar y cansar a la pieza para cuando
entraran en acción los perros de presa que la pudieran agarrar y detener en su
huida con más facilidad.
En cada caso concreto solían
actuar de una forma precisa, soltando tanto el número como el tipo de perros
que creían más adecuado y en el momento que estimaban más conveniente.
Más adelante, ya en tiempos de
Felipe II, Gonzalo Argote de Molina nos sigue hablando de esta misma montería,
pero con algunos matices que demuestran su evolución. Por ejemplo, a los
monteros que estaban al servicio de la corona, ahora se les clasifica de otra
forma:
- Sigue existiendo el oficio de Montero Mayor,
- Existía también el oficio de Sotamontero del Rey, que era el
lugarteniente del Montero Mayor,
- Existieron los Monteros
de Traílla, cuatro de a caballo y ocho de a pie. Todos ellos debían tener
en su casa un sabueso de traílla, que el rey les da, para concertar y emplazar
al jabalí, venado, gamo u oso.
- Aparecen los Monteros de Lebrel, que eran 12 y cada
uno, debía tener a su cargo dos lebreles, que el rey les daba, para que
sirvieran en las paradas (agarres) y desde allí, correr a los venados y
seguirlos hasta matarlos.
- Se incluyen los Monteros Ventores. Ventor se llama al sabueso
de suelta en el rastro. Al tiempo que el sabueso de traílla descubre la caza
por el rastro, sueltan después parte de los perros ventores, que siguen
latiendo la caza. Y otra parte de los ventores, está puesta en las paradas para
socorro de los primeros ventores, siguiendo la caza para que los primeros
descansen y los que entraban de nuevo siguieran para dar con el venado en la
red o en el agarre donde estaban también los lebreles.
- Surge el Alguacil de Montería,
Con respecto a los toques de
bocina que empleaban para comunicarse, en el s. XVI Argote de Molina, comenta
que se habían reducido los iniciales y en esa época quedaban resumidos a nueve
toques que eran:
1. A junta, que era cuando hacía llamamiento el Sotamontero para algún
concierto.
2. A entrar, que era cuando se entraba en el monte.
3. A vista, que era cuando habían visto venado.
4. A macho o a hembra, que era para avisar si el venado era macho o
hembra.
5. A becería, que era cuando se levantaba la caza.
6. A muerte, que era cuando se mataba al venado.
7. A recoger, que era cuando se recogían los sabuesos que andaban
sueltos.
8. A cebar, que era para darles de comer a los perros.
9. A salir del monte, que
era cuando se recogía la gente.
De todas estas modalidades se fue
impregnado nuestra montería, evolucionado poco a poco a través de los siglos y
adaptándose a las circunstancias y los recursos de cada momento.
Poco a poco surgirían nuevas
estrategias, como hemos podido observar en las últimas fechas, en las que sobre
todo, uno de los aspectos que más cambia es que cada vez que surge un método
nuevo, éste tiende a hacer que las reses huyan a un punto concreto donde se
sitúe de forma más o menos estable el montero que pretende darle caza. En
definitiva, el gran cambio consiste en que el montero no tenga que correr
detrás de los venados, sino que sean éstos los que se dirijan hacia el lugar
que él ocupa.
Las formas evolucionan y aunque
los nombres para referirse a ella son varios como cacerías mayores, clamorosa o montería, la actividad permanece con
la misma esencia.
El tema de la montería va cobrando
con el paso de los años mayor aceptación y en los siglos XV y XVI van surgiendo
diversos manuscritos que nos cuentan como son las claves para realizar la
cacería mayor.
Es en el siglo XV, en donde se
produce la modificación más importante en la forma de practicar la montería,
debido a que, en ella, empiezan a utilizarse las armas de fuego, descubrimiento
que inicia una serie de cambios sustanciales. Es el nacimiento del arcabuz,
considerado progenitor de las actuales armas de fuego, el que a pesar de sus
características de poca manejabilidad, es el que produce la metamorfosis más
significativa.
Los primeros, eran demasiado
pesados (de 12 a 16 Kg) y presentaban gran dificultad para la ignición
inmediata y había que apuntar apoyándose es una especie de horquilla. Se les
llamó de "serpentín", ya
que precisaban mantener constantemente encendido un rollo de mecha, con la que,
aproximándola a la chimenea cebadora, producían la ignición de la pólvora.
Estos primeros fueron muy poco o casi nada empleados en la montería. De ahí,
que en 1644 se publicase otro manuscrito sobre el tema titulado "Arte de ballestería y montería",
porque la ballesta aunque llevaba ya más tiempo utilizándose, se veía todavía
más útil.
Evolucionó el arcabuz y surgió con
un nuevo sistema de ignición, que ahora ya, sin llegar a ser el idóneo, era más
adecuado para la caza. Se trata del arcabuz de "rueda" que producía el disparo de una manera más rápida,
pero seguía teniendo el inconveniente de su poca manejabilidad por el exceso de
peso, que ya andaba por los doce kilos.
Se ensayaron otros sistemas con
unos martillos sobre los que colocaban unas piedras de perdernal y en pocas
fechas surgió el fusil de "chispa",
que ya si fue bastante utilizado por que los logros técnicos que alcanzaba lo
hacían más versátil y adecuado a las necesidades planteadas.
A partir de aquí, la evolución fue
manifestándose con más evidencia, cada reducido espacio de tiempo.
Los tratados y publicaciones sobre
las formas, recursos y técnicas iban siendo cada vez más complejas, pero
siempre nutriéndose de su ya secular experiencia.
En el siglo XVII se publica otro
"Libro de la Montería",
dedicado al rey D. Felipe IV, que nos habla de como había de procederse en el
monte con el arcabuz y el sabueso para perseguir a las piezas de caza mayor.
El auge experimentado por la
montería hasta ahora, la configuraba ya como un bien escaso y caro, que no
podía estar al alcance de las clases más populares, imprimiéndole ello un matiz
de cierto prestigio ante las clases sociales de menor poder adquisitivo, de los
cuales era muy reducido el número, que podían tener acceso a su práctica.
Es en esta época, cuando los
puestos donde se emplazaban los monteros con su arma empezaban a hacerse cada
vez más estables, sin tener que desplazarse detrás de las piezas, sino que
buscaban que éstas se aproximasen al cazador, que permanecería inmóvil y
pretendería dispararles a su paso.
En el siglo XVIII surgen nuevas
ilustraciones con respecto a esta actividad, debido a que se seguían
organizando partidas de caza mayor. Surge "El
Tesoro de la Montería o el arte de buscar, perseguir y matar la caza
mayor" en el que se exponen reglas, consejos para el conocimiento y
dominio de esta práctica.
El Duque
de Almazán cuenta en su libro “Historia de la Montería en España” una curiosa
anécdota que pone de manifiesto lo que puede ser un buen podenco.
En
cierta ocasión el rey de Aragón escribió una carta a Hurtado de Mendoza, guarda
mayor de Cuenca, pidiéndole “seis podencos buenos”
Y Mendoza le contestó:
“Señor fablando con reverencia, vos
mandastes como rey mas non como cazador: que seys podencos buenos es duda si en
la mevtat de vuestro regno se fallan, cuanto más en mi casa sola …”
APORTACIÓN A UNA VALORACIÓN DE LAS REHALAS EN EL
PERIODO DE 1834-2005
Hoy, un
día del año 2005, la rehala tipo, con una presencia del 80% de las existentes,
está compuesta por podencos cruzados de mastín, podencos puros y mastines
aligerados, matizadas estas diferencias por las especiales diferencias de las
sierras que suelen batir.
Ayer, un
año cualquiera del periodo 1834-1854, las rehalas que se formaron lo hicieron
sin una experiencia escueta de los perros y que fueron los que habían asistido
al posible acompañamiento del hombre en su actividad cinegética, de
subsistencia, o en sus faenas de guardería, pastoreo y vaquería; siendo las
razas y cruces las de podenco, regalgo de podenco, lobillo y perros comunes.
El
general Serrano, duque de La Torre, que era un gran amante de los perros y de
las rehalas, mandó traer a Arjona una pareja de podenco baleares, llamados
Mahón y Mola, que fueron la base exacta de la raza que durante mucho tiempo se
conservó en la zona, y de una extensión en las provincias de Jaén y Córdoba,
plasmándose las características por la presencia exclusiva de podencos blancos
y envelados, obedientes a la voz y a la caracola.
Por esta
fecha, 1864, adquirieron fama las rehalas de los arjoneros D. Diego Manuel
Alférez, compuesta por 16 podencos finos y D. Miguel Talero, de 18 podencos
finos, datos que constan en la obra dejada por Pedro Morales, y en cuanto a las
rehalas isturgitanas, citar la del marqués de la Merced y la de D. José Albarracín
Pérez de Vargas, asistiendo las rehalas de ambos a las monterías que el general
Prim daba en su finca de Toledo, buscando la confrontación guerrera con la de
aquella provincia.
La
última treintena del siglo XIX y la primera quincena del XX, se llenan
perfectamente con la actividad de las rehalas de D. Diego Muñoz-Cobo Ayala cuya
egregia personalidad montera le hizo ejercer de capitán de montería, siendo la
suya una gran rehala y de prestigio y de actividad, introduciéndole cuantos
perros pudo comprar de buena calidad, a lo largo de su dilatada vida montera.
En sus tiempos, también sobresalió la rehala de D. Manuel el Ibreño, que era un
señor que prefería ejercer de podenquero a ocupar una postura en la montería y
que dejó buena fama de sus perros como la perra podenca Juaneca, según cita el
escritor Moreno Roselló.
Hacia
los años del 20 al 30, se incorporaron al mundo rehalero las poblaciones
serranas menores que formaban las rehalas juntando dos perros de Juan, tres de
Antonio, cinco de Pedro…y a los que conduce siempre el mismo podenquero.
La
guerra del 36 interrumpió la actividad y llenó de abuso y anarquía las manchas
de caza, de cuyos daños no se normalizarían hasta los años 50.
Hasta
1925 las monterías se daban en dos sesiones, monteando una por la mañana y otra
por la tarde, siendo el total de horas de trabajo de los perros de unas seis
horas. Desde entonces hasta la actualidad sólo se hace por la mañana hasta el
principio de la tarde, siendo el trabajo de los perros de unas cuatro horas.
Un documento escrito por el
militar D. Pedro Morales Prieto, titulado "Las
Monterías en Sierra Morena a mediados del S. XIX" nos acerca a las
formas y costumbres de las expediciones de caza, nombre con el que se les
reconocía a la montería en esta época.
Meses antes, se organizaba la
partida de caza, reuniendo y preparando todo lo necesario respecto a enseres y
recursos humanos. Posteriormente, se desplazaban a la sierra todos juntos
formando la expedición que permanecía en estos parajes, siempre en otoño, por
periodos de 5 a 20 días. Se albergaban donde ocasionalmente podían y, a veces,
se hacía preciso pernoctar en el monte, guareciéndose con rudimentarias
construcciones, lo que era conocido como montear a "vuelcatiendas".
En ocasiones, en que la finca a
montear estaba mejor dotada y disponían de casa donde alojarse, lo hacían todos
juntos disfrutando animadas fiestas que llamaban "alboroques", pero no prolongándolas en exceso ya que
debían levantarse de madrugada para continuar cazando al día siguiente.
Al tratarse de grupos de cierta
estabilidad, procuraban compensar siempre al montero menos afortunado con
puestos previsiblemente mejores; en otras ocasiones, la adjudicación de
posturas lo hacían por riguroso sorteo.
Los gastos, los repartían a escote
entre los monteros de pago llamados "escopetas
blancas", en cambio, los monteros que ayudaban por un sueldo pero que
también cazaban, se les llamaban "escopetas
negras", "los monteadores"
eran los ojeadores, que iban dotados de hondas y chuzos.
Para comenzar el monteo, (que era
dirigido por un guía o "director
de ojeadores y perreros",
auxiliado por otro 2º director,) el primero disparaba un trabucazo, al que le
contestaba con otro igual, el 2º director. Entonces a los perros, que los
habían llevado hasta allí acollarados y a pie, les ponían las cencerrillas y
los soltaban.
En esta época, podían disparar
sobre todas las edades y especies de reses montunas.
Valorando los elementos de la rehala, el Conde de
Yebes, en su libro “Veinte años de caza mayor” dice:
“Lo primero para lograr que una rehala sea
buena
es que tenga un podenquero de verdad,
siendo esto tan difícil o más de
lograr
que una buena rehala.”
También
el conde de Yebes (Eduardo Figueroa y Alonso Martínez), hablando de la zona
montera de Andújar, (Fuencaliente, la Solana, el Tamaral…) después de
piropearla abundantemente y refiriéndose a las rehalas dice:
“En ella se formaron los mejores monteros de
España
y los mejores perros.
Hasta tal punto,
que raro es su poblado que no
tiene rehala propia.
Rehala pintoresca, que carece de dueño,
cuyos perros,
propiedad de los vecinos del pueblo,
andan sueltos todo el año.
En víspera de
montería, el podenquero tañe su caracola,
y los perros, que conocen su
obligación,
acuden a la llamada;
la rehala se forma y … en marcha”
El duque de Arión refiriéndose a las cualidades
del perro de rehala, señala como el mejor “busca” a los podencos, pero siempre
que tenga unas cualidades determinadas (ser grandes, de pelo duro o sedeño; para mayor belleza, deberá ser envelado,
muy duro de pies, descargado, que lengua que no sea muy fina y estar muy cebado
en las reses) y carezca de defectos
como el de “conejear” que lo considera un defecto muy grave o la blandura de
pies o el de abandonar enseguida el rastro de la res recién levantada.
Otro acontecimiento que marca un
hito en la actividad venatoria es la aparición y posterior proliferación de
vehículos de motor por las consabidas posibilidades que generó, tanto para el
desplazamiento de los monteros como para el de las rehalas, que lo podían hacer
en menor tiempo y sin ocasionar el consabido cansancio.
Hasta la
aparición de los vehículos motorizados los monteros y demás participantes en la
montería se trasladaban por las sierras de España a lomos de caballos y mulas.
Pues bien, en la zona de Extremadura los perreros, en muchas ocasiones, no
desmontaban para montear sino que seguían haciéndolo a caballo, cosa rara vez
vista en las demás zonas monteras.
Durante la segunda mitad del siglo
XX surge la que se ha dado en llamar "montería
comercial", en la que una organización más o menos profesionalizada
pone a disposición del montero, a cambio de una cantidad de dinero, la
posibilidad de comprar una acción que le permite participar en la montería. En
este tipo de montería la rehala no montea a cambio de caza, sino que lo hace a
cambio de dinero. Esto propicia un intrusismo en el sector que desvirtuará la
labor selectiva de los auténticos rehaleros.
La
situación actual alterna la montería comercial con la montería de invitación,
en la que, tanto en unas como en otras, se tiende a la profesionalización de
todo el personal a excepción del montero, en el que, su proceder está
supeditado a la disponibilidad de su bolsillo y a su ética y experiencia
personal.
REHALAS TRADICIÓN Y
"EVOLUCIÓN"
Los perros de las rehalas, en cuanto
terminaban la temporada de caza, se dispersaban por los cortijos y caseríos de
sus propietarios y allí pasaban el verano cuidando las eras, distrayendo sus
ocios, persiguiendo a las liebres del contorno, ... En cambio, la esencia de la
rehala formada por los perros maestros o punteros, el "quitaor", las
perras y algunos selectos cachorros, solían quedar en la casa del dueño. El
"quitaor" era un perro fuerte y dominante en la rehala que
especialmente ejercía su función en las jornadas de caza menor, quitándole a
sus compañeros de jauría las piezas abatidas de caza menor y trayéndoselas al
cazador, pero específicamente en la rehala no tenía esa función. Se le
separaba, porque era bueno en la caza, pero peleísta en la perrera. Los que
veraneaban en los cortijos se alimentaban con su ración de pella de harina de
cebada y los que lo hacían en el pueblo con una libra de pan de harina de trigo
revuelto con harina de centeno.
Los podenqueros se dedicaban en este
periodo de holganza a la faena de la labor o a los quehaceres domésticos de la
casa de sus señores, pero no perdían de vista a sus perros, y cuidaban de irlos
reponiendo con los cachorros que nacían en el año y con otros perros de
reconocida bondad y facultades.
El perro que desde siempre había sido
insustituible en la montería española, empezó a convertirse en un elemento
mediatizador para propiciarle al montero modesto, no sólo la consabida ayuda
que todo perro ofrece a su cazador, sino que, además, suponía la posibilidad de
montear por invitación, que lógicamente se hacía en compensación por el trabajo
especializado que a la misma podían aportar las selectas rehalas, tanto por los
perros como por los perreros.
Más tarde, disponer de una buena y
reconocida rehala, supuso para algunos monteros, que no poseían fincas de caza
mayor, la única forma de poder practicar la montería, ya que éstas se hacían
todas ellas por invitación y para ser convidado en varias ocasiones, la mejor
forma era poseer una excelente y afamada rehala, a la que cuidaban con gran
empeño y esfuerzos.
Habían surgido los auténticos profesionales
rehaleros que, aun utilizando la rehala como un medio para conseguir otro fin,
tenían la necesidad de elevarla a sus más altas cualidades de eficacia,
procurando siempre el respeto y admiración por su trabajo. En definitiva, estos
rehaleros consiguieron dignificar la función de la rehala, poniendo siempre a
su mando como podenqueros a excelentes hombres de campo y reconocidos expertos
de sierra.
En esta época, estos monteros
rehaleros tenían la obligación y la necesidad de conseguir para su rehala el
mayor prestigio, es por ello, por lo que se preocuparon de seleccionar los
perros que formarían parte de su rehala, observando no sólo la eficacia, sino
también la presencia, ya que las rehalas se elegían por su coraje,
acometividad, olfato, empuje y resistencia, pero se cuidaba también la estampa.
Buscaron capas claras, canelas y alunarados que poseían gran belleza. Eligieron
básicamente al podenco, a los que complementaron con alanos, mastines puros y
cruces de éstos con podencos, los famosos "amastinaos" o también
"aligeraos".
En la zona de Sierra Morena, el perro
predilecto para la rehala tradicional ha sido el podenco que desde siempre,
cuanto más fino y mejor enrazado esté, mejores resultados produce.
Originariamente eran sólo podencos puros los que constituían la rehala por
estar dedicada ésta también a la caza de conejos y perdices, pero poco a poco,
la rehala se fue construyendo para la función concreta que había de desempeñar
en la montería y, para ello, se continuó básicamente con los podencos por su
empuje, olfato, movilidad y voz. Se añadieron perros de fuerza para el agarre y
mayor resistencia, como los mastines y los alanos de pura raza, que al
mezclarse con los podencos dieron como resultado un perro más ligero, adecuado
para trabajar en grupo y con las cualidades primordiales de ambas razas.
Los rehaleros tenían la rehala como
una ganadería selecta, cuidando las razas, los cruces y la calidad de los
productos más adecuados para desempeñar su función en el monte.
Despertando, además, la admiración por
la belleza y el poderío de un equipo de impecable presentación e indiscutible
funcionalidad.
Se dieron cuenta que, si seguían
cazando con ellos la caza menor, después "conejearían" y eso, junto
con la falta de voz ha estado desde siempre considerado como un gran defecto en
el perro de rehala, por ello, los dedicaban exclusivamente a la caza mayor.
Estos monteros rehaleros diseñaron la
indumentaria de sus podenqueros, la belleza de la divisa de la rehala... y una
cantidad de detalles, que hicieron de la rehala española una herramienta casi
perfecta, tan preciosa como precisa.
Cuidaron con capricho y esmero la
presentación de la vestimenta tradicional del podenquero, cuyo traje lo
constituía: un terno de estezado, (que después se haría de pana con remates de
cuero), delanteras, polainas o "leguis" y abarcas de cuero (al
principio, que después se convirtieron en botas), sombrero de fieltro y un
capote de monte para abrigo. Sus armas eran un retaco de un cañón de pistón y
una hijuela; su equipo era un morral de cuero, un frasco de cuerno en donde
llevar la pólvora para las salvas, y un caracol grande con el que llamar a sus
perros.
Ser rehalero se convirtió en un
orgullo, un prestigio, un honor, porque en él debían coincidir una serie de
cualidades y conocimientos que harían de su rehala la más solicitada. Circunstancias que, además, eran
imprescindibles para lograr el éxito en cualquier jornada montera que se
preciase de serlo.
Al rehalero y al podenquero se les
consultaba antes de organizar las monterías, pero fundamentalmente, era porque
tenían acreditado que poseían complejos y profundos conocimientos sobre las
reses, la sierra y la montería.
Los podenqueros cuando no monteaban
con la rehala actuaban como postores, secretarios o escopetas negras, es decir,
siempre tenían un hueco para desempeñar su función en la montería, debido a su
afición y eficacia.
A las rehalas se les premiaba por su
estimadísima colaboración, se les daba en cada jornada su ración de pan o la
harina suficiente para elaborar las famosas pellas para los canes.
Los podenqueros eran como agentes de
la autoridad, prendían con sus mosquetones a los cazadores noveles en el
protocolario acto del noviazgo montero.
El resultado fue que la rehala, por
las coyunturales circunstancias que se dieron o por lo que fuera, alcanzó un
alto grado de prestigio.
Muchos monteros, unos por necesidad y
otros por auténtica vocación, se hicieron rehaleros, y empezaron a abundar las,
hasta entonces, escasas rehalas. Esta proliferación ya dio lugar a difuminar
parte de la autenticidad conseguida, quizás por el exceso de imitadores que no
llegaron a alcanzar el nivel de la obra original.
Antes, los rehaleros y los perreros
eran siempre monteros, a los que la tradicional ley montera les concedía,
aunque escasos, ciertos privilegios:
- El honor de que, junto con los
propietarios de las fincas, eran las figuras claves de la montería.
- Se les consultaba sobre fechas
adecuadas, sobre las sueltas y la forma de montear cada portillo.
- Eran invitados de lujo, y éstos
procuraban acompañar la buena presencia de sus canes con una adecuada
indumentaria del perrero (hoy muy cambiante)
- Eran jueces de la sierra.
- Sorteaban entre los primeros y, a
veces, se les adjudicaban puestos elegidos.
- Siempre tenían la comida reservada a
su vuelta de la mancha.
- Si una rehala cogía una pieza a
diente, el trofeo era de los perros.
- En las monterías, casi todas de
invitación, se elegían las mejores rehalas por su olfato, su diente, su voz, su
fuerza, su agilidad y su valor, cualidades que las convertían en eficaces.
- En la junta de las monterías
antiguas, por la mañana se repartía el taco para el perrero y panes para los
perros, mientras los monteros comían las migas y por la tarde se le volvía a
dar su ración de pan para los perros.
El perrero tenía que desplazarse, de
unas fincas a otras, caminando grandes distancias a lomos de su caballo y
seguido por sus perros acollarados. (Frecuentemente con ramales o cuerdas, por
si alguna collera se despistaba, para que pudieran roer la sogueta y librarse
para no morir de hambre) Esto era duro, pero los mantenía en forma de verdad.
Hoy nos beneficiamos de las ventajas
de los transportes motorizados y aunque las rehalas se cansan y agotan, es por
el mucho tiempo que han de estar encerradas en el camión, pero no es un
cansancio que les proporcione la adecuada preparación física de una caminata,
en compensación se les deberían dar a los perros largos paseos, como ya lo
hacían antes en las fechas previas a la apertura de la veda, para fortalecerlos
físicamente y no tenerlos entumecidos en las perreras.
Con la aparición de las monterías
comerciales muchísimas cosas cambian, surge una nueva fórmula en la que, en
muchos los casos, coincide el perrero y el rehalero en la misma persona y, a
veces, ni tan siquiera es aficionado a la cacería. Esta persona es la que
ofrece en alquiler los servicios de la rehala por una cantidad de dinero,
alternándose este nuevo sistema con el tradicional.
Por otra parte, la gran demanda de
rehalas que exige el mercado, dada la comercialización de la montería,
constituye un terreno abonado para que, con gran profusión, vayan apareciendo
una considerable cantidad de nuevas rehalas que nada tienen que ver con las
tradicionales. Todo ello, da pie y ofrece una situación propicia para dejar la
puerta abierta al intrusismo de personas que, en su legítimo derecho de hacer
negocio, aprovechan la ocasión y hacen "evolucionar" al mundo de la
rehala, tal vez sin pretenderlo, adulterando, no sólo la pureza de las
tradicionales formas de actuar los rehaleros y perreros, sino también cambiando
fórmulas totalmente válidas y archicomprobadas por otras de eficacia dudosa o
rotundamente demostrada, ofreciendo una desvirtuada imagen y hasta destruyendo
la esencia misma de la rehala.
Por los raros avatares de esta
"evolución" van aumentado los casos en los que la función de perrero
la desempeñan personas que, en ocasiones no eran ni aficionados a la montería,
por tanto, no entendían ni podían cumplir su ancestral papel, en el protocolo
de la misma, no sólo en cuanto a las formas, sino tampoco en cuanto a los
hechos.
En una palabra, había llegado
abiertamente el intrusismo de la rehala comercial. Ese intrusismo, que desde un
principio fue visto por los rehaleros tradicionales con cierta lisonja, algo
ridículo y hasta un poco cómico, sin pensar nunca que podía llegar a ser su
auténtica bestia negra, a manos de la cual iba a tener casi que sucumbir y
principalmente por el único argumento del poderoso caballero que es don dinero.
Poco a poco el intruso fue desplazando
al tradicional y al auténtico, que solitario entre multitudes fue relegándose y
hasta cortésmente, como ya era su estilo.
Hoy en día, aún siguen existiendo las
rehalas tradicionales y las rehalas comerciales, pero cuando las unas y las
otras existen es porque hay quien las utiliza o porque hay quien no las
distingue y no le importa que le dan gato por liebre.
Con la implantación ya casi
generalizada de las monterías comerciales, se hace norma el alquilar rehalas
por una cantidad de dinero y no a cambio de un puesto, como venía siendo
costumbre.
A los monteros rehaleros, no les
gustaba la fórmula y muchos de ellos fueron deshaciéndose de su rehala, que en
unas ocasiones era vendida, en otras se la quedaba el perrero y en otros casos
iba a parar a manos de aficionados no muy duchos en el tema. En definitiva, la
situación dio lugar a que se fuese diluyendo el trabajo concienzudo y metódico
que habían realizado muchos rehaleros hasta la fecha y esto, desembocó en un
periodo donde las puras y auténticas tradiciones se vieron obligadas a
coexistir con las modernas fórmulas comerciales.
Hubo muchos de los nuevos rehaleros
que necesitaron rentabilizar gastos y para ello, mermaron en aquello que hasta
entonces habían tenido de sobra, mermaron en la calidad, en la dedicación...
porque tenían ahora que convertirlo en un negocio rentable, lo cual no permitió
mantener la pulcritud necesaria con la que la rehala había alcanzado un alto
grado de buen hacer montero.
Otra circunstancia paralela que se dio
fue la gran cantidad de monterías que se programaban ya por todas partes y la
amplia demanda de perros que existía en el mercado. Ello provocó que algunos,
de los entonces nuevos rehaleros, llegado el momento del principio de la
temporada, compusieran parte de sus rehalas como más pronto podían. Añadían todo tipo de canes y propiciando la
variopinta estampa de algunas de las nuevas rehalas que incluían galgos,
regalgos, pointers, pequineses, pastores alemanes y un largo etcétera que, sin
desmerecerlos por su raza, nunca fueron los más apropiados para este fin.
Aunque honradas excepciones, siempre las ha habido.
Eso desde la parte que corresponde al
rehalero y al perrero, pero no creamos que la única culpa radicaba en ellos,
también correspondía la suya a los demás integrantes de la montería,
principalmente a las organizaciones y a la gran cantidad de los nuevos monteros
que siendo un tanto esnobistas, empiezan a tomar parte en monterías sin
convicción de lo que hacen.
Prueba de ello, pueden ser actitudes
actuales que se dan por abandono o por desconocimiento, por ejemplo: ¿A cuántos
de esos "nuevos monteros" se les ve ahora felicitar a un perrero
después de realizar un buen trabajo?
¿Cuándo se ve a uno de esos "nuevos monteros" que se preocupe
simplemente por ver las rehalas que van a montear?, o ¿Cuántos de esos, rematan
un agarre a tiros, sin importarles no ya otros tradicionales detalles, sino ni
tan siquiera la integridad física de los perros?... y ¡ojo! que no todos los
nuevos son así, pero desgraciadamente empiezan a abundar y convierten esta
"evolución" en cotidiana.
La mayoría de los organizadores actuales,
rara vez hacen referencia a la identidad de las rehalas que han elegido para
prestigiar su labor al montear.
Hoy si hay un puesto elegido, casi
nunca es por méritos cinegéticos, sino que esas circunstancias han quedado para
premiar la relación social, el mundo empresarial, o...
En varias monterías, se ha suprimido
el taco y el tabaco que se le daba a los perreros, hasta se regatean en muchas
ocasiones la tradicional propina, no quizás sin su parte de razón en algunos
casos.
Mal llamada propina, que según
proponía un viejo rehalero, debió llamarse "adehala", un nombre más
consonante, ya que en este término no entra la voluntad del que la dona.
Hay guardas de fincas que
"colaboran" desde el oscuro anonimato con su peculiar criterio de
selección del perro de rehala que queda trasmontado después de una montería,
regalándole unos gramos de plomo y pólvora para aliviarle la distracción, la
verdad que el método es cómodo y contundente, pero no el tradicional ni el más
respetuoso, ya que antes si un perro se trasmontaba, se le localizaba, se le
sujetaba y se avisaba al dueño para que viniera a recogerlo, y no se le
disparaba nunca.
A los perreros, guías y ayudas, la
mayor parte de los días, no se les deja ni comida cuando vuelven por la tarde a
la junta y un cúmulo de pequeños detalles que en estos tiempos de prisas se van
olvidando por descuido o intencionadamente. Pues a eso, hay quien le llama
"evolución".
Y es que, como diría un romántico:
"Cuanto más conozco a los hombres,
más quiero a mi perro"
pero, aunque muchas de estas criticables formas
se vayan adoptando como norma por un considerable sector, también existe una
gran mayoría que no sólo, no las practican, sino que, además, las detestan y
las censuran abiertamente.
Aunque las fórmulas actuales conduzcan
a tener que alquilar las rehalas por una cantidad de dinero, la calidad siempre
se debe cotizar por encima de la cantidad.
En las últimas décadas han surgido
ciertas asociaciones de rehalas, unas que llegaron a cristalizar durante
algunas temporadas, otras que se mantienen para constituirse en auténticos
filtros y poder así desprenderse de la nefasta compaña que le prestaban los
intrusos.
No en vano se sienten atropellados y herida su
sensibilidad al ver desmoronarse una labor tan rancia como acendrada en ellos y
buscan desesperadamente soluciones que frenen o al menos distingan, de forma
clara, a estos intrusos que se han camuflado entre ellos, desvirtuando de
manera evidente, no sólo su imagen, sino haciendo desaparecer los referentes
para aquellos que se inician con la intención clara de ejercer una profesión
tan prestigiada en tiempos anteriores.
Por ello, conviene que repasemos,
aunque sucintamente algunos de los conceptos en los que se ha basado la esencia
y autenticidad de esta profesión:
La rehala la constituyen un grupo de
20 a 40 perros y cada uno de ellos con una función específica en la montería:
pistear, levantar, acosar, perseguir o agarrar.
El
podenquero
El perrero es el monteador que dirige
un grupo de perros en el monte, para levantar a las reses de sus encames y
hacerlas huir.
Al verdadero podenquero, nunca le
achican los espesos y tupidos montes, ni los "puñales" en los que se
convierten las ramas secas, ni las punzantes espinas de los zarzales o la
aspereza de las chaparreras impenetrables. Tampoco se arredra por tener que
andar a gatas en los montaraces brezales, ni por empaparse con la manta de agua
con la que nos obsequia el monte cuando llueve. Es capaz de atravesar las
escurridizas lastras de piedra, subir y bajar sin reparar en la dureza de las
pronunciadas pendientes, ... en definitiva, de introducirse en las entrañas
mismas de nuestras sierras.
El perrero ha de estar siempre presto
para informarse y cumplir con la función concreta que se le encomienda en cada
montería.
Procurará estar disponible siempre en
el lugar y a la hora exacta de la suelta, para no demorar el trabajo de los
demás. No deberá utilizar la caracola nada más que cuando sea estrictamente
necesario, sin abusar de las llamadas a los perros, ni llevarlos pegados a las
piernas. Voceará enérgicamente animando a sus perros sin perder la mano que se
le haya asignado. Deberá pararse cuando se arranca una ladra, cantar la res que
hayan levantado y esperar la vuelta de los perros y si se produce el agarre, saldrá
en defensa de su rehala con decisión y valentía cuando tenga que rematar a
cuchillo.
Nunca se aliviará caminando en exceso
por los carriles o desmontados e intentará rematar el monteo en el lugar
acordado.
Procurará siempre llevar el número adecuado
de perros, sin abusar de cachorros y evitando las perras en celo.
La mayor satisfacción del perrero es
ver como sus perros sacan las reses del monte, es decir, cumplen con su función
primordial en la montería, que no es exclusivamente la de agarrar reses, como
algunos piensan.
El rehalero es el propietario y el
autor de la rehala, ya que una rehala, es el producto de un trabajo cinófilo
continuo de selección, crianza, cruces, alimentación, adiestramiento y, sobre
todo, de observación en las muchas
jornadas de práctica en el monte.
Unas veces, el rehalero entra con la
rehala al monte y, otras, esto sólo lo hace el perrero, yendo mientras tanto el
rehalero a ocupar un puesto en la montería, pero siempre interesándose por el
trabajo de su rehala.
Tanto el rehalero como el perrero
auténtico se caracterizan por su afición a la montería, por su capacidad de
entrega y sacrificio, y por el común afán de superación buscando las mejores
cualidades en el perro de rehala.
Cualidades
del perro de rehala:
El olfato, la voz, el coraje, el
empuje, la movilidad y la resistencia son cualidades básicas del perro de
rehala.
Olfato o "viento" para que
puedan dar en el monte con las piezas de caza.
Voz o "dicha" con la que
anuncien el descubrimiento de las reses, y así, acudan sus congéneres,
haciéndolas huir entre todos con mayor eficacia.
Coraje o "valentía", para
poder enfrentarse a animales de mayor talla física que ellos.
Empuje que les permite acosar con
determinación y prontitud a las reses.
Movilidad, por la necesaria facilidad
para desenvolverse en la espesura del monte.
Resistencia, para aguantar las
exigencias y dureza del medio.
Tipos
de perros de rehala:
Los tipos de perros que pueden formar
parte de una rehala varían de unas zonas monteras de España a otras, ya que las
características del terreno, aunque similares entre las diversas zonas, están
bien diferenciadas.
Cuando el monte es apretado y el
relieve abrupto, convendrá utilizar perros fuertes pero ligeros, y ello se
consigue utilizando perros "aligerados" con podenco.
Lo ideal sería que cada rehalero
dispusiera en sus perreras de un grupo amplio de perros que le permitiese la
formación de diferentes tipos de rehalas, según el tipo de montería a la que
asista en cada momento, pero eso está más cerca de la utopía que de la
realidad.
Entre
los factores que influyen para escoger
un tipo de rehala u otro están:
- El tipo de terreno de la zona, si es
llano, muy abrupto, enmontado o, más o menos raso.
- El tipo de piezas que principalmente
se pretenden abatir. Lo más frecuente es el ciervo, pero en ocasiones, la
densidad de jabalí es considerable y es preciso tener en cuenta también este
factor.
- Algunos rehaleros han optado por el
cruce de las dos razas esenciales (podenco y mastín), añadiéndole una pizca de
otra sangre más (grifona), dando perros fabulosos para la rehala, tal es el
caso de las rehalas del tipo de Valdueza, prototipo de las rehalas
castellano-manchegas.
- Otros han preferido componer su
rehala con un número de podencos puros, otro de mastines, también puros, y el
resto de "amastinaos" o cruces de los anteriores.
- Hay quien ha preferido la rehala
"mil leches" o perros de diversos cruces de sangres.
- Otros la compusieron con un número
determinado de perros básicos (podencos), a los que añadieron otra cantidad de
perros complementarios, como semisabuesos, bracoides, semipresas o garabitos.
- Muchos, han buscado y añadido a su
rehala, sangre del originario alano español, hoy ya recuperado o mejor dicho
restaurado, e incluso de otros perros de presa.
Los podencos son portadores de
cualidades como la velocidad y la agilidad, además del olfato.
Los mastines representan la fuerza y
la firmeza, aunque sean algo más lentos, pero más resistentes.
Con el cruce de ambas razas, se busca
en un mismo ejemplar la conjunción de las cualidades anteriores.
Existen rehaleros que después de
conseguir un tipo de perro, han normalizado su rehala con la totalidad de
perros de esa variedad, son las llamadas rehalas tipo.
Entre estas posibilidades, se puede
decir que están incluidas todas las variedades de rehalas tipo que existen,
cambiando en ellas la proporción en la cantidad o en los cruces.
Pero no se debe olvidar que, aunque
éstas sean cualidades genéricas de cada raza, es el trabajo de observación y
selección diaria del perrero (conocedor de la ciencia cinófila), quién dirá las
cualidades que posee o carece cada ejemplar.
Composición
de nuestras rehalas:
Después de muchos ensayos y, aunque la
composición de una rehala sea variable, la rehala andaluza adoptó, no de forma
única, pero sí de manera orientativa, la siguiente composición:
-
como mínimo 20 perros, entre los que había:
- 10 podencos puros,
- de 2 a 4 mastines puros,
- y de 6 a 8 "atravesaos" o
cruzados.
-
nunca menores de 15 meses
- y
con capa a ser posible de colores claros.
Desde hace tiempo, los rehaleros
huyeron de los galgos, regalgos, perros de muestra, pastores, chuchos, gozques
y otros perros de caza.
Aunque lo que sí añadieron más tarde
varias rehalas, fue algún ejemplar de dogo argentino, por su fuerza, fiereza y
agresividad, (algo discutido por su carencia de voz)
Pero todo ello, sin olvidar que en la
rehala se primó el olfato, la voz, el coraje, el empuje, la movilidad y la
resistencia, sobre el agarre y en último lugar la belleza de la estampa,
alcanzando así la eficacia para sacar reses del monte que es su verdadera
función.
En todas las rehalas existen siempre
algunos perros que destacan por su olfato, por su vista y en definitiva por su
facilidad en dar con el encame o escondite de las reses, a estos perros se los
conoce con el nombre de perros punteros.
Tanto el olfato, como la dicha o la
ladra son, en ellos, cualidades destacadas.
Suelen ser perros ligeros, de gran
movilidad y con mucha resistencia.
Habitualmente son los que trabajan de
una forma más autónoma y a mayor distancia del podenquero.
Si un perro llega al encame de una res
y la descubre, inmediatamente empezará a latir de parada, es la llamada que
busca el refuerzo de sus compañeros.
Si estos agarran a la res, es el
momento de entrar a rematar a cuchillo para evitar que la res pueda dañar o
incluso diezmar la rehala, si se trata de un buen cochino.
El agarre no debe ser el objetivo
prioritario de una rehala en la montería, sino el levantar y acosar a las reses
para hacerlas huir.
En cuanto al perro, se dice que éste
es el auxiliar del cazador, pero viendo cómo trabajan algunos perros, es más
fácil pensarlo al revés.
Rehaleros y perreros de admirable
ciencia, verdadera vocación e intachable profesionalidad, desde siempre han
existido y existirán, ellos serán los centinelas de su autenticidad y tendrán
entre los amantes de las tradiciones auténticas a sus más incondicionales
admiradores.
¡Hale machooo!
¡Caza disfrutando, disfruta cazando!
Manuel Moreno
Andújar
y octubre de 2005
Octubre - 24