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20230501

HISTORIA DE LAS REHALAS


Trabuco y podenquero.
Podenquero disparando su trabuco

HISTORIA DE LAS REHALAS

INTRODUCCIÓN:

          El artista que realizó el monumento a la montería, plasmó en su obra cinco ciervos y cinco perros, aquéllos como la “punta de hato” que contuviese la supuesta mancha, y éstos como la cuarta parte de una rehala que está a punto de “transmutar un acoso en un agarre”, palabra ésta que en la montería significa  “la sujeción de la pieza que se intenta cazar”; pero si observamos detenidamente la obra escultórica, se aprecia el hecho de que hay un igual número de ciervos que de perros, lo que no interpretamos como un capricho del autor sino como la certeza de que ambas especies son igual de importantes en el desarrollo de la montería y de aquí el dicho de que: “ sin rehala, no es posible la montería”.

Otra observación que puede apreciarse en el monumento es la de representar una rehala concebida a la antigua pues, sólo uno de los perros representados es de cruce con podenco y los otros auténticos bastardos.

La rehala es una institución esencial dentro de la montería, compuesta por distintos elementos que desempeñan una función insustituible.

En la península Ibérica, desde tiempos inmemoriales existieron las recovas o jaurías empleadas para cazar, eso sí, sólo podían existir en las casas de gran poder adquisitivo y, en cierto modo, eran un símbolo de ostentación ya que su manutención suponía un gasto considerable, llevadero sólo para la nobleza y personas de gran riqueza.

Para lograr la caza de reses desde antaño se ha necesitado buena cantidad de perros de acreditada fiereza, resistencia y olfato, y como el mantenimiento de éstos siempre es caro, muchos aficionados se decidían a sostener una collera de podencos, que en un momento dado los reunían a varios de ellos bajo la dirección de un hábil podenquero, y se formaban rehalas que aseguraban el éxito de las expediciones que se hacían para montear y que podían llegar a durar hasta diez y doce días, monteando a diario, salvo imponderables de la meteorología.

Generalmente, estas rehalas improvisadas, se formaban bajo la base de otras que ya había organizadas en la zona; así es que las colleras independientes, al reunirse a los núcleos ya formados, no hacían más que reforzarlos; y como aquellos habían, en lo general, hecho campañas con perros de las rehalas con quienes se unían, estaban habituados al trato de los podenqueros, no siéndoles difícil entrar en disciplina, y desde el mismo momento que se verificaba la unión, se establecía la unidad más perfecta entre todos.

 La referencia a este hecho puede ser otro argumento para entender el concepto de rehala, tal y como lo define el diccionario de la Real Academia Española.

 Rehala de la palabra árabe “rehal”,  que quiere decir juntar ganado de varios dueños”.

 De entre las jaurías existentes, una de las más prestigiosas era siempre la jauría real y posiblemente, de ahí, proceda el término reala, de la expresión, "jauría real" que acortándola quedase en "la real" y después en "reala". 

 

 

Podenquero y su rehala.
José Sánchez y su rehala

 

        ORIGEN DEL PERRO DE CAZA:

 

Existen diversas teorías para datar el origen y la procedencia del perro de caza.

 Las nuevas técnicas de datación de fósiles vienen a corroborar la tesis de que la procedencia de todas las razas de perros de caza existentes en el mundo, tienen un origen común.

 

Actualmente la tesis más admitida es la de que todos los perros de caza provienen exclusivamente de alguna de las 32 subespecies del lobo. Aunque varios autores lo resumen a 4 subespecies, pero admitiendo los posibles cruces entre ellos.

 Concretamente La subespecie de lobo de la que proceden la mayor parte de los perros europeos y del sur de Asia es el Canis Lupus arabs. De este lobo aparecerá una estirpe de perros denominada Canis familiares leineri del que provienen nuestros valiosos podencos. (Según Juan J. García Estévez- veterinario.)

 

La fecha puede fijarse entre los 20.000 y los 25.000 años a. de C. ratificado esto por un hallazgo arqueológico que lo sitúa con seguridad hace unos 12.000 años.

“Existe una tumba en Israel que data de esta fecha y en la que yace una mujer abrazada a un perro o mejor dicho a un lobo modificado” Lo que indica que la domesticación del lobo y su transformación en perro debió iniciarse antes.

 

                12-01-05 | EFE. -Londres. - El hallazgo de los restos de un mamífero parecido a un perro que vivió hace 130 millones de años ha puesto en duda que los dinosaurios tuvieran el dominio absoluto sobre la Tierra, según publica esta semana la revista "Nature".

Posiblemente lo más sensato sea afirmar que el origen del perro debe estar muy próximo al origen del hombre.

 

Cada variedad cinegética ha planteado la necesidad de unas características especializadas en el perro de caza y ello ha dado lugar, a través de los años, a las diferentes razas que conocemos hoy en día.

 

 Cuando al hombre se le ocurre agrupar perros para que juntos le ayuden a cazar, sin quererlo se vuelve a las más primitivas y originarias técnicas de caza, que desde sus inicios empleaban los lobos para conseguir el alimento de la manada.

 

Desplazamiento de las antiguas rehalas en el monte.
Vamos para la suelta

         Los romanos clasificaron a los perros de caza como:

        -          Rastreadores si seguían con el olfato las huellas de las piezas de caza.

        -          Rápidos si las seguían con la vista.

        -          Luchadores si las atacaban.

 

     Los griegos solían utilizar perros del tipo lebrel. 


Existen pinturas rupestres que ponen que manifiesto que el hombre se ayudaba de perros en sus faenas cinegéticas.

Después no sólo empleo al perro, sino también al caballo, sumando cualidades e instintos de los que él como ser humano carecía. Siendo ciervos, osos y puercos los objetivos de su caza de animales mayores.

  Quizás el tratado de caza más completo y antiguo sea la Cynegética de Oppiano de Apamea (Siria), escrito para el emperador Caracalla (s. XI), y en el que se describen minuciosamente los modos de caza, el equipo, las armas, las horas del día más propicias para su  práctica; según la presa, los hábitats de los animales, así como detalles muy concretos de las cualidades físicas de los cazadores y demás particularidades de los dos animales que acompañaban al hombre en la caza: el perro y el caballo.

 De la montería los primeros escritos conocidos en España se remontan al incompleto "Libro de la Caza" del Infante D. Juan Manuel (1282-1349?), sobrino de Alfonso X el Sabio. Aunque esto no quiere decir que esa fecha pueda considerarse como inicio para nuestra montería, porque existen otros escritos que hacen referencia a su práctica en épocas anteriores.

 

 

                LIBRO DE LA MONTERÍA POR ALFONSO XI

 

 El primer documento amplio que versa sobre nuestra montería es el "Libro de la Montería" escrito por Alfonso onceno, que reinó 38 años, desde el 1312 (sucediendo a su padre Fernando IV) hasta el 1350 que murió en el cerco de Gibraltar.

 

              Este tratado tiene varias ilustraciones y está compuesto de tres libros:

 

- En el primer libro, entre otras normas, se explica:

    Cómo debe ir equipado el montero, tanto de a caballo como de a pie.

    Cómo conocer los rastros de las diversas especies animales.

    La forma de montearlos a caballo y los lances que suelen suceder.

    El modo de formar buenos perros.

    Y el fuero de los derechos de los monteros.

 

- En el segundo libro se ocupa de:

Las heridas que, de los animales fieros, pueden recibir los perros. (Indica como se protegen los perros de agarre con una curiosa armadura)

Las enfermedades de los perros y del modo de curarlas.

 

- El tercer libro describe minuciosamente:

Los montes de Castilla y León.

Algunos del reino de Granada, explicando en qué comarca se hallan y cuáles son los          buenos para la caza de invierno o de verano.

 

Imagen de la rehala antigua.
La rehala  es una tradición de siglos


Y es en el capítulo 32 del libro primero, donde hace una clasificación de las monterías de caza mayor que existen, señalando 3 tipos:

              - Montería del ciervo, del puerco y del oso.

Además, indica que los perros deben ir acostumbrándose por este orden a montear, cazando primero ciervo, después puerco y por último el oso, para conseguir buenos canes para la montería.

 

              Después, cuando salían a cazar, llevaban tres clases de perros:

                    Buscas o ventores, canes de levantar y

                    perros de correr y

                    acorralar, utilizando en cada caso lo que la ocasión requería. Mientras tanto, los llevaban a unos con traílla y otros bien sujetos. En cuanto a las razas habla de sabuesos, podencos y alanos.

 A los perros que debían acosar produciendo el agarre, los protegían con una especie de armadura que les protegía parte del cuello y el tronco.


Pero si observamos como practicaban la montería, vemos que lo hacían de la siguiente forma:

              - Primero al amanecer, iban dos monteros de a pie, los más conocedores del terreno, a catar o escatimar el monte. Cuando encontraban un rastro fresco se paraban allí.

              - Después, al ser de día, los monteros de a caballo se colocaban en los lugares donde habían encontrado rastros de huida (los actuales puestos), apoyando la armada con perros alanos y situando a ésta siempre al borde del monte que se estaba cazando. Entonces entraban los monteros de a pie con los perros que los llevarían sujetos. Cuando ya todos estaban situados, empezaban a tañer sus bocinas, que serían el medio por el que se comunicarían, empleando para ello, al principio, hasta trece toques diferentes, que posteriormente se vieron reducidos a nueve.

              Los trece primeros toques eran:

              - Curar de andar al monte.

              - Preguntar.

              - Tañer de rastro.

              - Tañer de poner canes.

              - Tañer de corredura.

              - Tañer de ladradura.

              - Tañer de vista.

              - Tañer de traspuesta.

              - Tañer de tornado es.

              - Tañer de asopie.

              - Tañer de ocisa.

              - Tañer de acogida.

              - Tañer de sencilla, cuando no hallan venado.

              - Una vez que se tañía a rastro, dependiendo de cada caso, se procedía de la forma más adecuada, pero lo más frecuente era soltar a uno o dos sabuesos y cuatro o seis perros de levantar. Después orientados por la ladra continuarían planteando nuevamente la estrategia.

 Por lo general, procuraban conseguir el agarre y después remataban con flechas, lanzas o cuchillos. Y los demás perros, sólo los soltaban cuando la inminencia del agarre era evidente; mientras tanto, dejaban trabajar sólo algunos perros de rastro apoyados por un número variable de dos a seis para levantar la pieza y ello, se debía fundamentalmente, porque el privilegio de dar muerte a los venados estaba reservado al señor o caballero y porque se dedicaban a correr a los venados pieza a pieza.

 Otra particularidad, como hemos podido ver anteriormente, es que donde situaban a los caballeros armados, también situaban a los perros alanos conceptuados como perros de acorralar o agarre y que entrarían en acción una vez que los perros de rastro habían dado con la pieza y la habían levantado con ayuda de los perros levantadores y corredores. La función de estos corredores era acosar y cansar a la pieza para cuando entraran en acción los perros de presa que la pudieran agarrar y detener en su huida con más facilidad.

En cada caso concreto solían actuar de una forma precisa, soltando tanto el número como el tipo de perros que creían más adecuado y en el momento que estimaban más conveniente.

             

Imagen antigua de rehalas desplazándose por el monte a pie.
Desplazándose las rehalas a pie por el monte

Más adelante, ya en tiempos de Felipe II, Gonzalo Argote de Molina nos sigue hablando de esta misma montería, pero con algunos matices que demuestran su evolución. Por ejemplo, a los monteros que estaban al servicio de la corona, ahora se les clasifica de otra forma:

                      - Sigue existiendo el oficio de Montero Mayor,

              - Existía también el oficio de Sotamontero del Rey, que era el lugarteniente del Montero Mayor,

                  - Existieron los Monteros de Traílla, cuatro de a caballo y ocho de a pie. Todos ellos debían tener en su casa un sabueso de traílla, que el rey les da, para concertar y emplazar al jabalí, venado, gamo u oso.

                  - Aparecen los Monteros de Lebrel, que eran 12 y cada uno, debía tener a su cargo dos lebreles, que el rey les daba, para que sirvieran en las paradas (agarres) y desde allí, correr a los venados y seguirlos hasta matarlos.

                  - Se incluyen los Monteros Ventores. Ventor se llama al sabueso de suelta en el rastro. Al tiempo que el sabueso de traílla descubre la caza por el rastro, sueltan después parte de los perros ventores, que siguen latiendo la caza. Y otra parte de los ventores, está puesta en las paradas para socorro de los primeros ventores, siguiendo la caza para que los primeros descansen y los que entraban de nuevo siguieran para dar con el venado en la red o en el agarre donde estaban también los lebreles.

                      - Surge el Alguacil de Montería,

 

Podencos blancos los más cotizados para los perreros.
Cantarero (hijo) y su rehala

 Con respecto a los toques de bocina que empleaban para comunicarse, en el s. XVI Argote de Molina, comenta que se habían reducido los iniciales y en esa época quedaban resumidos a nueve toques que eran:

              1. A junta, que era cuando hacía llamamiento el Sotamontero para algún concierto.

              2. A entrar, que era cuando se entraba en el monte.

              3. A vista, que era cuando habían visto venado.

              4. A macho o a hembra, que era para avisar si el venado era macho o hembra.

              5. A becería, que era cuando se levantaba la caza.

              6. A muerte, que era cuando se mataba al venado.

              7. A recoger, que era cuando se recogían los sabuesos que andaban sueltos. 

              8. A cebar, que era para darles de comer a los perros.

              9. A salir del monte,  que era cuando se recogía la gente.

 

 De todas estas modalidades se fue impregnado nuestra montería, evolucionado poco a poco a través de los siglos y adaptándose a las circunstancias y los recursos de cada momento.

Poco a poco surgirían nuevas estrategias, como hemos podido observar en las últimas fechas, en las que sobre todo, uno de los aspectos que más cambia es que cada vez que surge un método nuevo, éste tiende a hacer que las reses huyan a un punto concreto donde se sitúe de forma más o menos estable el montero que pretende darle caza. En definitiva, el gran cambio consiste en que el montero no tenga que correr detrás de los venados, sino que sean éstos los que se dirijan hacia el lugar que él ocupa.

 

Las formas evolucionan y aunque los nombres para referirse a ella son varios como cacerías mayores, clamorosa o montería, la actividad permanece con la misma esencia.

El tema de la montería va cobrando con el paso de los años mayor aceptación y en los siglos XV y XVI van surgiendo diversos manuscritos que nos cuentan como son las claves para realizar la cacería mayor.

 

Un descanso para recuperar fuerzas.
Un descanso en el camino

Es en el siglo XV, en donde se produce la modificación más importante en la forma de practicar la montería, debido a que, en ella, empiezan a utilizarse las armas de fuego, descubrimiento que inicia una serie de cambios sustanciales. Es el nacimiento del arcabuz, considerado progenitor de las actuales armas de fuego, el que a pesar de sus características de poca manejabilidad, es el que produce la metamorfosis más significativa.

Los primeros, eran demasiado pesados (de 12 a 16 Kg) y presentaban gran dificultad para la ignición inmediata y había que apuntar apoyándose es una especie de horquilla. Se les llamó de "serpentín", ya que precisaban mantener constantemente encendido un rollo de mecha, con la que, aproximándola a la chimenea cebadora, producían la ignición de la pólvora. Estos primeros fueron muy poco o casi nada empleados en la montería. De ahí, que en 1644 se publicase otro manuscrito sobre el tema titulado "Arte de ballestería y montería", porque la ballesta aunque llevaba ya más tiempo utilizándose, se veía todavía más útil.

Evolucionó el arcabuz y surgió con un nuevo sistema de ignición, que ahora ya, sin llegar a ser el idóneo, era más adecuado para la caza. Se trata del arcabuz de "rueda" que producía el disparo de una manera más rápida, pero seguía teniendo el inconveniente de su poca manejabilidad por el exceso de peso, que ya andaba por los doce kilos.

Se ensayaron otros sistemas con unos martillos sobre los que colocaban unas piedras de perdernal y en pocas fechas surgió el fusil de "chispa", que ya si fue bastante utilizado por que los logros técnicos que alcanzaba lo hacían más versátil y adecuado a las necesidades planteadas.

A partir de aquí, la evolución fue manifestándose con más evidencia, cada reducido espacio de tiempo.

Los tratados y publicaciones sobre las formas, recursos y técnicas iban siendo cada vez más complejas, pero siempre nutriéndose de su ya secular experiencia.

             

Los rodesianos son una raza de de perros de origen sudafricano.
Rehala de Crestados de Rodesia

En el siglo XVII se publica otro "Libro de la Montería", dedicado al rey D. Felipe IV, que nos habla de como había de procederse en el monte con el arcabuz y el sabueso para perseguir a las piezas de caza mayor.

El auge experimentado por la montería hasta ahora, la configuraba ya como un bien escaso y caro, que no podía estar al alcance de las clases más populares, imprimiéndole ello un matiz de cierto prestigio ante las clases sociales de menor poder adquisitivo, de los cuales era muy reducido el número, que podían tener acceso a su práctica.

Es en esta época, cuando los puestos donde se emplazaban los monteros con su arma empezaban a hacerse cada vez más estables, sin tener que desplazarse detrás de las piezas, sino que buscaban que éstas se aproximasen al cazador, que permanecería inmóvil y pretendería dispararles a su paso.

En el siglo XVIII surgen nuevas ilustraciones con respecto a esta actividad, debido a que se seguían organizando partidas de caza mayor. Surge "El Tesoro de la Montería o el arte de buscar, perseguir y matar la caza mayor" en el que se exponen reglas, consejos para el conocimiento y dominio de esta práctica.

 

El Duque de Almazán cuenta en su libro “Historia de la Montería en España” una curiosa anécdota que pone de manifiesto lo que puede ser un buen podenco.

En cierta ocasión el rey de Aragón escribió una carta a Hurtado de Mendoza, guarda mayor de Cuenca, pidiéndole “seis podencos buenos”

Y Mendoza le contestó:

         “Señor fablando con reverencia, vos mandastes como rey mas non como cazador: que seys podencos buenos es duda si en la mevtat de vuestro regno se fallan, cuanto más en mi casa sola …”

 

 

La tristeza y el cansancio de la recogida contrasta con la euforia y la alegría de la suelta.
Vamos de recogida

APORTACIÓN A UNA VALORACIÓN DE LAS REHALAS EN EL PERIODO DE 1834-2005

 Hoy, un día del año 2005, la rehala tipo, con una presencia del 80% de las existentes, está compuesta por podencos cruzados de mastín, podencos puros y mastines aligerados, matizadas estas diferencias por las especiales diferencias de las sierras que suelen batir.

Ayer, un año cualquiera del periodo 1834-1854, las rehalas que se formaron lo hicieron sin una experiencia escueta de los perros y que fueron los que habían asistido al posible acompañamiento del hombre en su actividad cinegética, de subsistencia, o en sus faenas de guardería, pastoreo y vaquería; siendo las razas y cruces las de podenco, regalgo de podenco, lobillo y perros comunes.     

 El general Serrano, duque de La Torre, que era un gran amante de los perros y de las rehalas, mandó traer a Arjona una pareja de podenco baleares, llamados Mahón y Mola, que fueron la base exacta de la raza que durante mucho tiempo se conservó en la zona, y de una extensión en las provincias de Jaén y Córdoba, plasmándose las características por la presencia exclusiva de podencos blancos y envelados, obedientes a la voz y a la caracola.

Por esta fecha, 1864, adquirieron fama las rehalas de los arjoneros D. Diego Manuel Alférez, compuesta por 16 podencos finos y D. Miguel Talero, de 18 podencos finos, datos que constan en la obra dejada por Pedro Morales, y en cuanto a las rehalas isturgitanas, citar la del marqués de la Merced y la de D. José Albarracín Pérez de Vargas, asistiendo las rehalas de ambos a las monterías que el general Prim daba en su finca de Toledo, buscando la confrontación guerrera con la de aquella provincia.

La última treintena del siglo XIX y la primera quincena del XX, se llenan perfectamente con la actividad de las rehalas de D. Diego Muñoz-Cobo Ayala cuya egregia personalidad montera le hizo ejercer de capitán de montería, siendo la suya una gran rehala y de prestigio y de actividad, introduciéndole cuantos perros pudo comprar de buena calidad, a lo largo de su dilatada vida montera. En sus tiempos, también sobresalió la rehala de D. Manuel el Ibreño, que era un señor que prefería ejercer de podenquero a ocupar una postura en la montería y que dejó buena fama de sus perros como la perra podenca Juaneca, según cita el escritor Moreno Roselló.

Hacia los años del 20 al 30, se incorporaron al mundo rehalero las poblaciones serranas menores que formaban las rehalas juntando dos perros de Juan, tres de Antonio, cinco de Pedro…y a los que conduce siempre el mismo podenquero.

La guerra del 36 interrumpió la actividad y llenó de abuso y anarquía las manchas de caza, de cuyos daños no se normalizarían hasta los años 50.

Hasta 1925 las monterías se daban en dos sesiones, monteando una por la mañana y otra por la tarde, siendo el total de horas de trabajo de los perros de unas seis horas. Desde entonces hasta la actualidad sólo se hace por la mañana hasta el principio de la tarde, siendo el trabajo de los perros de unas cuatro horas.

 

Bella imagen de un podenco blanco.
Podenco blanco

Un documento escrito por el militar D. Pedro Morales Prieto, titulado "Las Monterías en Sierra Morena a mediados del S. XIX" nos acerca a las formas y costumbres de las expediciones de caza, nombre con el que se les reconocía a la montería en esta época.

Meses antes, se organizaba la partida de caza, reuniendo y preparando todo lo necesario respecto a enseres y recursos humanos. Posteriormente, se desplazaban a la sierra todos juntos formando la expedición que permanecía en estos parajes, siempre en otoño, por periodos de 5 a 20 días. Se albergaban donde ocasionalmente podían y, a veces, se hacía preciso pernoctar en el monte, guareciéndose con rudimentarias construcciones, lo que era conocido como montear a "vuelcatiendas".

En ocasiones, en que la finca a montear estaba mejor dotada y disponían de casa donde alojarse, lo hacían todos juntos disfrutando animadas fiestas que llamaban "alboroques", pero no prolongándolas en exceso ya que debían levantarse de madrugada para continuar cazando al día siguiente.

Al tratarse de grupos de cierta estabilidad, procuraban compensar siempre al montero menos afortunado con puestos previsiblemente mejores; en otras ocasiones, la adjudicación de posturas lo hacían por riguroso sorteo.

Los gastos, los repartían a escote entre los monteros de pago llamados "escopetas blancas", en cambio, los monteros que ayudaban por un sueldo pero que también cazaban, se les llamaban "escopetas negras", "los monteadores" eran los ojeadores, que iban dotados de hondas y chuzos.

Para comenzar el monteo, (que era dirigido por un guía o "director de ojeadores y perreros", auxiliado por otro 2º director,) el primero disparaba un trabucazo, al que le contestaba con otro igual, el 2º director. Entonces a los perros, que los habían llevado hasta allí acollarados y a pie, les ponían las cencerrillas y los soltaban.

 En esta época, podían disparar sobre todas las edades y especies de reses montunas.

Valorando los elementos de la rehala, el Conde de Yebes, en su libro “Veinte años de caza mayor” dice:


         “Lo primero para lograr que una rehala sea buena 

es que tenga un podenquero de verdad, 

siendo esto tan difícil o más de lograr 

que una buena rehala.”

 

  También el conde de Yebes (Eduardo Figueroa y Alonso Martínez), hablando de la zona montera de Andújar, (Fuencaliente, la Solana, el Tamaral…) después de piropearla abundantemente y refiriéndose a las rehalas dice:

         “En ella se formaron los mejores monteros de España 

y los mejores perros. 

Hasta tal punto, 

que raro es su poblado que no tiene rehala propia. 

Rehala pintoresca, que carece de dueño, 

cuyos perros, propiedad de los vecinos del pueblo, 

andan sueltos todo el año. 

En víspera de montería, el podenquero tañe su caracola, 

y los perros, que conocen su obligación, 

acuden a la llamada; 

la rehala se forma y … en marcha”

 

El  duque de Arión refiriéndose a las cualidades del perro de rehala, señala como el mejor “busca” a los podencos, pero siempre que tenga unas cualidades determinadas (ser grandes, de pelo duro o sedeño; para mayor belleza, deberá ser envelado, muy duro de pies, descargado, que lengua que no sea muy fina y estar muy cebado en las reses)  y carezca de defectos como el de “conejear” que lo considera un defecto muy grave o la blandura de pies o el de abandonar enseguida el rastro de la res recién levantada.

Otro acontecimiento que marca un hito en la actividad venatoria es la aparición y posterior proliferación de vehículos de motor por las consabidas posibilidades que generó, tanto para el desplazamiento de los monteros como para el de las rehalas, que lo podían hacer en menor tiempo y sin ocasionar el consabido cansancio.

Hasta la aparición de los vehículos motorizados los monteros y demás participantes en la montería se trasladaban por las sierras de España a lomos de caballos y mulas. Pues bien, en la zona de Extremadura los perreros, en muchas ocasiones, no desmontaban para montear sino que seguían haciéndolo a caballo, cosa rara vez vista en las demás zonas monteras. 

Durante la segunda mitad del siglo XX surge la que se ha dado en llamar "montería comercial", en la que una organización más o menos profesionalizada pone a disposición del montero, a cambio de una cantidad de dinero, la posibilidad de comprar una acción que le permite participar en la montería. En este tipo de montería la rehala no montea a cambio de caza, sino que lo hace a cambio de dinero. Esto propicia un intrusismo en el sector que desvirtuará la labor selectiva de los auténticos rehaleros.

La situación actual alterna la montería comercial con la montería de invitación, en la que, tanto en unas como en otras, se tiende a la profesionalización de todo el personal a excepción del montero, en el que, su proceder está supeditado a la disponibilidad de su bolsillo y a su ética y experiencia personal.

Podencos y perros cruzados la base de la rehala tradicional.
Diferentes tipos de perros se han probado para la rehala.

 

              REHALAS TRADICIÓN Y "EVOLUCIÓN"

Los perros de las rehalas, en cuanto terminaban la temporada de caza, se dispersaban por los cortijos y caseríos de sus propietarios y allí pasaban el verano cuidando las eras, distrayendo sus ocios, persiguiendo a las liebres del contorno, ... En cambio, la esencia de la rehala formada por los perros maestros o punteros, el "quitaor", las perras y algunos selectos cachorros, solían quedar en la casa del dueño. El "quitaor" era un perro fuerte y dominante en la rehala que especialmente ejercía su función en las jornadas de caza menor, quitándole a sus compañeros de jauría las piezas abatidas de caza menor y trayéndoselas al cazador, pero específicamente en la rehala no tenía esa función. Se le separaba, porque era bueno en la caza, pero peleísta en la perrera. Los que veraneaban en los cortijos se alimentaban con su ración de pella de harina de cebada y los que lo hacían en el pueblo con una libra de pan de harina de trigo revuelto con harina de centeno.

Los podenqueros se dedicaban en este periodo de holganza a la faena de la labor o a los quehaceres domésticos de la casa de sus señores, pero no perdían de vista a sus perros, y cuidaban de irlos reponiendo con los cachorros que nacían en el año y con otros perros de reconocida bondad y facultades.

El perro que desde siempre había sido insustituible en la montería española, empezó a convertirse en un elemento mediatizador para propiciarle al montero modesto, no sólo la consabida ayuda que todo perro ofrece a su cazador, sino que, además, suponía la posibilidad de montear por invitación, que lógicamente se hacía en compensación por el trabajo especializado que a la misma podían aportar las selectas rehalas, tanto por los perros como por los perreros.

Más tarde, disponer de una buena y reconocida rehala, supuso para algunos monteros, que no poseían fincas de caza mayor, la única forma de poder practicar la montería, ya que éstas se hacían todas ellas por invitación y para ser convidado en varias ocasiones, la mejor forma era poseer una excelente y afamada rehala, a la que cuidaban con gran empeño y esfuerzos.

Habían surgido los auténticos profesionales rehaleros que, aun utilizando la rehala como un medio para conseguir otro fin, tenían la necesidad de elevarla a sus más altas cualidades de eficacia, procurando siempre el respeto y admiración por su trabajo. En definitiva, estos rehaleros consiguieron dignificar la función de la rehala, poniendo siempre a su mando como podenqueros a excelentes hombres de campo y reconocidos expertos de sierra.

En esta época, estos monteros rehaleros tenían la obligación y la necesidad de conseguir para su rehala el mayor prestigio, es por ello, por lo que se preocuparon de seleccionar los perros que formarían parte de su rehala, observando no sólo la eficacia, sino también la presencia, ya que las rehalas se elegían por su coraje, acometividad, olfato, empuje y resistencia, pero se cuidaba también la estampa. Buscaron capas claras, canelas y alunarados que poseían gran belleza. Eligieron básicamente al podenco, a los que complementaron con alanos, mastines puros y cruces de éstos con podencos, los famosos "amastinaos" o también "aligeraos".

En la zona de Sierra Morena, el perro predilecto para la rehala tradicional ha sido el podenco que desde siempre, cuanto más fino y mejor enrazado esté, mejores resultados produce. Originariamente eran sólo podencos puros los que constituían la rehala por estar dedicada ésta también a la caza de conejos y perdices, pero poco a poco, la rehala se fue construyendo para la función concreta que había de desempeñar en la montería y, para ello, se continuó básicamente con los podencos por su empuje, olfato, movilidad y voz. Se añadieron perros de fuerza para el agarre y mayor resistencia, como los mastines y los alanos de pura raza, que al mezclarse con los podencos dieron como resultado un perro más ligero, adecuado para trabajar en grupo y con las cualidades primordiales de ambas razas.

La marcha a pie era dura y difícil.
Un descanso en el camino hacia el portillo.

 Los rehaleros tenían la rehala como una ganadería selecta, cuidando las razas, los cruces y la calidad de los productos más adecuados para desempeñar su función en el monte.

Despertando, además, la admiración por la belleza y el poderío de un equipo de impecable presentación e indiscutible funcionalidad.

Se dieron cuenta que, si seguían cazando con ellos la caza menor, después "conejearían" y eso, junto con la falta de voz ha estado desde siempre considerado como un gran defecto en el perro de rehala, por ello, los dedicaban exclusivamente a la caza mayor.

Estos monteros rehaleros diseñaron la indumentaria de sus podenqueros, la belleza de la divisa de la rehala... y una cantidad de detalles, que hicieron de la rehala española una herramienta casi perfecta, tan preciosa como precisa.

Cuidaron con capricho y esmero la presentación de la vestimenta tradicional del podenquero, cuyo traje lo constituía: un terno de estezado, (que después se haría de pana con remates de cuero), delanteras, polainas o "leguis" y abarcas de cuero (al principio, que después se convirtieron en botas), sombrero de fieltro y un capote de monte para abrigo. Sus armas eran un retaco de un cañón de pistón y una hijuela; su equipo era un morral de cuero, un frasco de cuerno en donde llevar la pólvora para las salvas, y un caracol grande con el que llamar a sus perros.

Ser rehalero se convirtió en un orgullo, un prestigio, un honor, porque en él debían coincidir una serie de cualidades y conocimientos que harían de su rehala la más solicitada.  Circunstancias que, además, eran imprescindibles para lograr el éxito en cualquier jornada montera que se preciase de serlo.

 Al rehalero y al podenquero se les consultaba antes de organizar las monterías, pero fundamentalmente, era porque tenían acreditado que poseían complejos y profundos conocimientos sobre las reses, la sierra y la montería.

 Los podenqueros cuando no monteaban con la rehala actuaban como postores, secretarios o escopetas negras, es decir, siempre tenían un hueco para desempeñar su función en la montería, debido a su afición y eficacia.

A las rehalas se les premiaba por su estimadísima colaboración, se les daba en cada jornada su ración de pan o la harina suficiente para elaborar las famosas pellas para los canes.

Los podenqueros eran como agentes de la autoridad, prendían con sus mosquetones a los cazadores noveles en el protocolario acto del noviazgo montero.

El resultado fue que la rehala, por las coyunturales circunstancias que se dieron o por lo que fuera, alcanzó un alto grado de prestigio.

Muchos monteros, unos por necesidad y otros por auténtica vocación, se hicieron rehaleros, y empezaron a abundar las, hasta entonces, escasas rehalas. Esta proliferación ya dio lugar a difuminar parte de la autenticidad conseguida, quizás por el exceso de imitadores que no llegaron a alcanzar el nivel de la obra original.

Antes, los rehaleros y los perreros eran siempre monteros, a los que la tradicional ley montera les concedía, aunque escasos, ciertos privilegios:

          - El honor de que, junto con los propietarios de las fincas, eran las figuras claves de la montería.

          - Se les consultaba sobre fechas adecuadas, sobre las sueltas y la forma de montear cada portillo.

          - Eran invitados de lujo, y éstos procuraban acompañar la buena presencia de sus canes con una adecuada indumentaria del perrero (hoy muy cambiante)

          - Eran jueces de la sierra.

          - Sorteaban entre los primeros y, a veces, se les adjudicaban puestos elegidos.

          - Siempre tenían la comida reservada a su vuelta de la mancha.

          - Si una rehala cogía una pieza a diente, el trofeo era de los perros.

          - En las monterías, casi todas de invitación, se elegían las mejores rehalas por su olfato, su diente, su voz, su fuerza, su agilidad y su valor, cualidades que las convertían en eficaces.

          - En la junta de las monterías antiguas, por la mañana se repartía el taco para el perrero y panes para los perros, mientras los monteros comían las migas y por la tarde se le volvía a dar su ración de pan para los perros.

Perros en su remolque de transporte.
Diversos tipos de perros de rehala

El perrero tenía que desplazarse, de unas fincas a otras, caminando grandes distancias a lomos de su caballo y seguido por sus perros acollarados. (Frecuentemente con ramales o cuerdas, por si alguna collera se despistaba, para que pudieran roer la sogueta y librarse para no morir de hambre) Esto era duro, pero los mantenía en forma de verdad.

 Hoy nos beneficiamos de las ventajas de los transportes motorizados y aunque las rehalas se cansan y agotan, es por el mucho tiempo que han de estar encerradas en el camión, pero no es un cansancio que les proporcione la adecuada preparación física de una caminata, en compensación se les deberían dar a los perros largos paseos, como ya lo hacían antes en las fechas previas a la apertura de la veda, para fortalecerlos físicamente y no tenerlos entumecidos en las perreras.

Con la aparición de las monterías comerciales muchísimas cosas cambian, surge una nueva fórmula en la que, en muchos los casos, coincide el perrero y el rehalero en la misma persona y, a veces, ni tan siquiera es aficionado a la cacería. Esta persona es la que ofrece en alquiler los servicios de la rehala por una cantidad de dinero, alternándose este nuevo sistema con el tradicional.

Por otra parte, la gran demanda de rehalas que exige el mercado, dada la comercialización de la montería, constituye un terreno abonado para que, con gran profusión, vayan apareciendo una considerable cantidad de nuevas rehalas que nada tienen que ver con las tradicionales. Todo ello, da pie y ofrece una situación propicia para dejar la puerta abierta al intrusismo de personas que, en su legítimo derecho de hacer negocio, aprovechan la ocasión y hacen "evolucionar" al mundo de la rehala, tal vez sin pretenderlo, adulterando, no sólo la pureza de las tradicionales formas de actuar los rehaleros y perreros, sino también cambiando fórmulas totalmente válidas y archicomprobadas por otras de eficacia dudosa o rotundamente demostrada, ofreciendo una desvirtuada imagen y hasta destruyendo la esencia misma de la rehala.

Biblioteca Nacional de España

Por los raros avatares de esta "evolución" van aumentado los casos en los que la función de perrero la desempeñan personas que, en ocasiones no eran ni aficionados a la montería, por tanto, no entendían ni podían cumplir su ancestral papel, en el protocolo de la misma, no sólo en cuanto a las formas, sino tampoco en cuanto a los hechos.

En una palabra, había llegado abiertamente el intrusismo de la rehala comercial. Ese intrusismo, que desde un principio fue visto por los rehaleros tradicionales con cierta lisonja, algo ridículo y hasta un poco cómico, sin pensar nunca que podía llegar a ser su auténtica bestia negra, a manos de la cual iba a tener casi que sucumbir y principalmente por el único argumento del poderoso caballero que es don dinero.

Poco a poco el intruso fue desplazando al tradicional y al auténtico, que solitario entre multitudes fue relegándose y hasta cortésmente, como ya era su estilo. 

Hoy en día, aún siguen existiendo las rehalas tradicionales y las rehalas comerciales, pero cuando las unas y las otras existen es porque hay quien las utiliza o porque hay quien no las distingue y no le importa que le dan gato por liebre.

Con la implantación ya casi generalizada de las monterías comerciales, se hace norma el alquilar rehalas por una cantidad de dinero y no a cambio de un puesto, como venía siendo costumbre.

 A los monteros rehaleros, no les gustaba la fórmula y muchos de ellos fueron deshaciéndose de su rehala, que en unas ocasiones era vendida, en otras se la quedaba el perrero y en otros casos iba a parar a manos de aficionados no muy duchos en el tema. En definitiva, la situación dio lugar a que se fuese diluyendo el trabajo concienzudo y metódico que habían realizado muchos rehaleros hasta la fecha y esto, desembocó en un periodo donde las puras y auténticas tradiciones se vieron obligadas a coexistir con las modernas fórmulas comerciales.

Hubo muchos de los nuevos rehaleros que necesitaron rentabilizar gastos y para ello, mermaron en aquello que hasta entonces habían tenido de sobra, mermaron en la calidad, en la dedicación... porque tenían ahora que convertirlo en un negocio rentable, lo cual no permitió mantener la pulcritud necesaria con la que la rehala había alcanzado un alto grado de buen hacer montero.

Otra circunstancia paralela que se dio fue la gran cantidad de monterías que se programaban ya por todas partes y la amplia demanda de perros que existía en el mercado. Ello provocó que algunos, de los entonces nuevos rehaleros, llegado el momento del principio de la temporada, compusieran parte de sus rehalas como más pronto podían.  Añadían todo tipo de canes y propiciando la variopinta estampa de algunas de las nuevas rehalas que incluían galgos, regalgos, pointers, pequineses, pastores alemanes y un largo etcétera que, sin desmerecerlos por su raza, nunca fueron los más apropiados para este fin. Aunque honradas excepciones, siempre las ha habido.

Eso desde la parte que corresponde al rehalero y al perrero, pero no creamos que la única culpa radicaba en ellos, también correspondía la suya a los demás integrantes de la montería, principalmente a las organizaciones y a la gran cantidad de los nuevos monteros que siendo un tanto esnobistas, empiezan a tomar parte en monterías sin convicción de lo que hacen. 

Prueba de ello, pueden ser actitudes actuales que se dan por abandono o por desconocimiento, por ejemplo: ¿A cuántos de esos "nuevos monteros" se les ve ahora felicitar a un perrero después de realizar un buen trabajo?  ¿Cuándo se ve a uno de esos "nuevos monteros" que se preocupe simplemente por ver las rehalas que van a montear?, o ¿Cuántos de esos, rematan un agarre a tiros, sin importarles no ya otros tradicionales detalles, sino ni tan siquiera la integridad física de los perros?... y ¡ojo! que no todos los nuevos son así, pero desgraciadamente empiezan a abundar y convierten esta "evolución" en cotidiana.

  La mayoría de los organizadores actuales, rara vez hacen referencia a la identidad de las rehalas que han elegido para prestigiar su labor al montear.

Hoy si hay un puesto elegido, casi nunca es por méritos cinegéticos, sino que esas circunstancias han quedado para premiar la relación social, el mundo empresarial, o...

En varias monterías, se ha suprimido el taco y el tabaco que se le daba a los perreros, hasta se regatean en muchas ocasiones la tradicional propina, no quizás sin su parte de razón en algunos casos.

Mal llamada propina, que según proponía un viejo rehalero, debió llamarse "adehala", un nombre más consonante, ya que en este término no entra la voluntad del que la dona.

Hay guardas de fincas que "colaboran" desde el oscuro anonimato con su peculiar criterio de selección del perro de rehala que queda trasmontado después de una montería, regalándole unos gramos de plomo y pólvora para aliviarle la distracción, la verdad que el método es cómodo y contundente, pero no el tradicional ni el más respetuoso, ya que antes si un perro se trasmontaba, se le localizaba, se le sujetaba y se avisaba al dueño para que viniera a recogerlo, y no se le disparaba nunca.

A los perreros, guías y ayudas, la mayor parte de los días, no se les deja ni comida cuando vuelven por la tarde a la junta y un cúmulo de pequeños detalles que en estos tiempos de prisas se van olvidando por descuido o intencionadamente. Pues a eso, hay quien le llama "evolución".

          Y es que, como diría un romántico:     

"Cuanto más conozco a los hombres, 

más quiero a mi perro" 


Podenco, base fundamental de la rehala.
Podenco, puro nervio y afición

pero, aunque muchas de estas criticables formas se vayan adoptando como norma por un considerable sector, también existe una gran mayoría que no sólo, no las practican, sino que, además, las detestan y las censuran abiertamente.

Aunque las fórmulas actuales conduzcan a tener que alquilar las rehalas por una cantidad de dinero, la calidad siempre se debe cotizar por encima de la cantidad.

En las últimas décadas han surgido ciertas asociaciones de rehalas, unas que llegaron a cristalizar durante algunas temporadas, otras que se mantienen para constituirse en auténticos filtros y poder así desprenderse de la nefasta compaña que le prestaban los intrusos.

No en vano se sienten atropellados y herida su sensibilidad al ver desmoronarse una labor tan rancia como acendrada en ellos y buscan desesperadamente soluciones que frenen o al menos distingan, de forma clara, a estos intrusos que se han camuflado entre ellos, desvirtuando de manera evidente, no sólo su imagen, sino haciendo desaparecer los referentes para aquellos que se inician con la intención clara de ejercer una profesión tan prestigiada en tiempos anteriores.

Por ello, conviene que repasemos, aunque sucintamente algunos de los conceptos en los que se ha basado la esencia y autenticidad de esta profesión:

La rehala la constituyen un grupo de 20 a 40 perros y cada uno de ellos con una función específica en la montería: pistear, levantar, acosar, perseguir o agarrar.

         

                   El podenquero

El perrero es el monteador que dirige un grupo de perros en el monte, para levantar a las reses de sus encames y hacerlas huir.

Al verdadero podenquero, nunca le achican los espesos y tupidos montes, ni los "puñales" en los que se convierten las ramas secas, ni las punzantes espinas de los zarzales o la aspereza de las chaparreras impenetrables. Tampoco se arredra por tener que andar a gatas en los montaraces brezales, ni por empaparse con la manta de agua con la que nos obsequia el monte cuando llueve. Es capaz de atravesar las escurridizas lastras de piedra, subir y bajar sin reparar en la dureza de las pronunciadas pendientes, ... en definitiva, de introducirse en las entrañas mismas de nuestras sierras.

El perrero ha de estar siempre presto para informarse y cumplir con la función concreta que se le encomienda en cada montería.

Procurará estar disponible siempre en el lugar y a la hora exacta de la suelta, para no demorar el trabajo de los demás. No deberá utilizar la caracola nada más que cuando sea estrictamente necesario, sin abusar de las llamadas a los perros, ni llevarlos pegados a las piernas. Voceará enérgicamente animando a sus perros sin perder la mano que se le haya asignado. Deberá pararse cuando se arranca una ladra, cantar la res que hayan levantado y esperar la vuelta de los perros y si se produce el agarre, saldrá en defensa de su rehala con decisión y valentía cuando tenga que rematar a cuchillo.

Nunca se aliviará caminando en exceso por los carriles o desmontados e intentará rematar el monteo en el lugar acordado.

Procurará siempre llevar el número adecuado de perros, sin abusar de cachorros y evitando las perras en celo.

La mayor satisfacción del perrero es ver como sus perros sacan las reses del monte, es decir, cumplen con su función primordial en la montería, que no es exclusivamente la de agarrar reses, como algunos piensan.

 El rehalero es el propietario y el autor de la rehala, ya que una rehala, es el producto de un trabajo cinófilo continuo de selección, crianza, cruces, alimentación, adiestramiento y, sobre todo,  de observación en las muchas jornadas de práctica en el monte.

Unas veces, el rehalero entra con la rehala al monte y, otras, esto sólo lo hace el perrero, yendo mientras tanto el rehalero a ocupar un puesto en la montería, pero siempre interesándose por el trabajo de su rehala.

Tanto el rehalero como el perrero auténtico se caracterizan por su afición a la montería, por su capacidad de entrega y sacrificio, y por el común afán de superación buscando las mejores cualidades en el perro de rehala.

 

 

Perros cruzados en la rehala.
Perros cruzados o mil-leches.

          Cualidades del perro de rehala:

El olfato, la voz, el coraje, el empuje, la movilidad y la resistencia son cualidades básicas del perro de rehala.

Olfato o "viento" para que puedan dar en el monte con las piezas de caza.

Voz o "dicha" con la que anuncien el descubrimiento de las reses, y así, acudan sus congéneres, haciéndolas huir entre todos con mayor eficacia.

Coraje o "valentía", para poder enfrentarse a animales de mayor talla física que ellos.

Empuje que les permite acosar con determinación y prontitud a las reses.

Movilidad, por la necesaria facilidad para desenvolverse en la espesura del monte.

Resistencia, para aguantar las exigencias y dureza del medio.

 

          Tipos de perros de rehala:

Los tipos de perros que pueden formar parte de una rehala varían de unas zonas monteras de España a otras, ya que las características del terreno, aunque similares entre las diversas zonas, están bien diferenciadas.

Cuando el monte es apretado y el relieve abrupto, convendrá utilizar perros fuertes pero ligeros, y ello se consigue utilizando perros "aligerados" con podenco.

Lo ideal sería que cada rehalero dispusiera en sus perreras de un grupo amplio de perros que le permitiese la formación de diferentes tipos de rehalas, según el tipo de montería a la que asista en cada momento, pero eso está más cerca de la utopía que de la realidad.

 

          Entre los factores que influyen para escoger un tipo de rehala u otro están:

          - El tipo de terreno de la zona, si es llano, muy abrupto, enmontado o, más o menos raso.

          - El tipo de piezas que principalmente se pretenden abatir. Lo más frecuente es el ciervo, pero en ocasiones, la densidad de jabalí es considerable y es preciso tener en cuenta también este factor.

          - Algunos rehaleros han optado por el cruce de las dos razas esenciales (podenco y mastín), añadiéndole una pizca de otra sangre más (grifona), dando perros fabulosos para la rehala, tal es el caso de las rehalas del tipo de Valdueza, prototipo de las rehalas castellano-manchegas.

          - Otros han preferido componer su rehala con un número de podencos puros, otro de mastines, también puros, y el resto de "amastinaos" o cruces de los anteriores.

          - Hay quien ha preferido la rehala "mil leches" o perros de diversos cruces de sangres.

          - Otros la compusieron con un número determinado de perros básicos (podencos), a los que añadieron otra cantidad de perros complementarios, como semisabuesos, bracoides, semipresas o garabitos.

          - Muchos, han buscado y añadido a su rehala, sangre del originario alano español, hoy ya recuperado o mejor dicho restaurado, e incluso de otros perros de presa.

Los podencos son portadores de cualidades como la velocidad y la agilidad, además del olfato.

Los mastines representan la fuerza y la firmeza, aunque sean algo más lentos, pero más resistentes.

Con el cruce de ambas razas, se busca en un mismo ejemplar la conjunción de las cualidades anteriores.

Existen rehaleros que después de conseguir un tipo de perro, han normalizado su rehala con la totalidad de perros de esa variedad, son las llamadas rehalas tipo.

 Entre estas posibilidades, se puede decir que están incluidas todas las variedades de rehalas tipo que existen, cambiando en ellas la proporción en la cantidad o en los cruces.

  Pero no se debe olvidar que, aunque éstas sean cualidades genéricas de cada raza, es el trabajo de observación y selección diaria del perrero (conocedor de la ciencia cinófila), quién dirá las cualidades que posee o carece cada ejemplar.

 

Podencos, cruzaos y atravesados conforma la mayor parte de la rehala.
Perros de rehalas: podencos y mestizos

          Composición de nuestras rehalas:

Después de muchos ensayos y, aunque la composición de una rehala sea variable, la rehala andaluza adoptó, no de forma única, pero sí de manera orientativa, la siguiente composición:

     - como mínimo 20 perros, entre los que había:

     - 10 podencos puros,

     - de 2 a 4 mastines puros,

     - y de 6 a 8 "atravesaos" o cruzados.

     - nunca menores de 15 meses

     - y con capa a ser posible de colores claros.

Desde hace tiempo, los rehaleros huyeron de los galgos, regalgos, perros de muestra, pastores, chuchos, gozques y otros perros de caza.

Aunque lo que sí añadieron más tarde varias rehalas, fue algún ejemplar de dogo argentino, por su fuerza, fiereza y agresividad, (algo discutido por su carencia de voz)

Pero todo ello, sin olvidar que en la rehala se primó el olfato, la voz, el coraje, el empuje, la movilidad y la resistencia, sobre el agarre y en último lugar la belleza de la estampa, alcanzando así la eficacia para sacar reses del monte que es su verdadera función.

En todas las rehalas existen siempre algunos perros que destacan por su olfato, por su vista y en definitiva por su facilidad en dar con el encame o escondite de las reses, a estos perros se los conoce con el nombre de perros punteros.

Tanto el olfato, como la dicha o la ladra son, en ellos, cualidades destacadas.

Suelen ser perros ligeros, de gran movilidad y con mucha resistencia.

Habitualmente son los que trabajan de una forma más autónoma y a mayor distancia del podenquero.

Si un perro llega al encame de una res y la descubre, inmediatamente empezará a latir de parada, es la llamada que busca el refuerzo de sus compañeros.

Si estos agarran a la res, es el momento de entrar a rematar a cuchillo para evitar que la res pueda dañar o incluso diezmar la rehala, si se trata de un buen cochino.

El agarre no debe ser el objetivo prioritario de una rehala en la montería, sino el levantar y acosar a las reses para hacerlas huir.

En cuanto al perro, se dice que éste es el auxiliar del cazador, pero viendo cómo trabajan algunos perros, es más fácil pensarlo al revés.

Rehaleros y perreros de admirable ciencia, verdadera vocación e intachable profesionalidad, desde siempre han existido y existirán, ellos serán los centinelas de su autenticidad y tendrán entre los amantes de las tradiciones auténticas a sus más incondicionales admiradores.

  ¡Hale machooo!

 

¡Caza disfrutando, disfruta cazando!

 

Manuel Moreno

                                                                                        Andújar y octubre de 2005

Octubre - 24

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