
Morralero acompañando a un cazador veterano

EL MÉRITO DE SER MORRALERO
Aprendiz de cazador,
morralero en el argot cinegético.
Morralero se le llama a aquel mozalbete que, cautivado por la caza, pero sin tener aún edad para usar armas, acompaña a cazadores expertos, llevando tan sólo una gran carga de ilusión y su morral a la espalda.
En esta fase, el morralero era un meritorio, que tenía que pagar un duro tributo por su formación cinegética y aunque en la tarea estaba no sólo de oyente, únicamente participaba realizando trabajos menores.
A veces, ayudaba en los zapeos, apiolaba los conejos, las liebres o las perdices y a lo que podía aspirar era, a encarar las piezas con su garrote.
A lo sumo, cuando su aprovechamiento empezaba a hacerse manifiesto y, sólo en ocasiones muy especiales, se le premiaba permitiéndole disparar sobre un conejo o alguna sencilla pieza de menor.
Así, día tras día, iban transcurriendo las primeras sesiones del más duro y efectivo aprendizaje del futuro cazador, el ser morralero.
Pasados los primeros años y, cuando los progresos y la edad eran suficientes, ya comenzaba a cazar. Al principio, se iniciaba en la caza menor con una escopeta de pequeño calibre, a menudo eran las del 28 o las del 20. Más tarde, después de haber demostrado rigurosamente una larga serie de suficiencias, llegarían los primeros e inolvidables lances de la caza mayor.
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| Mosaico de caza Biblioteca Nacional de España |
Aún hoy, muchos monteros veteranos gozan recordando aquellas charlas, que más que una charla de teoría, eran el más auténtico tratado de cacería. Tuve la suerte de escuchar varias de aquel menudo hombre, de ojos pequeños, de mirada siempre imperativa, templado por las dificultades, colmado de experiencias, pletórico de sabiduría, enjuto de carnes, de tez curtida por la mucha vida en la sierra y de rostro arrugado, pero por cuyas arrugas fluían ríos de experiencia venatoria. Era mi abuelo, José Quilino, hombre de carácter fuerte, de palabra consecuente, amante de la caza en su más noble y recto proceder; excelente montero que hace años se nos fue de cacería al cielo.
Lo más frecuente era ser morralero con un familiar próximo o con un amigo de confianza al que se le reconociera como buen cazador y de valores auténticos, ya que de esa tarea dependía gran parte de la formación venatoria, ética y humana del principiante.
Una enorme cantidad de conocimientos, técnicas, recursos y conductas, que eran tratados de forma puramente didáctica, a la vez que recreativa, por lo que el aprendizaje resultaba muy gratificante.
En este periodo se solía vivir con toda intensidad y de forma práctica, la noche de antes, colmada de cábalas, preñada de ilusión, preparando los apechusques, desbordando la imaginación, recorriendo con la mente cada mata, cada "cañá", cada silleta, cada majano de los que se habrían de patear al día siguiente.
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| La ilusión de ser Morralero |
En esos días de meritorio morralero se aprendía a buscar el socaire del barranquete, la grandeza de la solana y el rigor de la umbría; a escatimar las huellas, a huir del solano, a buscar las querencias, a encontrar los encames, a descubrir los pasos, a imaginar las huidas... a hablar el lenguaje de la sierra.
También se podía comprender fácilmente la importancia de observar las reglas y normas de seguridad para no sufrir ni provocar accidentes. A preparar y disfrutar el lance con toda serenidad y a vivirlo tan intensamente que sus emociones y sensaciones se grabasen para siempre en la memoria.
Se aprendía a no dejar nunca una res herida sin rastrearla hasta el día siguiente si hacía falta; buscando y siguiendo con tesón el rastro, empapándose de aromas y colores.
También se comprendía lo importante que es, no sólo, disfrutar escuetamente del lance, sino saborear y esforzarse por hacer todas las tareas de la caza, sacando las piezas cazadas del monte; cargándolas sobre el aparejo de la bestia; realizando el desuello de las piezas y hasta a emplear las más ingeniosas maneras de aviar la caza.
Tareas que hoy en día se menosprecian por algunos, sin saber que en ellas sigue comprobando el cazador conceptos elementales, como el comportamiento de su munición, o la trayectoria del tiro, o la diferente morfología de las piezas de caza. Prácticas y técnicas muchas de ellas que contribuyen a atemperar los impetuosos deseos del cazador y que le impregnan por su vivencia, cierta moderación y prudencia en su actuar.
¿Cómo no? también se enseñaba la importancia de ser respetuoso con la naturaleza y con las personas y, por supuesto, a saborear la tertulia e incluso hasta a echar con gracia e ingenio la imprescindible mentira, la cual hace elegantemente retractarse al osado escopetero que, tan sólo, lleva unos días siendo cazador de toda la vida.
El morralero podía experimentar y aprender como mimetizarse tras una jara, a moverse con el sigilo de un gato, a emplear la astucia de un zorro, a aguantar con la entereza de un "matrero", a tener vista de águila, a usar la vigorosa gallardía del ciervo perseguido por una collera de ágiles podencos, a sacar el coraje del navajero acosado por aguerridos mastines, a tener los reflejos de un lince veloz y la altanería y majestuosidad de las rapaces que desde arriba todo lo ven con serenidad.
Bella estampa, la que se le sabía dibujar a los ojos del morralero y que, aún hoy, tanto trabajo nos cuesta a la mayoría plasmar, ya que, apenas en retazos, tan sólo algunos la consiguen esbozar.
¡Caza disfrutando, disfruta cazando!
Manuel Moreno
Abril - 23

