FURTIVOS DE SIERRA MORENA
Al tratar el
tema del furtivismo lo que más me preocupa es el enfoque que debo dar al tema
para que no resulte ser una apología del mismo,
ya que es lo más lejano a mis
pretensiones por dos motivos:
Primero, porque ante la situación actual debemos
adoptar medidas y normas que aseguren la continuidad de la caza para las
generaciones venideras.
Y segundo, porque soy un amante de la caza,
respetuoso con el medio ambiente y con la colectividad en general.
Furtivo es un
término que desacredita a aquél que lo ostenta, aunque también es cierto que
cazadores hay menos de los que así se denominan y furtivos más de lo que
parece. Pero para centrarnos en el tema, distinguiremos entre el cazador que
comete eventualmente un acto aislado de furtivismo y aquél que caza por
sistema de forma furtiva.
Descripción
del furtivo
Suele ser una
persona hábil, indómita, rebelde, astuta, desconfiada, sagaz, ruda y sobre todo
un gran experto del monte, en particular, de la zona donde actúa con mayor
frecuencia. Es un conocedor de los viajes de las reses, tiene la capacidad de
aguantar las inclemencias del tiempo y soportar las duras condiciones del
terreno, haciendo así lo que hacen los demás, pero con más riesgo.
Ante todo, es
irrespetuoso con las leyes de la colectividad y hasta llega a ser un
transgresor de las normas de la propia naturaleza.
Es innegable
que la personalidad de estos hombres provoca en algunos, cierta secreta
admiración, aunque en voz alta sea detestado por la mayor parte de la sociedad.
El furtivo,
valiéndose de innumerables tretas y ardides, caza de forma clandestina.
Para la
mayoría es considerado como un elemento más de la tradicionalmente llamada
contracaza, ya que, en vez de aumentar las potencialidades cinegéticas de un
coto, lo que hace es disminuirlas.
Para el viejo
furtivo la noche siempre fue la fiel aliada, incluso puede pernoctar algunos
días, abrigado por la espesura del monte, cobijándose bajo el negro manto de la
oscuridad, que encubrirá gran parte de sus fechorías.
Este predador
humano estudia los movimientos no sólo de los animales objeto de su caza, sino
de los guardas y demás miembros de la guardería a los que ha de saber burlar y
controlar.
Sin dejar de
reconocer que en la mente de cualquier cazador pueden existir los conocimientos
de un furtivo, les diferencia que la nobleza del auténtico cazador le hace a éste
reprimir sus deseos y respetar las normas en pro de la caza, en cambio, el
otro, las transgrede, sin pensar en las consecuencias futuras, sino en
satisfacer sus propios intereses.
Los bajos precios
de la carne y las fuertes sanciones -o la posibilidad de verse procesado-,
contuvieron en su momento los deseos de los más prudentes. Sin embargo, para
otros, eso no ha sido suficiente para que depongan su actitud.
Otra
circunstancia que, en la actualidad mantiene viva la realidad y existencia del
furtivismo es el elevado precio de los buenos trofeos de caza.
La eterna
paradoja para el furtivo es el estar continuamente dentro y fuera de la ley.
La creencia y
el sentimiento de invulnerabilidad que tiene el que ha actuado en varias
ocasiones en el monte sin ser cogido, es un aliciente que este mismo personaje
interpreta como una superioridad manifiesta por su parte ante el resto de la
sociedad, máxime cuando se mueve en un medio natural en el que se cree capaz de
defenderse como nadie. Esto le supone un reto personal y una posibilidad de
sobresalir ante los demás, conductas muy arraigadas en su comportamiento.
Ese riesgo,
esa forma de cazar a hurtadillas, con la inseguridad de que alguien pueda
detenerlo,
ese gusto por lo prohibido concuerda con su
carácter tosco y para la
mayoría supone un aliciente añadido a las dificultades que pueda presentarle el
lance de la caza. En definitiva, para él, es
su gesta épica y venatoria, que en
el secreto público de su tertulia puede darle cierto “prestigio y notoriedad.”
Le agrada que
su “hazaña” sea adulada en secreto, pero con el reconocimiento público, ya que
esto le supone un ensalzamiento de sus cualidades y una forma de sentirse
superior a los demás. También esto favorece el concepto de su autoestima
personal.
Antiguamente
existía la figura del cazador furtivo -al que aún hoy hay muchos que se aferran
para justificar su actitud-, que por haber vivido siempre en el monte, no había
podido tener otra profesión y en determinadas temporadas se veía obligado a
cazar furtivamente para llenar su estómago y el de los suyos. Pero hoy esto es
más bien una excusa y la gran mayoría de los furtivos que existen los podríamos
calificar de viciosos y amigos de lo ajeno. En su día a día, a menudo utilizan
la mentira que aflora con lógica facilidad. Estas personas tienen una habilidad
especial para disfrazar la realidad y en su código moral no suelen tener
conciencia de delincuente, ya que, para ellos, aunque esta actividad esté
perseguida y penada, en absoluto les resulta delictiva.
El
guarda y los furtivos
Aunque en
esencia la labor del guarda sigue siendo la misma de antaño, los métodos y
sobre todo los recursos se han adaptado a la situación actual.
Las
telecomunicaciones, los prismáticos, las acciones coordinadas de varios guardas
de cotos de una zona y sobre todo la actuación sincronizada con los miembros de
la benemérita, juegan un papel fundamental y decisivo en la lucha actual contra
todo tipo de furtivismo.
El uso de
todos estos instrumentos ha dado lugar a la creación de un código especial para
comunicarse los guardas entre sí, sin que puedan ser interceptados sus mensajes
por los furtivos que en algunas ocasiones también hacen usos de estos aparatos.
Paralelamente los furtivos con su reducido entorno inmediato han desarrollado
también su propio código de comunicación.
El guarda
memoriza perfectamente la forma del terreno y, aunque sea de noche, es capaz de
localizar por donde va o viene tal vehículo, diferenciándolos por el ruido, la
velocidad o un sinfín de insignificantes matices, que sólo con la continua
observación diaria ha sido capaz de aprender.
Los perros de
los guardas, a menudo, son capaces de transmitir a sus respectivos dueños tal
cantidad de mensajes en este aspecto, que sólo ellos saben descifrar.
La dotación de
vehículos todoterreno agiliza enormemente los movimientos de los agentes de la
guardería y permiten cubrir mayores zonas en menos tiempo. Pero es, sobre todo,
la lectura de las huellas, así como el comportamiento de los animales y otros
signos, lo que hace que el guarda sea capaz de localizar el punto exacto en
donde puede encontrarse el intruso en un momento dado. El furtivo es consciente
de esto y a veces, hace rastros falsos para despistarle y desplazarlo de esta
forma a otras zonas de la finca.
Mil y una
argucias intimidatorias y las más insospechadas tretas son intercambiadas en un
diálogo sordo entre el guarda y los furtivos.
Los papeles
están bien claros desde el principio, el guarda intentará disuadirlos con todos
los medios a su alcance, mientras que, para los furtivos, el quitarle al guarda
cualquier pieza de caza que ellos persigan, se convierte en un reto.
Dependiendo
del medio de transporte utilizado por los furtivos, en cada caso tendrán unas
entradas y salidas a la finca, más o menos predeterminadas. Cuando van a pie,
suelen tener un lugar de entrada y otro diferente para la salida, ya que, a la
entrada, lo que pretenden es sorprender al ganado en sus querencias habituales,
pero a la salida, y si van cargados, necesitan aprovechar los accidentes del
terreno de la forma más favorable posible. Aunque una vez que se han percatado
de sus posibilidades, al repetir suelen tener itinerarios muy concretos, que
los guardas conocen a la perfección y es donde fijan los apostaderos para
cogerlos “in fraganti” al retorno.
Cuando
utilizan una técnica mixta, es decir, disponen de un vehículo nodriza que los
va repartiendo por el campo, tienen fijado “a priori” un punto de encuentro
para el regreso. Si es de día suele ser un punto elevado del terreno, desde donde
el que espera pueda controlar posibles movimientos en contra suya. Si es de
noche suelen escoger una vaguada, en la que las luces del vehículo que los
recogerá se pierden desde lejos y apenas se aprecie la rápida maniobra.
De
furtivo a guarda
El cazador ahora
es cazado. Una medida que se emplea con bastante frecuencia es colocar al
furtivo de guarda. Esta es una práctica que, en la mayoría de las ocasiones, ha
cosechado buenos resultados, consiguiendo al mismo tiempo dos mejoras:
-
La
inserción social de algunas de estas personas que, al encontrar su empleo como
guardas, han dejado de ser furtivos.
-
Que desaparezca un problema para la caza y la
producción de esa finca.
El binomio
guarda/furtivo es una realidad paradójica en la que persiguiendo distintos
fines se llega a hablar un lenguaje común, el del monte.
Tipos
de furtivismo
En el panorama
cinegético actual hay diferentes formas de furtivismo, desde el que va a
furtivear porque su bajo poder económico no le permite otra forma de practicar
su afición de cazador, hasta el que comercia con la carne o como el que sólo va
en busca del trofeo para él o para venderlo.
Existen
personas que de forma esporádica actúan como furtivos, para así complementar su
sueldo. Es otra forma de furtivismo.
Hay otros, que
han caído ya de tal manera en el vicio, que no quieren hacer otra cosa,
adoptando como suyo este modelo de vida marginal.
Por ser el
campo de acción del furtivo tan amplio podríamos establecer diversas
clasificaciones, según el aspecto a que atendiésemos para realizarlas; bien por
el lugar de sus actuaciones, o sobre las especies en las que incide o respecto
a los medios empleados o por el método utilizado en cada caso… Intentaremos
establecer una clasificación de tipo general que englobe al mayor número
posible de factores.
Furtivo
carnicero: Será el que sólo tiene
como objetivo conseguir la carne de los animales que captura. El más antiguo de
este tipo es el conocido como el “morralero”, al que sólo le preocupa
encontrar su saco de carne. No suele ser muy selectivo en las piezas objeto de
su caza y acostumbra a hacer grandes distancias a pie utilizando veredas y
caminos por medio del monte, donde en ocasiones pernocta. A menudo utiliza un
arma clandestina que casi siempre tiene escondida en el monte, para así ahorrar
el peso en el transporte, evitar sospechas o que puedan retirársela.
Alterna el uso
de armas de fuego con las trampas, ya sean lazos o cepos y escoge casi siempre
el anochecer para hacer sus fechorías, ya que así dispondrá de toda la noche
para trasladarse con menor riesgo de ser visto desde lejos. No le gustan los
días de niebla porque pueden depararle alguna inesperada sorpresa.
Habitualmente
actúa en solitario y hatea sus piezas utilizando una técnica muy concreta
dentro de la espesura de algún matorral, deshuesándolas y aprovechando sólo la
carne pulpa.
Al igual que
el resto de los furtivos, en su código moral no suele tener conciencia de
delincuente.
Aprovechando
el trajín y el bullicio de una montería suelen actuar un tipo de furtivos que
antaño eran llamados lo “retranquistas”. Eran muy frecuentes cuando las
fincas eran abiertas y esperaban en la linde.
Hoy en día han
optado por avanzar en el terreno e introducirse en la macha. Práctica muy
peligrosa.
Por lo general
tienen dos formas muy concretas de actuación:
-
Una, incluyéndose por libre como un cazador más,
ocupando la postura que les viene en gana, situándose alrededor de las armadas.
-
Otra, es esconderse en un lugar previamente
estudiado del monte, desde donde puedan observar algunas posturas para después
escoger la pieza que más le conviene de las que han abatido los monteros. Y es
en el momento mismo en el que los monteros abandonan el puesto y llegan las
caballerías, cuando ellos actúan.
Este tipo de furtivos hicieron
verdad el paradójico refrán de que: “Algunos venados muertos corren más que
los vivos”.
Los
furtivos de medallas: También se
les denomina furtivos de trofeos, ya que lo que persiguen no es la carne, sino
el valor del trofeo. Variedad de furtivo que se ha puesto hoy en día muy en
boga, porque el valor de un buen trofeo en el mercado puede alcanzar precios
muy superiores a lo que les rentaría la carne del animal.
Es
el más moderno de todas las variedades de furtivos, suele actuar con un
sofisticado y caro equipo logístico. Y dadas las prestaciones de su equipo,
actúa con gran rapidez, recogiendo sólo el trofeo y dejando en el monte el
cuerpo entero del animal. Actúa desde las carreteras o carriles que circundan o
atraviesan un gran coto, con rifles de gran precisión y generalmente dotados de
silenciador, si lo hace de noche suelen llevar equipos de visión nocturna o
incluso un potente faro, de ahí que se les conozca también como “fareros”.
Es el furtivo
de mayor poder adquisitivo y a menudo el de menos técnica. Se le podría
denominar también furtivo del asfalto, tanto por el origen de su procedencia
como por el ámbito de actuación.
El calibre 22
con silenciador ha sido desde siempre un arma habitual para él y que maneja con
bastante eficacia, ya sea desde el mismo vehículo o a pie, aunque a veces,
también utilice lazos y trampas. Lo más frecuente es que use las armas de
fuego, sin olvidar a los modernos arcos y ballestas.
Dentro del
grupo suele haber un estratega, que frecuentemente es el que dirige al grupo, y
casi siempre, éste es el que va al campo, mientras que los demás cumplen las
funciones de apoyo para él.
En ocasiones,
uno de los miembros del pequeño grupo – el conductor-, va sembrando el cazadero
de otros compañeros que después serán recogidos por él mismo en el lugar y a la
hora convenida, después de tomar todas las medidas de precaución.
Otras veces,
hacen grandes trayectos a pie en busca de un gran trofeo, al que una vez
conseguido, suelen cortar la cabeza y esconder atado con un alambre al troco de
un árbol en un matorral espeso, para recogerlo después otro día cuando ya esté
descarnado. Así, no tendrán que responsabilizarse de la muerte del animal si
son cogidos llevando el trofeo, ya que en ese momento no portarán armas de
fuego y podrán alegar que lo encontraron tirado en el campo en estado de
descomposición. Cuando va acompañado suelen utilizar señales y sonidos
previamente acordados para comunicarse.
Uno
de los sonidos más antiguos y utilizados para comunicarse entre ellos, fue el
canto del cuco, de ahí que a esos habitantes de una zona de Sierra Morena se
les llamó “cucones”. Y es que imitaban con tal precisión el canto del
cuco, que hasta los mismos montaraces animales no se espantaban por no observar
nada de extraño en este ruido.
Otra
variedad de este tipo de furtivo es el “cochinero” que, subyugado por
las excelencias del jabalí, va en su busca donde quiera que el navajero se
encuentre.
Un
argumento que esgrimen en apasionada defensa es que el jabalí nunca pertenece a
ninguna finca en concreto, sino que es de la sierra, ya que este indómito
animal no se siente nunca apresado por las alambradas.
De entre los
distintos tipos de furtivos es el más noctámbulo y acostumbra a utilizar,
además de las armas de fuego, una amplia gama de trampas como peligrosos cepos
y lazos, y hasta videocámaras o transmisores electrónicos.
Furtivos
fareros o “gamusineros”: Estas es una modalidad muy antigua, la
dedicada a cazar perdices como a otras pequeñas aves mientras éstas pernoctan
en sus dormitorios naturales.
En las
primeras lluvias intensas del otoño, las perdices huyen de las zonas laboreadas
de la campiña, porque se le pegan unas bolas de barro en las patas y esto les
hace más vulnerables a sus depredadores. Algunos furtivos aprovechan esta
coyuntura, para capturar pájaros de perdiz, que posteriormente venderán en la
mayor parte de los casos como reclamos. Suelen ayudarse de una luz y una red
para capturar vivos los pájaros mientras estos duermen.
También se les
denomina “fareros” a los que, ayudados por un potente faro halógeno,
desde un vehículo en marcha disparan por la noche sobre todo tipo de especies
que se les pueden cruzar en el camino. Estos últimos son de épocas más
recientes.
Otra forma
singular de furtivismo con los “carrileros o lebreros”, que recorren por
las noches los carriles de la campiña con un vehículo y atropellan o disparan
sobre las liebres que escogen los carriles para trasladarse.
La liebre al
ser encandilada por las luces corre en línea recta delante de cualquier coche
que le siga y si, además, se le hacen continuos cambios con las luces,
difícilmente dejará el carril, facilitando esto el que pueda ser atropellada o
golpeada con una chapa que cuelgan al coche por la parte trasera.
En algunas
zonas de Andalucía actúan con unas motos todoterreno, a la cuál suben a un
podenquillo en su parte delantera y posteriormente bastará un simple frenazo
para propulsar al perro sobre la liebre o el conejo perseguido.
Furtivos
huroneros o mineros: Este tipo de furtivos toma su nombre del hurón, al que
introducen dentro de las madrigueras para sacar a los conejos, después de haber
zapeado la zona para encerrarlos y taponado con cogollos de monte las bocas de
las mismas. Durante el día preparan el terreno y por la noche, -preferiblemente
las de luna llena- actúan con toda tranquilidad.
Lo más
frecuente es que además del hurón utilicen unas redes que ponen en las bocas de
las madrigueras, aunque a veces, cuando es de día, las sustituyen por armas de
fuego.
Le dan en su
jerga el nombre de “minero”, para así despistar en las conversaciones
que puedan mantener en público.
Tramperos:
Es una modalidad de furtivismo que actúa tanto en la caza menor como en la
mayor, haciendo uso de un amplio y curioso repertorio de utensilios (perchas,
lazos, cepos, losas, redes, reclamos…) para desarrollar su misión. Los más
frecuentes en esta modalidad eran los que se dedicaban a poner grandes
cantidades de “costillas” (cepos para pajarillos), en una amplia zona de
terreno que revisaban cada uno o dos días para recoger sus capturas.
Las
“costillas” solían tener como cebo una aceituna de acebuche, aludas, orovivos,
bolitas de arrayán, migas de pan…
Los tramperos
también actúan sobre las especies piscícolas con diferentes procedimientos,
pero el más curioso era el de embarbascar las aguas de una charca, con paja de
garbanzos o con una infusión de torvisco y ruda (plantas tóxicas). A veces,
también lo conseguían explotando dentro del agua un pequeño cartucho de
dinamita.
Furtivos de
especies protegidas: Tanto de aves como de mamíferos. La mayor parte de sus
capturas se producen en época de cría en la que los pollos están todavía
pequeños (especialmente los de aves de cetrería). Otras, su botín lo
constituyen los huevos de estas especies, de ahí que en argot se les denomine “recoveros”.
El estar
perseguida y penada con fuertes sanciones económicas la naturalización de
cualquier especie protegida, ha hecho que los profesionales de la taxidermia se
nieguen a realizar estos trabajos y ello, por suerte, ha contribuido a la
práctica desaparición de este tipo de furtivismo.
Utilizaban
diferentes técnicas según persiguieran a una especie u otra de aves o
mamíferos.
Otra peculiar
actuación que llevaban a cabo en los nidos de rapaces consistía en coser o
rodearles con un alambre el pico de los polluelos y después revisar el nido
para quitarles los conejos, perdices y liebres que les traían sus progenitores
para alimentarlos. Posteriormente los descosían para alimentarlos con las
vísceras de los animales que les recogían, volviendo a cerrárselo nuevamente.
Podríamos
seguir analizando otros tipos de actividades furtivas más concretas, pero ya
cada uno responde a formas aisladas y muy específicas que resultarían poco
significativas desde un punto de vista general. Por ejemplo, los furtivos de
guante blanco, los que actúan con anestésicos y otras incalificables que
resulta hasta desagradable enumerarlas.
Hemos encontrado la referencia de una
forma furtiva de cazar en la época de los reyes católicos de curioso nombre, el “currucuneo”,
que relata como conseguían hacerse con los lechones y jabatos en la zona de
las marismas del Guadalquivir.
“a fuerza de constancia pudo adquirir un
alcahuete para satisfacer su apetito de echar una montería al currucuneo,
método muy practicado en el coto de Oñana por los cazadores corsarios para coger
a hurtadillas los cochinos javatos cuya vente en Sevilla les producía buena
ganancia.
Es el currucuneo una montería que debe hacerse en
noches de luna, y mediante unos podencos llamados alcahuetes, adiestrados a tal
modo que laten cuando encuentran un javalí, pasando en silencio sobre las demás
piezas: a la señal del alcahuete sueltan los cazadores dos o más alanos que se
precipitan sobre la fiera haciendo presa en las orejas y otras partes la
sujetan y humillan dando lugar a que se
acerquen los monteros, quienes cogiéndola por los cuartos traseros la levantan
impidiéndole dañar, mientras uno le clava el cuchillo de monte”
BELMONTE Y CLEMENTE, F.: Carta en que se describen unas cacerías
memorables… del Lomo del Grullo. Sevilla.1888. Pág. 12.
¡Caza disfrutando, disfruta cazando!
Manuel Moreno
Fotos: Ángel Cañones
Andújar y octubre 1994
Publicado en Trofeo en el nº 314 julio
1996
Agosto - 23