LANCE EN MONTERÍA
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| Antiguo dibujo de caza. BNE |
El lance es un suceso interesante provocado por un encuentro que conduce a una situación difícil, crítica, trascendental y decisiva, y que se resuelve con destreza y sagacidad.
Se
considera al lance como el momento que va desde que el cazador avista la pieza
de caza hasta que la abate o ésta consigue huir. Considerando en él todos los
hechos, peripecias, vivencias, razonamientos y emociones que se desarrollan en
ese, por lo general, tan corto espacio de tiempo.
Cada
lance es un conjunto de intensas vivencias, únicas y exclusivas que, para ser
saboreadas en toda su profundidad, necesitan ser revividas en la mente de su
protagonista, lo que provoca como consecuencia que, a fuerza de revivirlas una
y otra vez, terminen, en ocasiones, idealizándose poco a poco. Quizá, esa sea
la razón de la fama de embusteros que, en general, tenemos los cazadores.
El lance, por tanto, no es exclusivamente el encuentro
del cazador con la pieza, sino que, en él intervienen una serie de elementos
que lo hacen más complejo. Aunque se cacen igual tipo de piezas y practicando
la misma modalidad de caza, cada lance tiene algo que lo hace único y
exclusivo.
El lance de caza puede ser también un lance trabajoso
o un lance de fortuna.
Componentes del lance.
El lance en sí mismo, tiene dos componentes bien
diferenciados:
·
Uno, objetivo, que tiene que ver
con los acontecimientos que se desarrollan de una manera evidente
· y otro subjetivo, que tiene que ver
con las sensaciones y emociones percibidas por cada cazador en ese momento.
Este último aspecto, obviamente, no lo pueden
experimentar con la misma intensidad, los no-cazadores y tiene que ver con el
grado de experiencia, preparación y sensibilidad de cada uno.
Intentar explicar las sensaciones, vivencias y
emociones que cada cazador siente en el momento mismo del lance es una empresa
poco menos que imposible, ya que por muy completa que la pretendiéramos hacer
siempre quedaría inacabada. Por eso, el que no lo percibe, no lo siente y no se
emociona así, tampoco lo entiende.
Este componente, lo podíamos denominar el componente
lírico, ya que es una forma interior e íntima de sentir el hecho de la caza.
He conocido algunos monteros que no querían que nadie
los acompañase en el puesto durante la montería y no era porque su
comportamiento fuese a ser inadecuado.
En cuanto al componente objetivo que se da en el
momento del lance, existen unos hechos y un escenario real en donde se
desarrollan y que, son causa y efecto al unísono para provocar el segundo
aspecto, el subjetivo.
Las piezas que cazamos están en su medio natural,
donde han nacido, se han desarrollado y han luchado por su existencia. Lo
conocen y se desenvuelven en él con muchísima más facilidad que nosotros.
El cazador no dispara sobre la primera pieza que ve,
sino que está obligado a seleccionar y escoger en cada ocasión,
un tipo de pieza determinada
que, primero habrá de identificar.
La propia ética del cazador le hace perseguir el final
del lance como un momento fulminante y repentino, donde la muerte del animal no
sea una larga agonía que se dilate en el tiempo, ocasionando un sufrimiento
innecesario.
Las inclemencias meteorológicas y las peculiares
condiciones del medio, que no es en el que el cazador se desenvuelve a diario,
son otros elementos que influyen decisivamente en el lance. Unas veces,
dificultándolo y otras favoreciéndolo, y casi siempre, permitiendo su disfrute.
Además, intervienen en el lance, las apreciaciones que
tienen su origen en el entorno más cercano como olores, sonidos e imágenes que,
dependiendo de la sensibilidad del sujeto y del hábito de disfrutar de estas
experiencias, van a ser más o menos perceptibles.
Cualquier cazador novel, que no haya tenido antes de
esta etapa un contacto directo y profundo con la naturaleza o haya disfrutado
escasamente de la vida rural, puede resultar sensiblemente afectado por la
intensidad de estos momentos en los que se produce el lance.
He visto personas sensiblemente afectadas, por la
intensidad de un parto animal, por las conductas más habituales entre los
animales para conseguir su alimento o simplemente, por los ritos de
establecimiento de jerarquías que se dan entre los individuos de una manada,
piara...
La naturaleza es cruda, ruda y dura, pero también es
sensible, delicada y armoniosa tanto en sus individualidades, como en su
conjunto. Apreciar así a la naturaleza, va a depender mucho del observador y de
sus particulares referencias o vivencias en torno al tema.
Indudablemente, en el momento mismo del lance, pueden
darse sensaciones de poder, pero más que el poder sobre una fuerza bruta o
animal es el poder superarse así mismo con la adquisición y dominio de unas
conductas y destrezas que, a menudo, son burladas por los instintos de las
piezas de caza.
El cazador persigue con cada lance una superación
personal de aquello que le resulta difícil o casi imposible de lograr, que es,
superar los recursos de supervivencia que son capaces de emplear los animales
salvajes con la ventaja de desenvolverse en su propio medio.
Si el cazador, llegase al convencimiento de que el
final de cualquier lance que se le presenta fuese siempre la muerte de la
pieza, perdería irremediablemente la atracción y el interés que siente por
provocar estos lances.
Y es que, la incertidumbre del desenlace del lance es
otro de los componentes fundamentales del mismo.
El anhelado lance se presenta siempre como una ocasión
repentina y escasa, quizás eso lo haga más deseable.
En ocasiones, aparece como muy sencillo a simple
vista, pero con
la premura que le otorga su brevedad. Condiciones, todas ellas que, para el
profano, podrían ser circunstancias que lo facilitan.
En cambio, para el que ya lo ha vivido y lo ha
experimentado antes, supone un inconveniente, por tener que controlar en sólo
un instante la emoción que se adueña de parte de nuestro autocontrol y se
apropia de nuestra tranquilidad.
Esa necesidad de aprovechar la infrecuente ocasión que
se nos ha presentado aumenta nuestra tensión, acelera nuestro pulso, nos hace
ansiar con inminencia el final exitoso de ese trance. Pero también nos atenaza
la posibilidad de, conociendo nuestras limitaciones, equivocarnos en su
ejecución, fallarlo y perderlo para siempre.
El momento del lance es,
a su vez también,
el sufrimiento previo
a una gozosa vivencia
de conseguir algo difícil.
Si las piezas de caza no fuesen huidizas, esquivas y
salvajes, el lance no tendría aliciente ni interés para el cazador, sería
absurdo. No se cazan mansas ovejas.
Por ello, el lance que persigue el montero es difícil,
vertiginoso, bronco, montaraz, indómito y exige, que éste, se desarrolle en un
medio lo más agreste y abrupto posible.
En ese entorno, hasta el más avezado puede sentirse
empequeñecido y cautivado ante tanto vigor y tanta grandeza que desearía
conquistarla para sí.
Por ello, el lance tiene mucho de deseo, de
conocimiento y vivencias previas, de incertidumbre, de emoción intensa, de
posesión y de conquista de esa parte de la naturaleza que aparece tan
admirablemente poderosa, altiva e indómita.
¿Qué prever?
Al llegar al puesto, el montero ya empieza a jugar el
lance, realizando una minuciosa observación de su entorno, delimitando con
precisión el tiradero y reconociendo en el monte todos los detalles que
posteriormente le puedan resultar de utilidad en el momento mismo del disparo.
Para ello, puede resultar interesante observar las
veredas que en el monte quedan marcadas, señalando los pasos habituales de las
reses, la mayoría de ellas se ven desde lejos. Otras veces, hará falta observar
la entrada de las primeras reses en las cercanías del puesto, para grabarlas en
nuestra memoria, fijando con ello, los pasos más querenciosos.
Nuestro conocimiento
de las querencias habituales
de las reses en su huida,
nuestra experiencia venatoria
y todo nuestro saber montero
se va a poner a prueba.
Situarse en el puesto, buscando el punto exacto desde
donde descubrir a las reses antes de que seamos descubiertos por ellas y
disfrutar de la mejor posición para los posibles disparos, es tarea
imprescindible y tan necesaria como disfrutar de buenas “apuntaeras”.
Sin olvidar que nuestra presencia ha de quedar
perfectamente mimetizada en el puesto; empleando todo nuestro ingenio para
ocupar el lugar preciso y, si es necesario, hasta un poco de monte o ramas para
disimularnos.
Con todo esto, no sólo contribuimos a mejorar el
lance, sino que, en ocasiones, es lo que permite que éste llegue a producirse o
se frustre prematuramente, sin percatarnos de ello.
A nuestra inmovilidad casi absoluta, hay que sumarle
la máxima atención que requiere la vigilancia permanente a la que nos somete la
actividad que estamos desarrollando, montear.
El montero ha de procurar ser el que sorprenda a la
pieza y no al contrario, ya que eso, no sólo nos va a restar eficacia, sino
que, además, contribuirá a que nuestra labor de selección no sea la adecuada.
Una expresión antigua, dice que toda pieza de caza en
un determinado momento, que suele ser corto, “nos enseña la muerte”, refiriéndose
con ello, a la ocasión, en la que coinciden, el mayor número de circunstancias
favorables para aliarnos con el éxito del lance.
Es frecuente, sobre todo, cuando nos acompaña alguien
inexperto, el gesto inevitable para él, de señalarnos con el dedo y alargando
el brazo efusivamente en la dirección que aparece la res. Esto será el mejor
seguro de vida que le podamos ofrecer a la res que nos iba a entrar en
el puesto.
Y especialmente, si se trata de un venado
mientras está parado y oteando, éste nos descubrirá en el acto, abortando
con ello el posible lance.
A todas estas particulares conductas, habrá que
añadirle, por una parte, los conocimientos que en torno al tema hemos sido
capaces de acumular y por otra, la suma de experiencias propias ya vividas. ¿Y
cómo no?, también, todas las incertidumbres que nos acosan con su indecisión o
los errores que al respecto hayamos apadrinado.
Una vez, que hemos aplicado todo esto y si, además del
imprevisible comportamiento de los animales, la fortuna nos brinda la
posibilidad real de que el lance se termine de producir porque ya ha entrado la
res en los dominios del puesto, hay que “dejarla cumplir”, aguantando
y conteniendo toda nuestra emoción que, inoportuna e indeseablemente, se torna,
casi siempre, en nerviosismo.
¿Cómo actuar?
Hasta este momento, podríamos decir que hemos “jugado
el lance” con acierto, y ello, ha contribuido a que se presente la
oportunidad de poder disfrutarlo en nuestro tiradero, pero para lo que resta
convendrá recordar que:
Al principio de la montería, las reses se suelen
escurrir “chanteadas” o permanecen mucho tiempo “oteando y
atalayando” entre el monte.
Escudriñar el monte cercano con los prismáticos, suele
dar buenos resultados.
Si lo que nos entra es un venado solo, corriendo y
seguido por algunos perros de la rehala, tendremos que “correrle la mano” o “adelantarle
el tiro”, lo que estimemos oportuno, teniendo en cuenta su
velocidad y la distancia a la que se encuentra.
Si en vez de ser uno, lo que nos entra es una “collera” de
venados, dispararemos siempre y en primer lugar al que va detrás, para evitar
que el que va delante se “desrute”, “cambie el viaje” o
tome otra dirección inesperada.
Así, tendremos la oportunidad de hacer un doblete que
de otra forma sería bastante improbable.
Si lo que nos entra es un marrano, hemos de
asegurarnos que no va seguido de lechones, entonces sería la madre y el lance,
no deberíamos culminarlo.
Si lo que nos entra es un pequeño grupo de reses, los
mejores venados suelen protegerse, echando por delante a los más pequeños; por
eso, los buenos van casi siempre detrás.
Si lo que nos entra es una “pelota”, probablemente
los mejores venados vayan en el centro y por detrás, arropados entre las “pepas” y
los más pequeños. Es un tiro bastante difícil, por tener que evitar herir a
otras reses.
Si lo que nos entra es un venado andando al paso y no
se ha percatado de nuestra presencia, lo dejaremos llegar al punto más adecuado
del tiradero y, en ese momento, se le “chistea”,
extrañados, se suelen parar unos segundos, y ese, será el momento de hacer el
disparo con las mejores probabilidades.
Si las reses nos entran largas y nos damos cuenta de
que no se dirigen hacia nuestro tiradero, no debemos “tirarlas”, porque
eso sería “cortárselas” a los puestos vecinos y eso, nunca es
correcto ni está bien visto.
Si lo que nos entra es un “cordón de reses”, deberemos
permanecer inmóviles para no delatar nuestra presencia.
Si las ciervas o los venados que venían primeros se
asustan, se volverán y no veremos ni aparecer, al mejor que vendría detrás.
Si lo que nos entra en un gran guarro, posiblemente lo
haga al principio o completamente al final de la montería, “zorreado” y
apenas sin hacer ruido. Una sentencia antigua dice que “los marranos
grandes se matan con el culo”; haciendo referencia a la inmovilidad
que hemos de adoptar para “dejarlos cumplir” pero estando siempre
alerta.
Si oímos una ladra próxima, no sólo buscaremos a la
res protagonista de ella, inmediatamente delante de los perros, sino que a
veces el “perro puntero” va latiendo el rastro fresco y la pieza
va huyendo a más de 500 m. por delante de él.
Si estamos en un cortadero y los perreros nos han
cantado, desde lejos, un cochino que se dirige hacia nuestro puesto,
probablemente antes de cruzar el cortadero haga una pequeña “escucha”,
para cruzar después a toda velocidad. Buscaremos el lugar de esa posible “escucha” porque
después el tiro será muy rápido.
Si nos entra un “peluo” huyendo al “trote
cochinero” y con el rabo tieso hacia arriba, con toda probabilidad será
una hembra.
Si en el tiradero, tenemos ya una res muerta y
observamos que otra nos entra por los mismos pasos, tendremos que procurar
dispararle un poco antes de que esta segunda llegue al punto donde está abatida
la primera ya que, con toda seguridad, al llegar a ese punto, “cambiará
el viaje” asustada por lo que se ha encontrado.
Si nos entran las reses “enmontadas”, nunca
dispararemos al “abaleo o tamareo”, ya que es muy
peligroso y así, nunca estamos apuntando.
Si nos entra una res bien apretada de los perros,
sacaremos todas nuestras “apuntaeras”, dispararemos siempre por
delante para no herir a ningún “valiente” y si no estamos
seguros, mejor que no disparemos.
Si la res que nos entra nos sorprende muy cerca del
puesto y se nos cuela a toda velocidad, procuraremos hacer un tiro “a
tenazón”, que son muy difíciles pero que con la práctica suelen salir
muy bien ya que, en estos casos, no suele dar tiempo ni de encomendarse a S.
Huberto.
Clases de lances:
Clases
de lances hay muchas y muy diversas, ya que cada uno es único, no sólo por la
pluralidad de especies y modalidades que existen, sino por la propia esencia
del lance en sí mismo.
Cada lance en su conjunto es diferente, ya
que no sólo es el producto de una serie de hechos tangibles, sino de otros
intangibles, subjetivos, imaginados, creados y elaborados por nosotros mismos.
Por ello, cada lance no sólo es el hecho
frío de disparar y abatir o no una pieza de caza, sino que es mucho más amplio.
Todo lo vivido, imaginado, sentido,
disfrutado y sufrido, en ese momento, es incluso mucho más profundo, más
intenso e importante para el sujeto que lo protagoniza, que es el propio
cazador.
El trofeo es
la minucia
que nos queda
de todo ello.
El trofeo, es la prueba material y perdurable que nos
recordará, cada vez que lo contemplemos, que el lance fue jugado con acierto.
Su contemplación nos hará recordar nuevamente la intensidad del momento vivido,
con todas las emociones y sensaciones recibidas.
Después, cada uno hace lo que le apetece con el
trofeo, unos lo miden y lo colocan sobre una tabla más o menos decorada, otros
lo cuelgan de una pared, hay quien lo naturaliza al completo y otros lo guardan
en un montón con otros similares. Siempre donde puedan contemplarse.
Cómo se puede comprobar,
ni los centímetros del trofeo,
ni su color, ni perlado, ni su belleza
pueden ser magnitudes
para catalogar y valorar
el lance.
En cierta ocasión, nos encontrábamos reunidos un grupo
de monteros, charlando de montería. Entre ellos, los había más veteranos y
otros más inexpertos.
Propuse que cada uno relatase el mejor
lance que había disfrutado en su vida, aquél que todavía no se había olvidado y
que seguía recordándose muchas veces. Todos coincidían en que tenían muchos.
Entonces, apostillé: Que cada uno cuente uno de sus mejores lances.
Hubo quien adornó profusamente su relato,
como queriendo compensar con la grandilocuencia empleada, la escasez de sus
vivencias en torno al tema. Otro, relató un lance para él muy interesante y un
poco aburrido y fantaseado para los demás. Pero el más veterano, Pedro Blanco
es su nombre, nos relató cómo dio muerte a una cierva, en una “montería
de las de descaste”, que venía pecho abajo apretada por los
perros y, justo en el momento de saltar un regajo, recibió su recado de plomo,
dejándola “desmadejá” en el aire. Ese lance era, para él, medalla
de oro; para los que lo hemos intentado hacer después de aquello, también sigue
siéndolo.
No cabe duda de que el momento del lance
de caza es vivido por cada cazador de una forma íntima y personal, pero hay una
serie de sensaciones y emociones que son comunes a la mayoría de los cazadores,
como se ratifica en las conversaciones mantenidas entre verdaderos
aficionados.
Aunque también, el lance puede variar
dependiendo de las diversas modalidades de caza que se practiquen, aquí en
concreto, nos vamos a referir a esa complejidad de emociones y sensaciones que
se agolpan en un lance de montería; en donde, como en las otras modalidades, el
lance no sólo se resume simplistamente en apretar el gatillo.
Todo se transforma en el momento en el que
el hombre cazador se encuentra inmerso como elemento activo del lance:
- Su cuerpo se “emballesta”,
- se agita en exceso,
- los músculos se tensan hasta
hacer temblar al cuerpo entero,
- el pulso se acelera,
- la respiración se hace hipa,
- sus sentidos elevan el grado de
alerta,
- y el corazón late tan fuerte que
puede oírse desde fuera, es lo que los cazadores americanos llaman “buck fever” que
podría traducirse literalmente como “fiebre del ciervo o fiebre de cañón”
El cazador barre el paisaje,
siente el viento rozar su piel sensible,
rastrea el espacio,
escucha el silencio,
escanea las imágenes y,
busca y busca con toda su vehemencia.
- Intenta adivinar la pieza que
huye entre la estela errática de su jaraleo.
- El ambiente se eriza,
- la calma desaparece,
- todos se ponen vigilantes.
- Se produce un sonoro silencio que enerva los
sentidos.
- La sierra acapara más energía que nunca.
- El ambiente se vuelve “cavitante” y
succionador, atrayendo la atención de todo ser viviente.
- Se produce una mutación mágica de la
cotidiana rutina.
- La velocidad se ralentiza para buscar con
precisión el detalle.
- El habitual recital del canto de los
pajarillos se silencia,
- todo se pone en guardia.
- De repente, la zambra inicia un ritmo
trepidante, que poco a poco va “in crescendo” hasta volverse frenético.
- y un sonoro bullir de ladras
culebrea pechienfrente entre el monte,
- sin que todavía se haya podido descubrir
quién lo provoca.
- Se codicia y se ansía el momento cumbre con
pasión extrema.
- Un errático chuzonazo entre las jaras
engancha nuestra atención.
El cazador araña, escudriña,
olfatea,
rebusca fugazmente entre la vegetación
cualquier signo que le haga
focalizar el punto exacto
donde se concentrará todo.
- Todo es inminente, fugaz y efímero.
- Cuando consumidos unos instantes eternos, el
montero es agraciado por la poderosa imagen de un macareno rompiendo el monte y
apretado por una rehala, la contención estalla.
- Es una sensación intensa, de gran belleza,
poderosa, casi indescriptible, es la bruta y brutal creación en su estado más
genuino, son puros borbotones de vida que nos regala la auténtica naturaleza.
- Es una estampa que atrapa y atrae al
cazador, una y otra vez, llevándolo de nuevo a querer repetir esa vivencia.
- Es una vuelta al contacto atávico con la
rigurosa madre tierra, que por esencia es cruda, inexorable e implacable en su
devenir, pero auténtica y madre, al fin y al cabo, que no se rige por
extravagancias ni sensiblerías.
- Y cuando finalmente se culmina el lance,
esta brava montaña rusa de los sentidos emprende un vertiginoso retorno hacia
la sosegada normalidad.
Todos los sacrificios y esfuerzos que instantes antes
hemos exigido a nuestra anatomía se ven ahora compensados por la contemplación
de la belleza de la pieza inerte recién cobrada.
Llegó exitosamente el fin del trance que con tanto
esfuerzo se había trabajado. Porque en la caza, si no hay esfuerzo, la pieza
pierde gran parte de su valor.
Y si no se cobra la pieza, no pasa nada. La vivencia
no se ha perdido, se han vivido nuevas experiencias. Esta vivencia, preñada de
anhelado deseo, se ha marcado para siempre en nuestra memoria de cazador.
Además, volver de vacío, “rentrer bredouille” forma
parte de la esencia y mismidad de la caza, según Ortega.
La caza es un oficio duro que exige
soportar grandes sacrificios y esfuerzos para, algunas veces volverse con las
manos vacías, después de haber estado cazando bastante tiempo.
Y es que la caza es una actividad
más felicitaria que placentera. El placer es una sensación-pico concreta y
puntual, es ‘el trofeo desnudo’; en cambio, la felicidad es un estado de
alegría serena mantenida a más largo plazo, es ‘estar cazando’.
El cazador recuerda, revive el lance y por
eso guarda el trofeo como recuerdo de haber cazado. Porque el cazador acumula
experiencias venatorias y recopila vivencias, el ‘trofeísta’ sólo
colecciona trofeos.
Es también la caza un codiciado
privilegio, por poder acaparar todas esas vivencias que no son nada fáciles,
pero que forjan en el cazador un espíritu templado por su propia autoexigencia
y que, en realidad, lo que efectivamente persigue es cazar, no solo matar. “Se
mata porque se caza, no se caza porque se mata.”
¡Caza disfrutando, disfruta cazando!
Manuel Moreno
Andújar
y julio de 2003
Febrero - 24





