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  Biblioteca Nacional de España VAQUEO Modalidad de caza mayor, consistente en esperar a las reses que vienen de vuelta a su encame diurno d...

20231101

MONTEROS DE ESPINOSA

 

Los símbolos de los Monteros de Espinosa. BNE
Símbolos de los Monteros de Espinosa. BNE

MONTEROS DE ESPINOSA

La hazaña originaria que prestigió a los Monteros de Espinosa, fue allá por el año 1.006, cuando Sancho Garci-Fernández, rey de Castilla e hijo del famoso conde Fernán González; al perder una batalla contra los moros, fue hecho prisionero y murió a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla, después:

 

Le sucedió en el poder su hijo el Conde Sancho García, pero en aquella época, su madre, la Condesa Doña Aba, que ya estaba viuda, se enamoró de un rey moro de Córdoba, y quería casarse con él.

El rey moro accedió pero con la condición de que se casaría con ella si mataba al Rey Sancho su hijo. Así con su casamiento, el moro recibiría el Reino de Castilla.

La Condesa determinó cumplir la condición, para lo cual hizo un veneno con hierbas ponzoñosas y estaba resuelta a dárselo a beber a su hijo cuando volviera de caza. 

Supo la traición una “cobijera” de la condesa, que así llamaban a la camarera los antiguos. Esta cobijera estaba casada o abarraganada con un criado del conde, y se lo dijo a él, su pareja, para que previniese a su señor, advirtiéndole de que se guardase de beber lo que había de darle su madre la condesa, pues le importaba en ello la misma vida.

 

“Hizolo el criado leal (preservando con el aviso tempestivo a toda Castilla de la sujeción infame del moro) y oído del Conde, aunque dudoso se recelò  cuerdo de tomar la bebida. 

Dandosela, pues, Don Aba al hijo, que cansado, y sediento volvía de la caza, èl rogò cortès a su madre bebiesse primero, rehusó cautelosa la Condesa: replicò sospechoso el Conde, y visto, que no quería beber, confirmando su recelo con aquella porfia (de donde dicen se originò la costumbre de España, que oy se observa en Vizcaya, de beber primero las mujeres, que los hombres) la obligó por la fuerza a que bebiese la confeccion mortal, que ella le había preparado.

Bebiò la Condesa, y al punto, obrando aquel veneno el ùltimo letargo, muriò. Entristecido el Conde…”

 

El marido de la "cobijera" se llamaba Sancho y era natural de Espinosa. Este escudero o criado es el origen de los Monteros de Espinosa que guardan el Palacio de Castilla; y esta guarda le fue dada por el apercibimiento, que este Escudero hizo a su Señor…

 

“…Agradecido, pues, el Conde del aviso que Sancho, en mira del bien universal de Castilla, y defensa de la vida de su Príncipe, le había dado por orden de la Camarera su mujer, les hizo à entrambos muchas mercedes; entre otras libertò, à devoción de Sancho, à los Nobles de Castilla de la obligación, que tenían de ir à la Guerra sin sueldo, y del servicio de los cinco maravedís, que solia dàr cada Hijo-Dalgo por sì, no yendo a la hueste.

Y pareciéndole, que su lealtad se havia originado de la buena sangre que tenía, y que esta la participaba de la tierra donde era, quiso de allí adelante guardassem à su Real Persona, y las de sus Descendientes en Palacio, Sancho, como natural de Espinosa, y los Nobles de aquella Villa, parientes suyos, y de la Camarera su mujer, y los hijos, y descendientes de entrambos…

Nombrò pues al Conde cinco, que empezasen à gozar del Privilegio. El primero fue Sancho, Mayordomo que antes era del Conde,…


…Y no le hizo su Montero Mayor, como se refiere al ayre Garci Alonso de Torres; porque ni hubo entonces Montero Mayor de Espinosa, ni jamàs le hà habido despuès acà de este Oficio. 

De passo se note, de los otro quatro fueron los nombres: Flarcines Pelaez, Armenter Telloiz, Munio, y Ioanes Ovekiz, que todos eran de la Camara del Conde…


…Llamaronse Monteros, ò porque Sancho tenìa el apellido de Montero… ò porque Sancho diò al Conde el aviso de la traycion en un Monte, estando à caza, y de ay, es lo seguro, se derivò tener este nombre, que oy conservan.”

 DE LA ESCALERA GUEVARA, P.: “Origen de los Monteros de Espinosa” Madrid. 1735.


El origen de los Monteros de Espinosa nos lo cuentan en un libro titulado así y escrito por D. Pedro de Escalera Guevara en Madrid en el año 1735 y dedicado a Felipe V “El Animoso”.  

Este libro consta de dos partes, la primera constituida por diez capítulos y la segunda por otros catorce capítulos. En donde habla del poderoso Don Sancho García, Conde y Señor de Castilla y quien fue el criado que reveló la traición.

Después va desgranando los privilegios y oficios que les fueron concedidos a los Monteros de Espinosa por los sucesivos Reyes de España.

Este libro es una reimpresión para evitar que cayeran en el olvido las preminencias, honras  y privilegios conseguidos hace más de setecientos años (allá por el 1006) para los cinco monteros nombrados por el Conde Don Sancho como fieles guardas de su persona.

Dormían siempre alguno en la antesala donde dormía el rey y custodiaban la llave de los aposentos reales.

Por la mañana vigilaban qué extraños amanecían en palacio y si no podían explicar el motivo de su presencia los prendían o incluso podían matarlo si no lo cogían vivo.

Les daban solares y terrenos en el pueblo burgalés de Espinosa, porque para ingresar en la corte los jovenes debían educarse primero a vivir a Espinosa. Y si casaban fuera eran obligatorio irse el primer año a vivir con sus mujeres a Espinosa de los Monteros.

El rey d. Alonso El Bueno, I de Castilla los aumentó primero hasta 23 y en una ocasión después  12.

El Santo Rey Don Fernando los acrecentó y después el Emperador Carlos V los redujo a 48.

Los Reyes Católicos les dieron el privilegio de que no pagasen la Alcabala.

El Rey Don Pelayo les dio el escudo de sus armas.

Doña Juana les dio el derecho de la Torá por el que cobraban a los judíos 12 maravedís por cada torá, allí por donde pasara el rey.

Felipe II, cuando se retiró al Escorial, nombró 8 monteros que de día y de noche guardas en su real persona.

A lo largo de su existencia irían consiguiendo cada vez más privilegios tanto de trato como económicos.

 

Origen de los Monteros de Espinosa. BNE
Portada del Libro del Origen de los Monteros de Espinosa.

El inicio del libro está ilustrado con una estampa que aglutina varios de los símbolos y leyendas que representan a los Monteros de Espinosa:

-   “En la mitad del círculo, que forma una serpiente, está un Espino de Majuelas, Armas antiguas de la Villa de Espinosa.

-   En el Espino un escudo ordinario con corona, y en el campo de él un castillo, Armas de los condes de Castilla: Y porque el tercero de ellos crió los Monteros de Espinosa.

-   A los lados del castillo, y al pie de él esto: C.S. Munificientia, que en nuestro vulgar importa: Beneficio, liberalidad del Conde Don Sancho.

-   Por blason de esta merced penden dos cambrones del Espino dos manojos de a tres llaves, uno por vanda, y los Monteros traen estos manojos en los reposteros de sus camas, en significación de que antiguamente tenían ellos, no solo la custodia de nuestros Reyes, pero también la del Palacio por la noche.

-   Acompañanle dos Canes, sentados en unas Colunas (en cuyo campo están cinceladas unas Cigarras, cada cual con un Hacha ardiendo), y en el medio circulo de la llama esta palabra Vigilia, en ablativo.

-   Encima de las cabezas tienen unas Piezas, a hechura de Medias Lunas, que llaman Guardas, y se las ponen los hombres de armas en los codos, para guarda de ellos. VA escrito en cada una Custodia.

-   En las Colunas ay un lugar de Columela partido en dos trozos asi: Quis custos incorruptior? Quis excubitor vigilantior? En castellano quiere decir: Qué guarda más fiel? Que centinela mas vigilante?

-   Fidelidad, y vigilancia en ningún animal se halla mejor que en el Perro, guarda del hombre y símbolo de la lealtad… Lindo symbolo para criados de Reyes.

-   Terminase este círculo con una serpiente, que muerde su extremidad, pintura con que significaron los antiguos lo eterno.

-   Y en el tercio medio de la serpiente ay estas palabras latinas: Fidi, et generosi potentisimis Hispaniae Regibus aeternum addicti vigiles. 

Que importan: Los Leales, y generosos, dedicados eternamente a ser guardas de los Poderosisimos Reyes de España. Significan en estos los Monteros, que aunque nada ay eterno en esta vida, y ellos no lo pueden ser en el ejercicio de su oficio, lo son a lo menos en el deseo…”

 

En capítulo VIII del libro dice algunos de los nombres de los Monteros de Espinosa que sirvieron en la Casa Real con otros oficios de ella. El número de los Monteros de Espinosa que llegaron a ser en aquella época sirviendo en la Casa Real fueron cuarenta y ocho, entre cuyos nombres están:

 

"... Juan Lopez de Bíbanco, Hernando de Bibanco, Lope García de Porras, Diego García de Solares, Diego Ruiz de la Escalera Velasco, Antonio de Velasco, Diego Zorrilla Evangelista, Marañon de Porras, Juan Corral, Juan Saravil Mendoza, Andres Baraona, Pedro Saravia de la Riba, Fernando Ortiz, Pero Ortiz, Diego García Quintano, Rodrigo Alonso , Cristóbal Alonso, Francisco Ruiz, Bernardo de Solares, Juan Baraona, Pedro de Salazar, Pero Cabello, Pedro Saravia Quintano, Juan Saravia…”


“Y deste linaje se preciaba el cardenal Don Diego de Espinosa, que tan gran personaje fue en estos reinos, cuya hacienda heredó D. Diego de Espinosa, Aposentador mayor de Su Majestad, caballero del hábito de Santiago, y de cuyo apellido y linaje son Joan Fernandez de Espinosa, señor de las villas de Ampudia y Villa García, del Consejo de Su Majestad, y su Tesorero general de España, y el Licenciado Hierónimo de Espinosa, Oidor de la Real Chancillería de Valladolid, y el Maestro Fray Joan de Espinosa, dé la Orden de los Predicadores, famoso por la excelencia de su pulpito, y sin otros muchos caballeros deste linaje y apellido.”


Después que al  reino de España se le uniera la Casa de Borgoña por casamiento de la reina doña Juana con el rey Filipo el Primero, se introdujo en el servicio de la Casa Real de Castilla la usanza y costumbres de la Casa Extranjera, y así, por orden del rey, hacen  guardia a su Real persona los archeros de a caballo de la Casa de Borgoña, y a las personas Reales de la Reina y su familia, Príncipes e Infantes.

 Los Monteros de Espinosa, se encargaban de la guardia personal de la casa real, tanto es así que cuando se desnudaba el príncipe, estaban presentes los monteros, hasta que se había despojado de sus ropas. Visitaban y revisaban todo el aposento donde dormía el rey o su familia, para que no quedase en él ninguna persona extraña; y si era el aposento de la reina, cerraba la puerta una dueña de honor que llamaban la "azafata", que es la persona en cuyo poder están los tocados de la reina, y quedaban los monteros en la sala anterior haciendo guardia hasta la mañana. Y si era el aposento del príncipe, los monteros cerraban la puerta y guardaban la llave, manteniendo la guardia por turnos durante toda la noche.

 Eran la lealtad, fidelidad, custodia y vigilancia de las personas reales las funciones que debían realizar los Monteros de Espinosa.

Al principio les nombraba el rey, más tarde, para que alguien pudiera ingresar a formar parte del grupo de los Monteros de Espinosa debía seguirse un complejo protocolo:

El título del oficio de Montero se despachaba por Su Majestad por renunciación en el Consejo de Cámara, y con él se requería a los Monteros que estaban haciendo el oficio en la corte que representaban cuerpo de oficio.

 Y estos juntos nombraban a un Alcalde y dos Monteros de los más antiguos de la villa de Espinosa, que se encontrasen presentes a la información que allí se había de hacer de las calidades del que se presentaba.

Debía de ser hijodalgo de solar conocido, natural de padre y abuelo de aquella villa, de linaje limpio, “sin raza de moro, ni judío, y que no haya tenido oficio vil, mecánico ni bajo, y que sea de edad de más de veinte y cinco años”.

Se hacían indagaciones por el Alcalde y Monteros, y ambas se presentaban al Mayordomo Mayor y Contadores de la Casa de Castilla, los cuales con ellas, siendo aprobadas, las asentaban en los libros de la Casa, y gozaba de sus privilegios.


Los Monteros de Espinosa, con el paso de los años, 

y como contraprestación por sus leales servicios 

fueron ganando privilegios poco a poco 

y ocupando diversos oficios en la corte.

 

 

 ¡Caza disfrutando, disfruta cazando!             

                                                                              Manuel Moreno 

                                                                                                                        Noviembre - 23 

ARMADA O ATAJE

ARMADA
O
ATAJE

 

El que pone la armada se llama postor.
Varios puestos forman una armada


Se llama armada al conjunto de puestos que han de ocupar una línea de monteros que acechan las reses en una batida para atajar o “cortar el viaje” de huida natural de las reses. El nombre de armada puede hacer referencia tanto a los puestos en sí mismos, como al grupo de monteros que los ocupan.

 

Tradicionalmente se le llamaba “cordón de escopetas”, también “ataje” a veces, se emplea como sinónimo de armada, pero como veremos más adelante se refiere a un tipo en particular.

 

En las monterías de los siglos XV y XVI existía una clase de armada (hoy ya desaparecida) denominada “armada de alanos”, que eran las que se situaban al borde del monte que se estaba batiendo; justamente en los puntos de huida de las reses y en los que monteros de a pie y de a caballo, auxiliados por alanos, esperaban la salida del monte de las reses que vendrían corridas por perros levantadores y corredores; y en ese momento, les soltaban los alanos y les seguían acosando con los caballos, hasta que se producía el agarre. Claro está, era otra forma de montear.

 

El encargado de colocar la armada es el postor y él mismo, con la ayuda del personal auxiliar y caballerías, serán los que saquen las reses del monte hasta las zonas de cargadero, para ser transportadas definitivamente a la junta de carnes.

 

Tipos y Características:

                     -  Con respecto a la mancha:

Cierre, se le llama así, a la armada o grupo de puestos que se colocan en la parte más exterior de la mancha.

Traviesa, es la línea de puestos que se sitúan cruzando parte del interior de la mancha.

En un principio, casi todas las armadas que se colocaban eran de cierre, pero al observarse que era muy difícil sacar, especialmente, a los “puercos” (jabalíes) de las grandes manchas de monte espeso, fue cuando surgió la necesidad de colocar armadas atravesando la mancha, de ahí que éstas recibieran el nombre de traviesas.

Recula, es la armada de montería que se instala para cubrir la zona en la que se sueltan las rehalas.

Ataje, aunque este término, a veces, se emplea también como sinónimo de armada en general, su nombre viene de atajar o salirle al encuentro para interrumpirles el paso a las reses en su escape. En este sentido, se emplea para designar a la armada opuesta a la de recula.

Retranca, no es una armada que, en la montería, se marque oficialmente, pero se reconoce con este nombre a todos los puestos que se colocan (generalmente por su cuenta), fuera de la mancha y detrás de las armadas de cierre. La caza en línea de retranca está prohibida por la ley y no se considera retranca si existe una distancia superior a los quinientos metros de la linde de la mancha que se montea. Algunos monteros recriminan al organizador el haberles colocado en la retranca, cuando han estado puestos en una armada de cierre y por su postura no han pasado los perros.

 

                    -  Con respecto al terreno:

Sopié, se llama así, a las armadas que se colocan en la parte más baja de la falda de una montaña.

Cuerda, es el nombre que se le da a la armada que se sitúa a lo largo de la parte más alta de unas montañas, justo donde se encuentra el límite de las dos vertientes. Esta armada es la opuesta a la del sopié.

También se les llama, de umbría o de solana si es que están situadas en estas zonas del terreno.

         El número de puestos de una armada es variable, pero lo más frecuente es que tengan entre 6 y 10 puestos cada una. Antes, las armadas solían ser mucho más numerosas que ahora pero el paso del tiempo ha venido a demostrar que, tanto para montar una armada como para recogerla, lo ideal es que no tenga excesivos puestos, de esa forma, las tareas serán más rápidas y eficaces.

         También el número de armadas que se sitúan en una mancha es variable, pero lo más frecuente son entre 3 y 6 armadas de cierre y otras tantas de traviesa, es decir de 10 a 12 armadas por mancha; todo eso, siempre en función del tipo de montería que se va a dar.

         Existen manchas en las que todos los puestos de la mancha están numerados consecutivamente y las armadas se componen de grupos de 3 ó 4 puestos, de esta forma, la colocación y recogida de las armadas es mucho más rápida. En estos casos, las armadas no suelen tener nombre propio ya que no existen números repetidos, resultando muy fácil identificar cada puesto. Lo normal que esto se haga cuando el número de reses que posiblemente va a abatir cada puesto es muy alto y de esa forma se facilita la recogida de reses.

 

        

Cómo señalar las armadas, según lo que se pretende:

         Las armadas tienen la función de atajar o cortar el paso de las reses por sus puntos de huida natural, pues para señalar las armadas de una mancha, tendremos que conocer donde se encuentran normalmente encamadas éstas y hacia donde huyen. Una vez que conocemos estos dos aspectos, no será muy difícil aprovechar las condiciones del terreno para ir señalando puestos en los puntos críticos y así, marcaremos todos los puestos que realmente tiene la mancha.


Los cierres pueden ser la recula, la frontera, la cuerda y el sopié.
Armada de cierre

Después, el que un puesto corresponda a una u otra armada, tendrá que ver con su facilidad para colocarlo por tal o cual camino de acceso. De manera que el conjunto de puestos que forma un cordón o línea, con el mismo acceso en común, constituirán una armada. 

Además de este criterio, se tendrá en cuenta que, a la hora de montar la mancha, se comienza siempre, primero por las armadas de cierre, montándolas por las zonas más exteriores de la mancha y después por las traviesas. Pues éste será ya el criterio definitivo para agrupar un puesto determinado con una u otra armada, facilitándose así el poder “cerrar la mancha” convenientemente.

Ésta acostumbra a ser la fórmula general para marcar las armadas, pero también es cierto que las pretensiones, en cada caso de los que se da una mancha, no son siempre las mismas y por ello, los puestos que se marcan para dar una montería exclusivamente de cochinos suelen ser de forma diferente que, por ejemplo, para una montería de venados con cupo.

En la batida de jabalíes, habitualmente se marcan los puestos bastante más juntos y muy seguidos unos de otros, buscando más bien la corta distancia; ya que el comportamiento de estos animales es el más impredecible; lo mismo escogen un “canuto” hacia abajo para su huida, que buscan un collado o faldean un amplio testero. En cambio, los venados marcan unas veredas en el monte que acostumbran a tomarlas con rutinaria frecuencia, aunque la regla siempre tenga sus excepciones, como lo ratifica el refrán que dice: 

“Las reses 

por donde van de buenas, 

van de malas”

En una montería exclusivamente de venados y si además es con cupo, se hace preciso, aún más, que el puesto tenga la mayor visibilidad posible, ya que habrá que seleccionar muy bien el trofeo antes de dispararle. Aunque huyan enmontados, se puede percibir la calidad de su trofeo por encima del monte. Es por lo que se busca una distancia mayor y un tiradero más amplio.

De lo dicho anteriormente, se deduce que el grupo de puestos que componen una armada puede diferenciarse en función del tipo de montería para la que se han fijado.

 

 

Curiosas peculiaridades de las armadas:

Excepcionalmente en la montería se dan, algunas veces, situaciones extrañas pero que con la mayor sutileza favorecen a unos y perjudican a otros; aunque no es la tónica general que esto suceda, conviene tenerlas presentes para evitarlas.

- “Hacer el acordeón” es una pillería o maniobra pícara, realizada en la montería, mediante la que se añade o se quita una de las posturas que se habían fijado previamente en una armada, casi siempre para mejorar a algún montero en concreto, desplazando así a los demás puestos con referencia al preferente.

Para evitar esta pillería se hizo costumbre el que el puesto esté señalado y marcado en el monte con una chapita numerada o algún signo estable como un número pintado sobre una piedra en el lugar preciso.  Antaño, sólo se ponía un "mote" de monte.

Ahora se marca con una tablilla o chapita, antes solo se hacía una marca llamada mote.
Tablilla o chapa del puesto

- Cuando se procede a montar una armada o colocar a los monteros en sus puestos, hay postores que conocen con precisión el terreno y lo hacen en un santiamén, en cambio otros, dudan, se confunden y mientras tanto, entorpecen el camino por donde han de pasar otras armadas. Estas situaciones generan tensiones e incertidumbres, ya que, en ocasiones, se ha demostrado que no eran despistes fortuitos, sino "intencionadas maniobras", que además siempre queda claro a quienes benefician y a quienes perjudican.

         - A pesar de que la ley de caza es muy explícita en este asunto, existen algunos “avispados” monteros que en el momento de desplazarse al puesto, llevan sus armas desenfundadas e incluso cargadas y montadas, lo cual además de ser peligroso, genera situaciones delicadas y desagradables, como que algunos de éstos, sin haber llegado aún a su puesto, dispare sobre cualquier res que se mueva, mientras se está colocando la armada.

         - La colocación inadecuada de algunos puestos, con referencia a los más cercanos, dentro de una misma armada hace que se les califique de “puntilleros o rematadores”Se dice esto de aquel puesto dentro de una armada, al que su vecino le “corta el viaje“ de las reses que le entran por su paso y aunque el otro no pueda tirarlas en las mejores condiciones, por lo que, a veces, las hiere, sólo corresponde a éste último rematarlas. También se les dice puesto de “martillo”.

         - Es frecuente que se le dé el nombre de "traviesa" a la mayoría de las armadas, aunque en realidad tengan sólo algunos de sus puestos colocados como traviesa o incluso, a veces ninguno, evidentemente esto afecta poco al resultado de la postura, pero al preferirse normalmente a la traviesa sobre el cierre, el montero que acaba de sortear, por unos minutos o incluso durante toda la montería se ha sentido más afortunado por el puesto que le ha correspondido en suerte.

 

 

Costumbres:

- En tiempos atrás, era frecuente que la tarea de “marcar las armadas” la realizasen exclusivamente hombres de campo, generalmente afamados por sus conocimientos de la montería y que después formaban parte del grupo de monteros, actuando a la vez como postor de esa armada y asumiendo las tareas de “montar, levantar y recoger la armada”, reconociéndosele como “escopeta negra”; esta práctica hubo de abandonarse, entre otras cosas, por la picaresca de escogerse el mejor puesto.

En los cortafuegos se sitúan los puestos de cortadero.
Cortafuegos

En la actualidad, se respeta esta tradición en algunos casos, pero las organizaciones más serias prefieren pagar al postor y que éste no montee.

         - Es costumbre que cada armada tenga como nombre propio el topónimo de la zona o el de la forma del terreno en donde está situada, siendo frecuentes nombres como: el arroyo, el río, la cuerda, la pedriza, el cortafuegos... además de otros que hacen referencia a la vegetación como: los quejigos, el chaparral, los madroños... y en ocasiones a los usos del lugar como: el huerto, las porquerizas, el manantial...

- También es habitual que las armadas conserven el mismo nombre de unos años a otros, en cambio, algunas veces se les suele cambiar de nombre a aquéllas que empiezan a tener fama de poco rentables o desafortunadas, esto no sólo se da con las armadas, sino también con las manchas.

- Cuando las manchas no disponían de pistas ni carriles como ahora ni había tantos vehículos, las armadas se colocaban siempre a pie o con la ayuda de caballerías, por lo que se hacía necesario caminar muy en silencio por la mancha para no espantar las reses de las proximidades de los puestos. Aún hoy, por el mismo motivo, se sigue pidiendo silencio y diligencia al montar una armada.

 

- La dificultad de acceso para montar determinadas armadas, hacía necesario advertirlo en el momento del sorteo y para remediar de alguna forma esta dificultad se idearon varias soluciones:

-          Colocar estos puestos auxiliados de caballerías a las que a veces no se podía subir y la única ayuda que prestaban era transportar los “apechusques” y poder agarrarse a su cola, que no es poco.

-          Colocarlos a pie, lo cual suponía una dura caminata y un “azagón” de andar para los monteros que les habían correspondido en suerte e incluso siempre habría alguno que por sus limitaciones no podría ocupar el puesto que le había tocado.

-          Nombrarlas “armadas de la juventud”, así sólo los jóvenes o muy fuertes físicamente se atrevían a ocuparlas.

 

 

    Gráfico:

         En la actualidad casi todas las organizaciones de montería ofrecen a sus monteros un gráfico, que puede ser más o menos explícito, pero en el que se puede apreciar la situación de las diferentes armadas y la situación de las respectivas sueltas de las rehalas.

 

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           Anécdota:

         Cuentan que una vez, mientras un postor colocaba su armada, uno de los monteros que formaban parte de esta, llevaba ya, el arma desenfundada y cargada, aunque su puesto era el último que había de colocarse. El postor en cuestión, lo había mirado inquisitivamente en un par de ocasiones y mascullaba:

¡Verás, como me la juega!

          Al colocar una de las primeras posturas que estaba en el sopié de enfrente, sobre unos peñones que sobresalían por encima de una frondosa “charneca”, había que cruzar el lecho seco de un arroyo, que tenía unos matocones de malezas entre abundantes tamujos.

          El resto de los componentes de la armada se habían quedado esperando en el camino, mientras el postor se perdió entre unas zarzas, seguido a corta distancia por los dos ocupantes del puesto, una vieja yegua, que llevaba los achiperres, tirada del cabestro por su aljamel.  Y justo cuando la caballería rodeaba uno de estos matocones de malezas, se arrancó un “guarraco”, que tomó como “perdedera” la misma vereda que llevaba el postor.

          Del resto de la armada, unos se quedaron sorprendidos y otros señalaban entre emocionados comentarios el intermitente camino que el bicho iba recorriendo en su huida.

          En ese momento, de silencio contenido y emotiva expectación, sonó inesperadamente un tiro cuyo eco se repitió arroyo abajo.

          Al postor le silbó la bala detrás del cogote, pero no le hizo falta dirigir su mirada en busca del autor del disparo. Ya sabía quién era, y además, se lo ratificaban unas voces del osado, con las que ordenaba al postor que se acercase a ver si había caído. Éste, más por la propia curiosidad que por acatar la orden, así lo hizo, mientras susurraba entre dientes: 

“El que has caído eres tú” 

          Al poco se vio una oscura y enorme masa erizada abandonar los tamujos, cogiendo el borde de los “burreros” del arroyo, por donde se perdió definitivamente.

          Entretanto, se formó una acalorada discusión entre los monteros que habían quedado esperando en el camino y el “monterete que había disparado.

          Unos le recriminaban por el riesgo provocado, otros por su egoísmo y falta de sensatez, otros por las malas formas... Tan acalorada se hacía la discusión que fue preciso un “callarse, coño” del postor.

          De vuelta al camino, el postor fue abordado por el “monterete”, que le preguntaba si había visto sangre, por lo menos. A lo cual el postor serenamente respondió: “Va bien herido”

          El postor continuó poniendo el resto de la armada todo el arroyo abajo y al llegar al último puesto, que estaba situado en unos horcajos en la linde de la finca, se lo pasó de largo, haciéndose el olvidadizo. Continuó hacia abajo, hasta que le pareció suficiente, ordenándole al “monterete” que le esperase allí mientras él iba a buscar la chapa del puesto, que se le había olvidado donde estaba exactamente. Cuando terminó la montería, volvió a recogerlo diciéndole que: 

“A lo mejor, 

la chapa estaba donde 

había tirado el cochino por la mañana”

 

Puede que lo que se cuenta, se haya exagerado con el paso de los años, o sea más bien, producto de la imaginación que, de la realidad, pero lo que sí es una realidad es que cuando, cada uno de los que desempeñan una función concreta en la montería, la cumple rigurosamente (ya sea guarda, organizador, postor, perrero..., arriero o montero) se puede montear y disfrutar con ello, en cambio, difícilmente esto puede ser así, cuando alguno la “olvida”, ya sea en parte o por completo.

 

¡Caza disfrutando, disfruta cazando!

 

Manuel Moreno

Andújar y agosto del 2002

Noviembre - 23 

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