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VAQUEO y SALTEO

  Biblioteca Nacional de España VAQUEO Modalidad de caza mayor, consistente en esperar a las reses que vienen de vuelta a su encame diurno d...

20240613

LANCE EN MONTERÍA

 LANCE EN MONTERÍA

Antigua ilustración de caza. BNE
Antiguo dibujo de caza.                                                                                BNE

El lance es un suceso interesante provocado por un encuentro que conduce a una situación difícil, crítica, trascendental y decisiva, y que se resuelve con destreza y sagacidad. 

 

Se considera al lance como el momento que va desde que el cazador avista la pieza de caza hasta que la abate o ésta consigue huir. Considerando en él todos los hechos, peripecias, vivencias, razonamientos y emociones que se desarrollan en ese, por lo general, tan corto espacio de tiempo. 

 

Cada lance es un conjunto de intensas vivencias, únicas y exclusivas que, para ser saboreadas en toda su profundidad, necesitan ser revividas en la mente de su protagonista, lo que provoca como consecuencia que, a fuerza de revivirlas una y otra vez, terminen, en ocasiones, idealizándose poco a poco. Quizá, esa sea la razón de la fama de embusteros que, en general, tenemos los cazadores. 

 

El lance, por tanto, no es exclusivamente el encuentro del cazador con la pieza, sino que, en él intervienen una serie de elementos que lo hacen más complejo. Aunque se cacen igual tipo de piezas y practicando la misma modalidad de caza, cada lance tiene algo que lo hace único y exclusivo. 

El lance de caza puede ser también un lance trabajoso o un lance de fortuna. 

  

  

            Componentes del lance. 

 

El lance en sí mismo, tiene dos componentes bien diferenciados:  

·        Uno, objetivo, que tiene que ver con los acontecimientos que se desarrollan de una manera evidente  

·    y otro subjetivo, que tiene que ver con las sensaciones y emociones percibidas por cada cazador en ese momento.  

 

Este último aspecto, obviamente, no lo pueden experimentar con la misma intensidad, los no-cazadores y tiene que ver con el grado de experiencia, preparación y sensibilidad de cada uno. 

 

Intentar explicar las sensaciones, vivencias y emociones que cada cazador siente en el momento mismo del lance es una empresa poco menos que imposible, ya que por muy completa que la pretendiéramos hacer siempre quedaría inacabada. Por eso, el que no lo percibe, no lo siente y no se emociona así, tampoco lo entiende.  

 

Este componente, lo podíamos denominar el componente lírico, ya que es una forma interior e íntima de sentir el hecho de la caza.  

 

He conocido algunos monteros que no querían que nadie los acompañase en el puesto durante la montería y no era porque su comportamiento fuese a ser inadecuado. 

 

En cuanto al componente objetivo que se da en el momento del lance, existen unos hechos y un escenario real en donde se desarrollan y que, son causa y efecto al unísono para provocar el segundo aspecto, el subjetivo. 

 

Las piezas que cazamos están en su medio natural, donde han nacido, se han desarrollado y han luchado por su existencia. Lo conocen y se desenvuelven en él con muchísima más facilidad que nosotros. 

 

            El cazador no dispara sobre la primera pieza que ve,  

sino que está obligado a seleccionar y escoger en cada ocasión,  

un tipo de pieza determinada  

que, primero habrá de identificar. 

 

La propia ética del cazador le hace perseguir el final del lance como un momento fulminante y repentino, donde la muerte del animal no sea una larga agonía que se dilate en el tiempo, ocasionando un sufrimiento innecesario. 

 

Las inclemencias meteorológicas y las peculiares condiciones del medio, que no es en el que el cazador se desenvuelve a diario, son otros elementos que influyen decisivamente en el lance. Unas veces, dificultándolo y otras favoreciéndolo, y casi siempre, permitiendo su disfrute. 

 

Además, intervienen en el lance, las apreciaciones que tienen su origen en el entorno más cercano como olores, sonidos e imágenes que, dependiendo de la sensibilidad del sujeto y del hábito de disfrutar de estas experiencias, van a ser más o menos perceptibles. 

 

Cualquier cazador novel, que no haya tenido antes de esta etapa un contacto directo y profundo con la naturaleza o haya disfrutado escasamente de la vida rural, puede resultar sensiblemente afectado por la intensidad de estos momentos en los que se produce el lance. 

 

He visto personas sensiblemente afectadas, por la intensidad de un parto animal, por las conductas más habituales entre los animales para conseguir su alimento o simplemente, por los ritos de establecimiento de jerarquías que se dan entre los individuos de una manada, piara...  

 

La naturaleza es cruda, ruda y dura, pero también es sensible, delicada y armoniosa tanto en sus individualidades, como en su conjunto. Apreciar así a la naturaleza, va a depender mucho del observador y de sus particulares referencias o vivencias en torno al tema. 

 

Indudablemente, en el momento mismo del lance, pueden darse sensaciones de poder, pero más que el poder sobre una fuerza bruta o animal es el poder superarse así mismo con la adquisición y dominio de unas conductas y destrezas que, a menudo, son burladas por los instintos de las piezas de caza. 

 

 

El cazador persigue con cada lance una superación personal de aquello que le resulta difícil o casi imposible de lograr, que es, superar los recursos de supervivencia que son capaces de emplear los animales salvajes con la ventaja de desenvolverse en su propio medio. 

 

Si el cazador, llegase al convencimiento de que el final de cualquier lance que se le presenta fuese siempre la muerte de la pieza, perdería irremediablemente la atracción y el interés que siente por provocar estos lances.  

 

Y es que, la incertidumbre del desenlace del lance es otro de los componentes fundamentales del mismo. 

 

El anhelado lance se presenta siempre como una ocasión repentina y escasa, quizás eso lo haga más deseable. 

 

En ocasiones, aparece como muy sencillo a simple vista, perocon la premura que le otorga su brevedad. Condiciones, todas ellas que, para el profano, podrían ser circunstancias que lo facilitan.  

 

En cambio, para el que ya lo ha vivido y lo ha experimentado antes, supone un inconveniente, por tener que controlar en sólo un instante la emoción que se adueña de parte de nuestro autocontrol y se apropia de nuestra tranquilidad.  

 

Esa necesidad de aprovechar la infrecuente ocasión que se nos ha presentado aumenta nuestra tensión, acelera nuestro pulso, nos hace ansiar con inminencia el final exitoso de ese trance. Pero también nos atenaza la posibilidad de, conociendo nuestras limitaciones, equivocarnos en su ejecución, fallarlo y perderlo para siempre. 

 

       El momento del lance es,  

a su vez también,  

el sufrimiento previo  

a una gozosa vivencia  

de conseguir algo difícil. 

 

Si las piezas de caza no fuesen huidizas, esquivas y salvajes, el lance no tendría aliciente ni interés para el cazador, sería absurdo. No se cazan mansas ovejas. 

 

Por ello, el lance que persigue el montero es difícil, vertiginoso, bronco, montaraz, indómito y exige, que éste, se desarrolle en un medio lo más agreste y abrupto posible. 

 

En ese entorno, hasta el más avezado puede sentirse empequeñecido y cautivado ante tanto vigor y tanta grandeza que desearía conquistarla para sí.  

 

Por ello, el lance tiene mucho de deseo, de conocimiento y vivencias previas, de incertidumbre, de emoción intensa, de posesión y de conquista de esa parte de la naturaleza que aparece tan admirablemente poderosa, altiva e indómita. 

  

 

 

¿Qué prever? 

 

Al llegar al puesto, el montero ya empieza a jugar el lance, realizando una minuciosa observación de su entorno, delimitando con precisión el tiradero y reconociendo en el monte todos los detalles que posteriormente le puedan resultar de utilidad en el momento mismo del disparo.  

 

Para ello, puede resultar interesante observar las veredas que en el monte quedan marcadas, señalando los pasos habituales de las reses, la mayoría de ellas se ven desde lejos. Otras veces, hará falta observar la entrada de las primeras reses en las cercanías del puesto, para grabarlas en nuestra memoria, fijando con ello, los pasos más querenciosos.   

 

Nuestro conocimiento  

de las querencias habituales  

de las reses en su huida,  

nuestra experiencia venatoria  

y todo nuestro saber montero  

se va a poner a prueba. 

 

Situarse en el puesto, buscando el punto exacto desde donde descubrir a las reses antes de que seamos descubiertos por ellas y disfrutar de la mejor posición para los posibles disparos, es tarea imprescindible y tan necesaria como disfrutar de buenas apuntaeras.  

 

Sin olvidar que nuestra presencia ha de quedar perfectamente mimetizada en el puesto; empleando todo nuestro ingenio para ocupar el lugar preciso y, si es necesario, hasta un poco de monte o ramas para disimularnos.  

 

Con todo esto, no sólo contribuimos a mejorar el lance, sino que, en ocasiones, es lo que permite que éste llegue a producirse o se frustre prematuramente, sin percatarnos de ello. 

 

 A nuestra inmovilidad casi absoluta, hay que sumarle la máxima atención que requiere la vigilancia permanente a la que nos somete la actividad que estamos desarrollando, montear.  

 

El montero ha de procurar ser el que sorprenda a la pieza y no al contrario, ya que eso, no sólo nos va a restar eficacia, sino que, además, contribuirá a que nuestra labor de selección no sea la adecuada. 

 

Una expresión antigua, dice que toda pieza de caza en un determinado momento, que suele ser corto,“nos enseña la muerte”, refiriéndose con ello, a la ocasión, en la que coinciden, el mayor número de circunstancias favorables para aliarnos con el éxito del lance. 

 

Es frecuente, sobre todo, cuando nos acompaña alguien inexperto, el gesto inevitable para él, de señalarnos con el dedo y alargando el brazo efusivamente en la dirección que aparece la res. Esto será el mejor seguro de vida que le podamos ofrecer a la res que nos iba a entrar en el puesto.  

Y especialmente, si se trata de un venado mientras está parado y oteando, éste nos descubrirá en el acto, abortando con ello el posible lance. 

 

A todas estas particulares conductas, habrá que añadirle, por una parte, los conocimientos que en torno al tema hemos sido capaces de acumular y por otra, la suma de experiencias propias ya vividas. ¿Y cómo no?, también, todas las incertidumbres que nos acosan con su indecisión o los errores que al respecto hayamos apadrinado. 

 

Una vez, que hemos aplicado todo esto y si, además del imprevisible comportamiento de los animales, la fortuna nos brinda la posibilidad real de que el lance se termine de producir porque ya ha entrado la res en los dominios del puesto, hay que “dejarla cumplir”, aguantando y conteniendo toda nuestra emoción que, inoportuna e indeseablemente, se torna, casi siempre, en nerviosismo. 

  

  

¿Cómo actuar?  

 

Hasta este momento, podríamos decir que hemos “jugado el lance” con acierto, y ello, ha contribuido a que se presente la oportunidad de poder disfrutarlo en nuestro tiradero, pero para lo que resta convendrá recordar que:  

Al principio de la montería, las reses se suelen escurrir “chanteadas” o permanecen mucho tiempo “oteando y atalayando”entre el monte.  

 

Escudriñar el monte cercano con los prismáticos, suele dar buenos resultados. 

 

Si lo que nos entra es un venado solo, corriendo y seguido por algunos perros de la rehala, tendremos que “correrle la mano” o “adelantarle el tiro”, lo que estimemos oportuno, teniendo en cuenta su velocidad y la distancia a la que se encuentra. 

 

Si en vez de ser uno, lo que nos entra es una “collera” de venados, dispararemos siempre y en primer lugar al que va detrás, para evitar que el que va delante se “desrute”,“cambie el viaje” o tome otra dirección inesperada. 

 

Así, tendremos la oportunidad de hacer un doblete que de otra forma sería bastante improbable.  

 

Si lo que nos entra es un marrano, hemos de asegurarnos que no va seguido de lechones, entonces sería la madre y el lance, no deberíamos culminarlo. 

 

Si lo que nos entra es un pequeño grupo de reses, los mejores venados suelen protegerse, echando por delante a los más pequeños; por eso, los buenos van casi siempre detrás. 

 

Si lo que nos entra es una “pelota”, probablemente los mejores venados vayan en el centro y por detrás, arropados entre las “pepas”y los más pequeños. Es un tiro bastante difícil, por tener que evitar herir a otras reses. 

 

Si lo que nos entra es un venado andando al paso y no se ha percatado de nuestra presencia, lo dejaremos llegar al punto más adecuado del tiradero y, en ese momento, se le “chistea, extrañados, se suelen parar unos segundos, y ese, será el momento de hacer el disparo con las mejores probabilidades. 

 

Si las reses nos entran largas y nos damos cuenta de que no se dirigen hacia nuestro tiradero, no debemos “tirarlas”, porque eso sería “cortárselas”a los puestos vecinos y eso, nunca es correcto ni está bien visto. 

 

Si lo que nos entra es un “cordón de reses”,deberemos permanecer inmóviles para no delatar nuestra presencia.  

 

Si las ciervas o los venados que venían primeros se asustan, se volverán y no veremos ni aparecer, al mejor que vendría detrás. 

 

Si lo que nos entra en un gran guarro, posiblemente lo haga al principio o completamente al final de la montería, “zorreado” y apenas sin hacer ruido. Una sentencia antigua dice que “los marranos grandes se matan con el culo; haciendo referencia a la inmovilidad que hemos de adoptar para “dejarlos cumplir” pero estando siempre alerta. 

 

Si oímos una ladra próxima, no sólo buscaremos a la res protagonista de ella, inmediatamente delante de los perros, sino que a veces el “perro puntero” va latiendo el rastro fresco y la pieza va huyendo a más de 500 m. por delante de él. 

 

Si estamos en un cortadero y los perreros nos han cantado, desde lejos, un cochino que se dirige hacia nuestro puesto, probablemente antes de cruzar el cortadero haga una pequeña “escucha”, para cruzar después a toda velocidad. Buscaremos el lugar de esa posible “escucha” porque después el tiro será muy rápido. 

 

Si nos entra un “peluo” huyendo al “trote cochinero” y con el rabo tieso hacia arriba, con toda probabilidad será una hembra. 

 

Si en el tiradero, tenemos ya una res muerta y observamos que otra nos entra por los mismos pasos, tendremos que procurar dispararle un poco antes de que esta segunda llegue al punto donde está abatida la primera ya que, con toda seguridad, al llegar a ese punto, “cambiará el viaje” asustada por lo que se ha encontrado. 

 

Si nos entran las reses “enmontadas”, nunca dispararemos al “abaleo o tamareo”, ya que es muy peligroso y así, nunca estamos apuntando.  

 

Si nos entra una res bien apretada de los perros, sacaremos todas nuestras “apuntaeras”, dispararemos siempre por delante para no herir a ningún “valiente” y si no estamos seguros, mejor que no disparemos. 

 

Si la res que nos entra nos sorprende muy cerca del puesto y se nos cuela a toda velocidad, procuraremos hacer un tiro “a tenazón”,que son muy difíciles pero que con la práctica suelen salir muy bien ya que, en estos casos, no suele dar tiempo ni de encomendarse a S. Huberto. 

  

      

 

Clases de lances: 

 

  Clases de lances hay muchas y muy diversas, ya que cada uno es único, no sólo por la pluralidad de especies y modalidades que existen, sino por la propia esencia del lance en sí mismo. 

 
Cada lance en su conjunto es diferente, ya que no sólo es el producto de una serie de hechos tangibles, sino de otros intangibles, subjetivos, imaginados, creados y elaborados por nosotros mismos.  

 
Por ello, cada lance no sólo es el hecho frío de disparar y abatir o no una pieza de caza, sino que es mucho más amplio. 

 
Todo lo vivido, imaginado, sentido, disfrutado y sufrido, en ese momento, es incluso mucho más profundo, más intenso e importante para el sujeto que lo protagoniza, que es el propio cazador.  

 

 

El trofeo es  

la minucia  

que nos queda  

de todo ello. 

 

 

El trofeo, es la prueba material y perdurable que nos recordará, cada vez que lo contemplemos, que el lance fue jugado con acierto. Su contemplación nos hará recordar nuevamente la intensidad del momento vivido, con todas las emociones y sensaciones recibidas.  

 

Después, cada uno hace lo que le apetece con el trofeo, unos lo miden y lo colocan sobre una tabla más o menos decorada, otros lo cuelgan de una pared, hay quien lo naturaliza al completo y otros lo guardan en un montón con otros similares. Siempre donde puedan contemplarse. 

 

 

Cómo se puede comprobar,  

ni los centímetros del trofeo,  

ni su color, ni perlado, ni su belleza  

pueden ser magnitudes  

para catalogar y valorar  

el lance. 

 

En cierta ocasión, nos encontrábamos reunidos un grupo de monteros, charlando de montería. Entre ellos, los había más veteranos y otros más inexpertos. 

Propuse que cada uno relatase el mejor lance que había disfrutado en su vida, aquél que todavía no se había olvidado y que seguía recordándose muchas veces. Todos coincidían en que tenían muchos. Entonces, apostillé: Que cada uno cuente uno de sus mejores lances. 

 Hubo quien adornó profusamente su relato, como queriendo compensar con la grandilocuencia empleada, la escasez de sus vivencias en torno al tema. Otro, relató un lance para él muy interesante y un poco aburrido y fantaseado para los demás. Pero el más veterano, Pedro Blanco es su nombre, nos relató cómo dio muerte a una cierva, en una “montería de las de descaste”, que venía pecho abajo apretada por los perros y, justo en el momento de saltar un regajo, recibió su recado de plomo, dejándola “desmadejá” en el aire. Ese lance era, para él, medalla de oro; para los que lo hemos intentado hacer después de aquello, también sigue siéndolo. 

 

No cabe duda de que el momento del lance de caza es vivido por cada cazador de una forma íntima y personal, pero hay una serie de sensaciones y emociones que son comunes a la mayoría de los cazadores, como se ratifica en las conversaciones mantenidas entre verdaderos aficionados.     

Aunque también, el lance puede variar dependiendo de las diversas modalidades de caza que se practiquen, aquí en concreto, nos vamos a referir a esa complejidad de emociones y sensaciones que se agolpan en un lance de montería; en donde, como en las otras modalidades, el lance no sólo se resume simplistamente en apretar el gatillo.    

Todo se transforma en el momento en el que el hombre cazador se encuentra inmerso como elemento activo del lance:    

        - Su cuerpo se “emballesta”,     

        - se agita en exceso,     

        - los músculos se tensan hasta hacer temblar al cuerpo entero,     

        - el pulso se acelera,    

        - la respiración se hace hipa,    

        - sus sentidos elevan el grado de alerta,     

     - y el corazón late tan fuerte que puede oírse desde fuera, es lo que los cazadores americanos llaman “buck fever” que podría traducirse literalmente como “fiebre del ciervo o fiebre de cañón”     

 
 

         El cazador barre el paisaje,  

siente el viento rozar su piel sensible,  

rastrea el espacio,  

escucha el silencio,  

escanea las imágenes y,  

busca y busca con toda su vehemencia.    

 
 

        - Intenta adivinar la pieza que huye entre la estela errática de su jaraleo.    

        - El ambiente se eriza,    

        - la calma desaparece,   

        - todos se ponen vigilantes.  

        - Se produce un sonoro silencio que enerva los sentidos.   

        - La sierra acapara más energía que nunca.   

        - El ambiente se vuelve “cavitante” y succionador, atrayendo la atención de todo ser viviente.   

        - Se produce una mutación mágica de la cotidiana rutina.    

        - La velocidad se ralentiza para buscar con precisión el detalle.    

        - El habitual recital del canto de los pajarillos se silencia,    

        - todo se pone en guardia.   

        - De repente, la zambra inicia un ritmo trepidante, que poco a poco va “in crescendo” hasta volverse frenético.  

        - y un sonoro bullir de ladras culebrea pechienfrente entre el monte,   

        - sin que todavía se haya podido descubrir quién lo provoca.   

        - Se codicia y se ansía el momento cumbre con pasión extrema.    

        - Un errático chuzonazo entre las jaras engancha nuestra atención.   

 
 

       El cazador araña,  escudriña, olfatea,  

rebusca fugazmente entre la vegetación  

cualquier signo que le haga  

focalizar el punto exacto  

donde se concentrará todo.    

 
 

        - Todo es inminente, fugaz y efímero.    

        - Cuando consumidos unos instantes eternos, el montero es agraciado por la poderosa imagen de un macareno rompiendo el monte y apretado por una rehala, la contención estalla.   

        - Es una sensación intensa, de gran belleza, poderosa, casi indescriptible, es la bruta y brutal creación en su estado más genuino, son puros borbotones de vida que nos regala la auténtica naturaleza.   

        - Es una estampa que atrapa y atrae al cazador, una y otra vez, llevándolo de nuevo a querer repetir esa vivencia.    

       - Es una vuelta al contacto atávico con la rigurosa madre tierra, que por esencia es cruda, inexorable e implacable en su devenir, pero auténtica y madre, al fin y al cabo, que no se rige por extravagancias ni sensiblerías.    

        -  Y cuando finalmente se culmina el lance, esta brava montaña rusa de los sentidos emprende un vertiginoso retorno hacia la sosegada normalidad.       

Todos los sacrificios y esfuerzos que instantes antes hemos exigido a nuestra anatomía se ven ahora compensados por la contemplación de la belleza de la pieza inerte recién cobrada.    

Llegó exitosamente el fin del trance que con tanto esfuerzo se había trabajado. Porque en la caza, si no hay esfuerzo, la pieza pierde gran parte de su valor.     

Y si no se cobra la pieza, no pasa nada. La vivencia no se ha perdido, se han vivido nuevas experiencias. Esta vivencia, preñada de anhelado deseo, se ha marcado para siempre en nuestra memoria de cazador.   

Además, volver de vacío, “rentrer bredouille” forma parte de la esencia y mismidad de la caza, según Ortega.    

La caza es un oficio duro que exige soportar grandes sacrificios y esfuerzos para, algunas veces volverse con las manos vacías, después de haber estado cazando bastante tiempo.     

Y es que la caza es una actividad más felicitaria que placentera. El placer es una sensación-pico concreta y puntual, es ‘el trofeo desnudo’; en cambio, la felicidad es un estado de alegría serena mantenida a más largo plazo, es ‘estar cazando’.   

El cazador recuerda, revive el lance y por eso guarda el trofeo como recuerdo de haber cazado.  Porque el cazador acumula experiencias venatorias y recopila vivencias, el ‘trofeísta’ sólo colecciona trofeos.     

Es también la caza un codiciado privilegio, por poder acaparar todas esas vivencias que no son nada fáciles, pero que forjan en el cazador un espíritu templado por su propia autoexigencia y que, en realidad, lo que efectivamente persigue es cazar, no solo matar. “Se mata porque se caza, no se caza porque se mata.”    

 

    ¡Caza disfrutando, disfruta cazando! 

  

Manuel Moreno 

Andújar y julio de 2003 

Febrero - 24 



20240601

CAÑAZO

Cañazo para cazar pajarillos.

CAÑAZO

Antigua técnica para cazar pajarillos y otras aves, de las que se aproximaban a las eras de los serreños para comer, después de haber trillado las mieses o también acudían a los comederos del ganado doméstico, aprovechando que había alimento.

Para ejecutar esta práctica, clavaban dos estacas de unos 10 o 12 cms de grosor, en el suelo, separadas una de la otra, unos 40 cms. Y a una altura de unos 4 dedos del suelo, ataban a una de ellas, la punta de una vareta verde, recia y flexible  -generalmente de acebuche-  y la otra estaca serviría de punto de apoyo para hacer palanca.

 En el otro extremo de la vareta ataban una tira de cuero, que actuaría a modo de látigo. La tira de cuero podría ser sustituida por una caña, atada como continuación de la vareta verde, de ahí lo de cañazo.

Después tiraban hacia detrás y haciendo tope con la segunda estaca, tensaban todo lo que podían la vareta flexible, sujetándola sobre un fiador que después accionaban con una cuerdecilla desde lejos cuando los pajarillos y otras aves se posaban en ese lugar para comer.

 Al accionar el fiador, la caña o la vareta se disparaba con gran fuerza y velocidad, golpeando a los animalitos que se encontraban en su radio de acción y dejándolos atolondrados o heridos.

Podían colocar varios artilugios de este tipo, combinándolos entre ellos para cubrir mayor superficie al accionarlos.

Aunque dar cañazo a alguien es dejarlo entristecido o pensativo, aquí, el que daba cañazo, conseguía capturar varios pájaros de una tacada. A pesar de que se conseguían algunas capturas, cuando se había accionado el mecanismo varias veces, los pájaros recelaban en exceso y no entraban por lo que esta práctica, cumplía más bien una función disuasoria.

Esta misma técnica se podía hacer con unos palos más cortos, gruesos y resistentes. Entonces se colocaban en vereditas o caminos que fueran paso obligado para otros animales mayores que, también podían ser capturados.  Si lo que accionaba era una cuerda que acababa en un lazo o similar, se llamaba el “alzapié” o también “retallo”. Se podía colocar la vareta flexible de forma horizontal o vertical.

"A ave de paso, cañazo"

 

  

¡Caza disfrutando, disfruta cazando!

 

Manuel Moreno

Junio - 24


MANUSCRITOS DE CAZA VII: Hª DE LAS AVES Y LOS ANIMALES

BNE


MANUSCRITOS DE CAZA VII

Hª DE LAS AVES Y DELOS ANIMALES

ARISTÓTELES. 1621


Viene a nuestras páginas la referencia de esta obra escrita por Aristóteles  Estagerita y posteriormente traducida de latín en romance por el vecino de Murcia Don Diego de Funes y Mendoza.

Antaño, para poder publicar un libro, había que obtener previamente licencias, permisos y autorizaciones de los poderes eclesiásticos, y pagar unas tasas según los pliegos que componían la obra, y sin los que no era posible su publicación. Todas ellas, aparecen al inicio de la obra y un extenso prólogo, así como, la relación de los libros y autores citados, que fue necesario para elaborar esta historia; lo que hoy sería considerado como un contrastado estudio científico.

Añade a modo de índice, lo que antes se llamaba la “Tabla de los capítulos del libro”, en donde se reflejan los contenidos ordenados y paginados para su mejor consulta.

La obra está dividida en dos libros, llamados “Primero Libro” y “Segundo Libro”

El Primero tiene 48 capítulos dedicados todos ellos a las aves y el Segundo 36, dedicados a mamíferos y reptiles.

Es muy curioso y llamativo el leer nombres de especies animales muy raras y otras ya desaparecidas como: caprimulgo, murceguillo, cornichuela, alción, merla, eginto, moxcareta, trochillo, gálgulo, crocuta, manticora, cerastes (serpiente venenosa de cuatro cuernos) …

Otros, aparecen nombrados con sinónimos de los actuales apelativos como: íspida que era el martín pescador, moticila que era la pajarilla de las nieves, el alieto o águila marina…

Aparecen innumerables referencias de autoridad, frases de renombrados autores, tanto en latín como en griego para ejemplificar las costumbres y comportamientos de las diversas especies animales.

Existen multitud de descripciones, abundando en los rasgos distintivos de cada especie e indicando los usos que el hombre ha hecho de estas especies a través de los tiempos.

Hay múltiples comentarios y referencias que adolecen de rigor científico y se basan en la creencia popular y tradicional. Por ejemplo, refiriéndose al ciervo dice:

“El ciervo que huye medroso

De su enemigo cegado,

Fácilmente es despeñado”

Continúa más adelante diciendo que el ciervo no tiene hiel en el cuerpo, más Aristóteles dice que la tienen la cola o en los intestinos y que son tan amargos que los perros no los quieren comer.

Pensaban que “el pulmón de cabrito comido en ayunas quitaba la borrachez”

Habla de un animal que nombra como pigargo:

“El Pigargo, a quien algunos llaman unicornio, (aunque sin razón) es especie de cabra montés. Tiene cuernos y barbas como el cabrón…”

Además de la descripción detallada y de las características de cada especie animal, cuenta curiosidades, usos y costumbres del aprovechamiento que el hombre ha hecho de estos animales a lo largo de la historia.

Termina la obra con una “tabla” ordenada alfabéticamente, de las más de 170 especies de aves y otros animales que se nombran en el libro, poniendo sus nombres en español, latín y griego.

Más que un libro de zoología, que también lo es, es un libro de consulta de curiosidades antiguas.


    ¡Caza disfrutando, disfruta cazando! 

  

Manuel Moreno 

Junio - 24 


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