P R Ó L O G O
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| Rehala cruzando el Jándula. |
Manolo Moreno, es un hombre de campo y letras, que es una combinación feliz y frecuente, en este oficio de la caza.
Cuando lo conocí, en su Sierra
de Andújar, -muchos años ha-, ya ejercía de cronista montero. Armado de pluma y
papel, daba fe pública de lo visto y vivido, de modo que, era cuestión de
tiempo, que trascendiera de la mera crónica, a la obra mayor; ¡y lo
ha hecho!, y, además, con un diccionario comentado de jerga cinegética, que yo
creo que es su obra natural, porque muy poca gente hay en este país, que haya
disfrutado más que él, del apócrifo magisterio, que dan las muchas jornadas de
monte y morral.
“Un libro –decía Borges- es una cosa
entre las cosas, un volumen perdido que puebla el indiferente universo, hasta
que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos”.
Los grandes consumidores
de literatura cinegética son sin duda los cazadores, esto dota al gremio, de
una vasta memoria común, predestinada a ser compartida. Sin duda, esta obra
está destinada a sobrevivirnos al autor y a mí, y espero que también será
compartida y que llegará el día, en que algún predecesor la encontrará
entre mis cosas, y quizá, porque haya sentido la misma llamada que
nosotros, la abrirá, porque será “otro hombre destinado a estos símbolos”, y
probablemente, nos dedique algún benigno recuerdo a ambos.
Es éste un libro de
oficio, donde se detalla el rito a través de la jerga, que es el modo privado y
peculiar de comunicarse los cómplices. De su riqueza se deduce, que la caza no
fue nunca una ocupación banal, ni caprichosa; la caza, es el oficio preciso,
donde se concertó la misteriosa síntesis de la razón con el instinto. El Verbo,
se hizo hombre alrededor de la hoguera de los cazadores, y de aquella alquimia
sobrenatural, brotó la lengua. ¡Son las palabras!, el tosco mineral con el que
se amalgamaron las tribus.
Cualquier compendio, dijo un sabio, es un sucio compendio,
y estoy de acuerdo, por lo que no pretendo con este prólogo, ningún extracto,
sólo, prevenir al lector que no es éste un libro para ser contado, no es un
libro argumental, es un libro de palabras y epigramas, ¡son balas, no
batallas!, lo que cuenta... Palabras decía, que nos evocan aromas de la
sierra y quedan aquí registradas, con su fragancia de zumo de jara...
Yo soy de los que piensa, que la máxima
gloria de los pueblos reside en sus escritores, y sé, porque lo práctico, que
escribir es un ocio muy trabajoso. Esta obra que está en tus manos, tengo la
certeza que esconde esclavas horas de esfuerzo, una odisea literaria, a cuyo
disfrute nos convoca el autor, con esta pléyade de significados, con los que se
articula, la arcana liturgia cinegética que nos une.
Manuel, es uno de esos extraños espíritus de la causa, al que sin querer, y con frecuencia, el campo se le vuelve gramatical y literario, por lo que uno sospecha, que esta obra no estará huérfana mucho tiempo. Mientras llegan las nuevas, el autor nos invita con esta opera prima, a un rececho intelectual, como es disfrutar de la mágica fascinación que esconden las palabras, y eso, a los políglotas de la pólvora, nos viene de perlas.
Jesús Caballero Martínez
¡Caza disfrutando, disfruta cazando!
