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VAQUEO y SALTEO

  Biblioteca Nacional de España VAQUEO Modalidad de caza mayor, consistente en esperar a las reses que vienen de vuelta a su encame diurno d...

20250101

NOVIAZGO MONTERO

 NOVIAZGO MONTERO 

Ilustración de un libro de caza. BNE
Dibujo de caza                                                            Biblioteca Nacional de España

    Lo más frecuente, era que el chaval acompañase a un familiar próximo o a un amigo de confianza al que se le reconociera como buen cazador, ya que de esa tarea dependía gran parte de la formación venatoria, ética y humana del principiante. 



 

El aprendizaje de cualquier cazador que haya nacido en el seno de una familia cazadora ha tenido casi siempre en un proceso similar, desde que el chavalín conseguía cazar el primer pajarillo con su rudimentario “tirabeque” o tirachinas, hasta que abatía en montería su primera pieza de caza mayor.  

Aquel mozalbete que, cautivado por la caza, pero sin tener aún edad para usar armas, solía acompañar a cazadores expertos, llevando consigo tan sólo una gran carga de ilusión y su morral a la espalda, era al que, en algunos sitios, se le llama cariñosamente “morralero”. 

En estas salidas, acompañar al veterano que le apadrinaba en el aspecto venatorio, no era sólo seguirle los pasos en el cazadero, sino que a la vez que disfrutaba de esas vivencias, se instruía de una forma integral y sobre el terreno, en el noble oficio de la caza. Poniendo, especialmente énfasis en la seguridad con el manejo de las armas. 

A veces, ayudaba en los “zapeos” de la caza menor, apiolaba los conejos, las liebres o las perdices y, en compensación, a lo único que podía aspirar, era a encarar las piezas con su garrote. A lo sumo, cuando su aprovechamiento empezaba a hacerse manifiesto y, sólo en ocasiones muy especiales, se le premiaba permitiéndole disparar sobre un conejo o alguna sencilla pieza, siempre de menor.  

Así, día tras día, iban transcurriendo las primeras sesiones del más duro y efectivo aprendizaje del futuro cazador.  

 

Las interrogantes

que pasaban por su mente

siempre encontraban respuesta

en la explicación complaciente

del experto.


Pasados los primeros años y, cuando los progresos y la edad eran suficientes, ya comenzaba a cazar. Al principio, se iniciaba en la caza menor con una escopeta generalmente de pequeño calibre, a menudo eran las del 28 o las del 20. Más tarde, después de haber demostrado rigurosamente una larga serie de suficiencias llegaría, como justo premio a su esfuerzo, el primer lance de caza mayor y con él su noviazgo montero. 

 

Esta sería la parte práctica que encontraría su complemento teórico, en aquellas noctámbulas e inolvidables tertulias cinegéticas, mantenidas en el cortijo a la luz de la lumbre y que se terminaban cuando al rescoldo de la agonizante candela se mezclaba el frío de la noche con el escalofrío del emocionante relato. 

Lo más frecuente, era que el chaval acompañase a un familiar próximo o a un amigo de confianza al que se le reconociera como buen cazador, ya que de esa tarea dependía gran parte de la formación venatoria, ética y humana del principiante. 

 

La necesidad de saber y la intensidad de las vivencias le hacían acaparar una enorme cantidad de conocimientos, técnicas, recursos y conductas, que eran tratados de forma puramente didáctica, a la vez que recreativa, por lo que el aprendizaje resultaba muy gratificante. 

En este periodo, se solía vivir con toda intensidad y de forma práctica, la noche de antes, colmada de cábalas, preñada de ilusión, preparando los apechusques, desbordando la imaginación, recorriendo con la mente cada mata, cada "cañá", cada silleta, cada majano de los que se habrían de patear al día siguiente. 

En esos días de meritorio, el jovencito aprendía a buscar el socaire del barranquete, la grandeza de la solana y el rigor de la umbría; a escatimar las huellas, a huir del solano, a buscar las querencias, a encontrar los encames, a descubrir los pasos, a imaginar las huidas..., en definitiva, a hablar el lenguaje de la sierra.  

Las interrogantes que pasaban por su mente siempre encontraban respuesta en la explicación complaciente del experto, quién ponía especial interés en enseñarle la importancia de observar las reglas y normas de seguridad para no sufrir ni provocar accidentes. 


A veces,


se recorre un camino


sin haber disfrutado


del paisaje.

 


Se aprendía, como una obligación ética, a no dejar nunca una res herida sin rastrearla, a preparar y disfrutar el lance con toda serenidad y a vivirlo intensamente. 

También se comprendía lo importante que es, no limitarse escuetamente al lance, sino saborear y esforzarse por hacer todas las tareas de la caza, sacando las piezas cazadas del monte; cargándolas sobre el aparejo de la bestia; realizando el desuello de estas y hasta se le instruía en el conocimiento de las más ingeniosas maneras de aviar la caza.  

Tareas que hoy en día se menosprecian por algunos, sin saber que en ellas se siguen aprendiendo como cazador conceptos tan útiles, como el comportamiento de su munición o la diferente morfología de las piezas de caza... Prácticas y técnicas, muchas de ellas, que contribuyen a atemperar los impetuosos deseos del cazador, alejándolo del fanatismo y que le impregnan por su vivencia, cierta moderación y prudencia en su actuar. 

¿Cómo no?, también se le enseñaba la importancia de ser respetuoso con la naturaleza y con las personas y, por supuesto, a saborear la tertulia e incluso hasta a echar con gracia e ingenio la simpática mentira, con la que elegantemente se evidencia la osadía del ufano escopetero de turno, que tan sólo lleva unos días siendo cazador de toda la vida. 

 

Así, podía aprender y experimentar como mimetizarse tras una jara, a moverse con el sigilo de un gato, a emplear la astucia de un zorro, a aguantar con la entereza de un "matero", a tener vista de águila, a usar la vigorosa gallardía del ciervo, a sacar el coraje del navajero acosado por aguerridos mastines, a tener los reflejos de un lince, la altanería y majestuosidad de las rapaces que desde arriba todo lo ven con serenidad. Se le enseñaba a entender la caza con mayúsculas. 

 

Bella estampa, la que se le sabía dibujar a los ojos del futuro montero y aunque, en tan sólo, breves retazos hemos conseguido esbozar, transmitía un estilo distinguido y le imprimía honorabilidad al buen hacer de la caza.  

 

La primera res de caza mayor 

 

El hecho de que uno cobrase su primera res de montería se entendía como un acontecimiento con el que se culminaban las primeras relaciones de esta persona con el mundo de la montería. Era el fin de los prolegómenos. Hasta llegar a ese momento, debía haber observado a otros monteros, vivido experiencias cercanas y, por supuesto, sufrir un periodo de entrenamiento, charlas, conversaciones y aprendizajes de diversas materias relacionadas con el monte, la caza y la montería. Experiencias que, de algún modo, le atraían, le estimulaban, le incitaban y le animaban a ser él, el protagonista de esas vivencias.


Para convertirse en un montero,

había que esperar un tiempo,

lo que hacía desear aún más,

el hecho de llegar a alcanzar esta situación

que tan vehementemente

había sido anhelada.    

 

Para los demás monteros de una partida de caza, también era un hecho deseable el que esto fuera así, porque garantizaba de alguna manera que el futuro novio sería consciente y conocedor del buen hacer de la montería. Además, anhelaría este acontecimiento como el momento cumbre de dicho proceso. Culminación, que era el primer paso para que las serias intenciones de esta persona pudieran continuarse en el futuro, disfrutando lo que tanto se había deseado, ofreciendo a los demás, parte de lo recibido y dando muestras de su buen hacer montero como un señor de la sierra.   

 

            El momento de noviazgo 

 

El momento del noviazgo era una especie de graduación, para la que había que estar preparado y superarla era, además, un motivo de satisfacción propia y colectiva. 

 

Satisfacción y orgullo propio, porque para el sujeto en cuestión, suponía haber demostrado ya la adquisición de unas capacidades y una madurez en los conocimientos mínimos de cómo proceder y comportarse en esta materia. No sólo estaba ya capacitado para resolver con éxito las dificultades naturales de un lance cinegético, sino también para merecer el favor de formar parte de un grupo de personas que comparten una actividad, en el servicio de una caballerosa regla de intemperies, casi nunca escritas, pero siempre reconocidas y acatadas por todos.  

 

Satisfacción y orgullo colectivos, porque los demás, habían podido comprobar, de forma fehaciente, que el nuevo montero, no sólo estaba ya instruido en el uso de las armas, sino que, con su conducta ante la ceremonia del noviazgo, había demostrado ante los demás, el ser una persona preparada para saber estar y capaz de acatar, con paciencia y serenidad, para beneficio propio y de su grupo, el cumplimiento de esas rigurosas normas ancestrales con las que se rige la montería.  

 

En este tiempo de prisas que vivimos, se devora casi todo. Se traga, se engulle, se gasta, se consume, se...  se tiene prisa por conseguir la meta. Pero conviene saber esperar. Hay que “dejar cumplir”. A veces, se recorre un camino sin haber disfrutado del paisaje. Y cuando eso sucede, la sensación recibida suele ser vacía y frustrante. 

 

En la actualidad, abundan los casos en los que el novio suele ser un chaval o un adulto que en la mayoría de las ocasiones no reúne las condiciones de maduración, tanto personal como de aprendizajes en el tema cinegético, circunstancias convenientemente necesarias para poder dar sentido a estas ceremonias.  

 

En otros casos, del complejo ritual de la ceremonia, sólo se practican las bromas pesadas y de mal gusto, lo que lo convierten en un acto indeseable, horrendo y chabacano que, sin duda, transmite al exterior una imagen de tosquedad y brutalidad que llega a herir la sensibilidad del más apático.  

Vivimos en una época en la que la imagen es muy importante y, con este tipo de actuaciones, contribuimos a deteriorar la propia imagen que, como monteros, ofrecemos al resto del mundo. 

 

El novio no es el que aprieta un gatillo y dispara a una res de montería por primera vez, como si de un blanco cualquiera se tratase. Porque montear no es sólo matar.  Tampoco el novio es el primo de turno al que se le sacan unas pesetas antes, unos euros ahora, para convidarse los perreros. El novio tampoco es únicamente el sufridor de las bromas pesadas con las que se divierte el guasón de turno. 

 

La ceremonia del noviazgo pretende, entre otras cosas, brindar una ocasión de afable convivencia, en la que compartir alegrías y disfrutar de un festivo alboroque, en el que cada uno aporta algo. Actuaciones que sólo son capaces de ofrecer los seres superiores, aquellos, de los que se dice que están dotados de inteligencia. Pues, a veces, también esto se olvida y la poca sensibilidad de algunos provoca justamente todo lo contrario, da lugar a escenas grotescas y nefastas para la caza. 

 

Ahora, al no celebrarse muchas veces “in situ” el alboroque, algunos novios resumen el acto regalando una cantidad de dinero que se repartirá entre los perreros y ello desvirtúa la esencia del acontecimiento. 

 

Es lógico que el paso del tiempo provoque cambios y evoluciones, en la actualidad esa “evolución” le lleva en multitud de ocasiones a distorsionar su auténtica razón de existir en tiempos pasados, incluso hasta, a no hacer conveniente su práctica, porque ello puede llegar a perjudicar más que a favorecer. 

 

El protocolo del noviazgo montero constituye un complejo ritual que, desde antiguo, además, de celebrarse como una actividad festiva, suponía la ocasión de un reconocimiento por parte de los demás monteros a la persona del recién llegado. Era una tradición con sentido. 

La ceremonia en sí misma es un juicio jocoso, ingenioso, ocurrente, pero sobre todo agudo y divertido, que pretende poner de manifiesto de una forma simpática las cualidades del nuevo montero. 

 

En esa ceremonia, casi siempre, conducida por un veterano, los demás, al tiempo que se divierten, observan y analizan todos los rasgos de la personalidad que el novel expresa con su forma de proceder en ese acto; también su temple, su sentido del humor... Y es que, según reza el refrán, “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”. 

Después, cada uno sacará sus propias conclusiones y ello provocará que el novio sea admitido abiertamente o se le guarden recelosamente las distancias oportunas.

 

 

Someterse

al noviazgo montero,

es también la prueba

por la que el nuevo montero

da a entender a los demás,

su compromiso de cumplir

unas normas atávicas

que este colectivo de personas

tiene fijadas por respeto a la naturaleza,

por respeto a los demás y

para beneficio de todos.  

 


El que, en la ceremonia, aparezca un fiscal acusador, un abogado defensor y un juez, ha sido desde siempre un recurso para equilibrar, moderar y señorear el breve proceso, que antaño podía durar perfectamente hasta más de un día, ya que se interrumpía y después se retomaba de nuevo. Una vez terminado el juicio, la fiesta seguía y en ella participaba ya el novio como un montero más.  

Además, para ello, eran llamados todos los participantes en la montería, lo que contribuía a fomentar la cordialidad y la convivencia respetuosa del colectivo al completo. 

 

Los perreros, a la voz de “Viva el Novio”, solían prender con sus mosquetones al reo que podía escoger entre los monteros más ocurrentes, parlanchines y dicharacheros a su defensor. Entre trabucazos y toques de caracolas, se constituía el tribunal y el juez comenzaba la vista, haciendo escuchar la ingeniosa acusación del fiscal que siempre calificaba de “inocente” a la pieza que había logrado abatir el novio. 

 

El abogado defensor solía argumentar que el lance se había provocado en “defensa propia”, porque se trataba de un “gran trofeo”, o porque la pieza abatida “no dejaba comida en la finca para las nuevas crías de ese año”. A continuación, más intervenciones de unos y otros hacían revivir nuevamente el lance, recreándolo, lo que servía para poner de manifiesto el correcto proceder del nuevo montero. 

Después, continuarían con muchísimas más acusaciones ingeniosas y las ocurrentes defensas que siempre podían ser interpeladas con graciosas bromas.  

 

El decorado que se escogía para la ocasión debería ser cuanto más gracioso y divertido mejor, por ejemplo, el libro de leyes solía ser el aparejo de una caballería puesto encima de una mesa y al revés; las cadenas con las que se prendía al reo eran los mosquetones con los que se acollaran los perros.  Los trabucos eran las armas de los centinelas y de cuando en cuando se hacían sonar para hacer el acto más aparatoso, sonoro y festivo. Al novio, se le solía manchar la cara con sangre de la pieza abatida, o cortarle mechones de pelo o echarle harina y vino por la cabeza, estrellarle huevos y alguna que otra broma más para poner de manifiesto su temple, paciencia, serenidad y aguante. 

Más tarde, el reo o protagonista de la ceremonia siempre era condenado a pagar una cantidad de dinero con la que se sufragaría el coste total de la fiesta. 

 

Por último, se extendía un título de montero en el que firmarían como testigos monteros, guardas, postores, perreros... acreditando el hecho acontecido y desde ese momento al novio, se le reconocía su condición, terminando todo con abrazos y felicitaciones por el nuevo montero. 

Este título de montero, a veces, se reelaboraba artísticamente decorado con motivos venatorios y alusivos a la montería para engalanar alguna estancia del propietario, que mostraría con orgullo a sus amigos. 

 

Finalmente sería ya, su comportamiento diario el que le iría acreditando como un montero respetable y respetuoso o justamente todo lo contrario, y entonces nadie buscaría su compañía para montear. 

 

En  el argot se les nombra a estas personas desdeñadas por los demás como calcucero, calzonates, cantamañanas, cazandangas, cazolotrero, chambón, chinchorrero, chiquichangla, colorinero, duende, escopetero, farfolla, maltira, manos de trapo, mochilero, modorro, parancero, pingue, retranquista, rompetrochas, siemprebolo, tartarín, tuerto, turista, zaragutero, zascandil, zorrete, zurronero... apelativos, que en ocasiones, tienen otros significados más precisos, pero que siempre hacen una alusión despectiva a su adjudicatario. 

En la actualidad, se ve en algunas monterías como se le llena la cara y la cabeza al novio con la sangre del animal abatidos, con inmundicias y bacisco, se le ponen orejas de cierva sobre la cabeza, se le estrujan huevos, harina y otras tropelías desagradables y de mal gusto que, sólo contribuyen a dar una imagen chabacana del gremio. Eso está muy lejos de lo que es un noviazgo montero y ofrece una imagen denigrante, irrespetuosa y antiestética. 


El noviazgo debe ser un momento de celebración festiva, alegre, ingeniosa y, sobre todo, respetuosa y agradable para recordar con cariño. 
 

 

 

¡Caza disfrutando, disfruta cazando! 

 

 

 

Manuel Moreno 

Andújar junio del 2002 

Dcbre - 23 

 

 


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